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  ANÁLISIS  2 de septiembre de 2018
La Argentina Africanizada.
A referencia del libro de filosofía política “La democracia africanizada” que será presentada en Corrientes, en una semana, la realidad nacional se imbrica de cabo a rabo con las fugas democráticas que se narran en la obra de marras y que profetizaron los días de zozobras que aumentan el malestar de la política y la angustia de lo político. El entendimiento es la clave indispensable para trazar como estrategia el cambio pensado o acertado.

“Que nuestro sistema funcione desde hace cientos de años con millones de pobres, excluidos, marginados un tercio cuando no casi la mitad de la población en vastos de nuestros terrenos no puede ser consuelo o perspectiva que nos incite a tener una mirada positiva. Y ya que estamos con ese término, tantas cosas bajaron de esos barcos como ese concepto de positividad que le debe resultar de tal forma a nuestros tuteladores, a los imperialistas, a los que sí les cierra la ciencia, desde la medicina hasta la industrial, para que nosotros sigamos poniendo los cobayos humanos, las dolencias más aberrantes y ellos se lleven sus curas circunstanciales y sus dividendos suculentos. Las usinas en las que se viene enseñando a nuestros niños que el mundo debe ser habitado y vivido tal como su entendimiento o sus talentos así lo han indicado nunca nos dieron resultados del que podamos estar mínimamente satisfechos. Ni la política, ni la juridicidad, ni la comunicación, tal como nos vienen enseñando desde esas perspectivas eurocéntricas, nos ofrecen respuestas a las demandas de nuestras poblaciones, que no casualmente además de las hambrunas y la desigualdad también padecen sus democracias inacabadas, sus sistemas punitivos que no redimen, ni expían, sino que exacerban las diferencias, las recrudecen en grado sumo. Tampoco sus técnicas, ni de riego, de cultivo, o de producción de elementos, puede ser vista como un avance (ese es otro de los engaños, como si la vida fuese una escalera o un dispositivo que tenga una bandera al final de llegada) dado que desde esa positividad de la técnica no hacen más que enfermar el cuerpo de quienes manipulan esos elementos como de los que los consumen, lo mismo que esos avanzados sistemas de detección temprana de problemas de salud, para que concluyan siempre en ese otro invento del stress que no puede ser visto ni medido por ninguna de sus máquinas que se preciaban de medirlo y observarlo todo.

Su mundo y su sistema, para no extendernos en cada uno de los campos en donde se aprecia que es un terreno fértil para que ellos se lleven la cosecha, producto del esfuerzo de nuestras siembra en nuestras tierras, no ha modificado en nada la profundidad de nuestra humanidad, es decir, no es que mediante sus lecciones su civilización vivimos muchos años más, o la calidad de los mismos puede considerarse como sustancialmente mejor. No somos más felices que antes cuando no nos cuestionábamos acerca de si lo éramos”.  Occidente ha pergeñado este sistema unívoco en donde extensos latifundios, continentes enteros, no pueden, al no estar autorizados, al no contar con ese grado de civilidad que impusieron como eje rector de acuerdo al báculo imperialista con el que determinan qué cosa significa y por sobre todo, cuánto vale qué cosa en el mundo, navegan entonces en sus propias aguas borrascosas que no son ni más ni menos que las aguas más claras, prístinas y auténticas en donde puede observarse el espíritu de lo humano.

 

Debemos ir en búsqueda al rescate de esta posibilidad, o de esta realidad, que estos continentes no sólo están libres de aquellas seguridades impuestas por el orden enciclopédico y ciencista, sino que esto mismo que a la luz los muestra tan profundamente inseguros para ellos mismos y para los otros, los transforma en los sitios en donde se acendran los aspectos más profundos y auténticos de la humanidad. Si tuviésemos que construir una metáfora a partir de esto mismo, diríamos que la humanidad posee en este continente, como la región latinoamericana que bien podrían conformar un solo bloque conceptual, histórico y filosófico, una puerta de ingreso tan seguro de sí que no necesita una llave de resguardo que proteja o ponga barreras o impedimentos a todos aquellos que queramos ingresar a la misma, que es en definitiva el ingreso a la experiencia humana. Claro que, una vez adentro, en determinados recintos en donde se especifica la condición de la humanidad, en donde reina el occidentalismo en su sentido más peyorativo, aquella ausencia de llave, aquel ingreso libre y no cifrado, es como una sustancial falta de un todo que básicamente se define como ausencia de seguridad. (La democracia africanizada. Gonzalez Cabañas, F. Editorial Camelot. 2018)



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