ACTUALIDAD

17 de julio de 2018

La actualidad asesina a la muerte.

Nuestra vinculación con la finitud, es probablemente, el elemento sustantivo, por antonomasia, que nos hace tal como somos. Probablemente sin tal vinculación no hubiésemos desarrollado el razonamiento y de nada nos hubiese interesado aquel no lugar que llamamos libertad. Quién se proponga realizar una historiografía desde la perspectiva del vínculo con la muerte, seguramente constituirá un punto bisagra, al menos en la filosofía, en la psicología y la antropología, lo cual no es poco, pero de ninguna manera es nuestra actual intención. Partimos de la base hipotética que habitamos una actualidad en donde se ha resuelto dar una batalla al morir, un combate pírrico, donde el ganar no es, como engañosamente se puede presumir, lo imposible de la eternidad, sino el acumular años, aquilatar y acopiar, tiempo segmentado, independientemente de cómo se ha transcurrido el mismo, llevándonos a una obesidad mórbida existencial.

 

En caso de pertenecer al segmento privilegiado de la humanidad que puede dedicar unos minutos a leer un artículo (algo tan sucinto y básico, que les está negado a millones de excluidos de nuestros hermanos, por razones varias, pero que todas convergen necesariamente, en que producto de esta imposibilidad de ellos, el mundo reducido de las oportunidades de plantearnos un ejercicio más puro de la libertad, nos es más accesible, para nosotros, que por alguna razón, sea con sentimiento de culpa o con razones de responsabilidad, podemos hacer, es decir elegir ciertas cosas, lo que ellos no pueden y producto de esa imposibilidad nosotros si podemos, si es que nos da la gana) y más allá de finalidades que se encubran en veleidades intelectuales sin más sentido que la de una sublime egolatría, creemos estar dando cuenta de un aspecto crucial en nuestro actual modo de ser en el mundo. Y sí usamos tal giro conceptual, es porque, sí en algún tiempo, para la metafísica occidental, el olvido del ser, representó, el pensar desde otra perspectiva, lo sucedáneo del ser humano, el pensar el vínculo con la muerte, más allá de intentar vencerla, para acumular años o tiempo en la tierra, es un desafío que nos conducirá a otros senderos del pensar la humanidad.

Sería indispensable que nos despojáramos  de nuestra consideración del tiempo, básicamente de su segmentación que parte de apreciaciones astronómicas y que ha sido utilizada para regular los más elementales aspectos de la organización social en la que la humanidad se viene desarrollando. Claro que no podemos obviar el fenómeno concreto y específico de las modificaciones corporales y orgánicas que se producen en esa falsa idea, o idea impuesta, del paso del tiempo, de su mero transcurrir, cuando en verdad, y pese a las transformaciones que nos surcan y suceden, somos nosotros los que transcurrimos en la temporalidad.

En esta temporalidad, en la que estamos emplazados a redefinirla, pues insistimos, que la noción acumulativa, la segmentación, mera y vana, con la que venimos presentándonos ante el mundo, nos lleva a esta insustancialidad de pretender matar a la muerte, obviarla y darle una pírrica batalla en donde en nombre, de una cantidad inexistente (es decir esa noción falsa y enfermiza de la temporalidad) perdemos no sólo calidad de vida, perspectiva auténtica de la misma, sino también reflejo y consideración colectiva del fenómeno humano.

Desde algún no lugar del pensamiento, se nos viene intimando a que vivamos más, a que inercialmente el cuerpo, puede romper barreras de tres cifras de estadía en la tierra, a costa, eso sí, de cumplir, casi espartanamente, un régimen de vida, que va desde lo alimenticio, pasando por lo psicológico y anidando en lo filosófico. El mensaje no es claro, pero es profundo y subliminal. Aquilatar años de permanencia es tan benéfico como acumular billetes, como engullir elementos posibilitados por la técnica que supuestamente nos brindaran seguridades y certezas, ante lo obvio y desesperante de un mundo incierto. Nada es casual, ni la casualidad misma. El sistema de acumulación es el garante de estas acumulaciones que van desde los años, hasta los me gusta en un muro de red social, pasando por bienes materiales, claro está.

La finitud es comprendida dentro del engranaje existencial de una noción teleológica que con la muerte arriba al final, que en verdad nunca es tal, pues el principio, más allá de las particularidades de los dogmas, de toda religión, es que existe una surte de un más allá de la muerte. Pero en el aplazamiento terrenal de lo que perece, tampoco hemos quedado satisfechos con esta terminalidad, de allí que se avance, a que la forma de, modernamente morir, es precisamente, sumando años, permaneciendo el mayor tiempo posible, de acuerdo a los patrones rígidos de una ciencia que nos puede instar a comer pasto y beber sólo agua por el resto de nuestras vidas como para tal cometido. De todas maneras esto no sería lo más grave, siquiera debiera ser considerado, pues debe estar dentro del ámbito del libre albedrío de cada uno, de cómo vivir su vida, lo que sí es parte nodal de nuestras consideraciones, es que la humanidad precisa, para tener cada vez más ancianos que aquilaten años, de otros que siquiera conozcan la posibilidad de llegar a la adultez.

Seguramente sea una variante Maltusiana, de todas maneras, es más una mera muestra de sentido común. Comprender que sobre todo, económicamente, no sólo no sería redituable, sino imposible, una humanidad que otorgue la posibilidad del júbilo en la ancianidad a por millones. Podríamos compendiar muchas culturas que dentro de sus prácticas ancestrales, despiden a sus hombres que consideran, de acuerdo a una variable temporal, cumplieron sus tareas para con la comunidad. No necesariamente están enfermos o imposibilitados para realizar tareas puntuales, sin embargo, arribaron a una dimensión colectiva de la humanidad, una especie de consenso social, para que a una determinada hora partan, a lugares inhóspitos de donde no vuelven, en pos de una armonía que no está sujeta a la dimensión temporal de la mera acumulación.

Sí algo es falso de toda falsedad, es creer que el tiempo esta segmentado por una lógica matemática que nos sirve a los solos efectos de saber cuándo tiene que abrir y cerrar un banco. Nos alcanzaría, sobre todo para ese punto atávico, de cómo establecer nuestras diferentes etapas orgánicas, como; en desarrollo y desarrollados, las otras segmentaciones, están comprobadas por esa reducción a partículas elementales que se contradicen a sí mismas (por ejemplo el estadio de la adolescencia, no tiene, sobre todo un momento consensuado de finalización) que hacen más que desnaturalizar nuestra propia temporalidad, que como aquel olvido del ser, hemos decidido sepultarlo en el sótano de nuestras consideraciones.

No creemos necesario, hemos evitado hasta aquí, el hacer menciones puntuales o referencias específicas, dada la enorme evidencia con la que creemos contar, sobre todo, para sostener lo que sigue a continuación, que es precisamente el afirmar que la muerte no es una finalidad, ni un límite, ni una terminalidad, es simple y complejamente, a la vez, una instancia.

Instancia como la onírica, como la imaginaria, como la memorística, que no casualmente son, circunstancias de una magnitud vivencial, de una intensidad, inusitadas, disruptivas de la linealidad con la que se nos intenta hacer vivenciar el tiempo. Podríamos decir que la instancia, casi un sincretismo conceptual entre instante e intensidad, es decisivamente gravitacional. No sólo uno puede recurrir a grandes relatos literarios como en las ciencias humanas, sino a su propia experiencia como para determinar, como el tiempo siempre se nos discurre cuando la vivencia es paroxística cuando no fidedigna de que la vida, es simple y complejamente, una retahíla de sucesos, puros e imposibles de segmentar o encorsetar en una unidad matemática de tiempo.

Sí lográsemos comprender esto (paradojalmente muy sencillo, pues insistimos nadie que se proponga puede siquiera revivir un mes completo, aquí sí hacemos uso de la segmentación fútil del tiempo, de sus mejores recuerdos, momentos, sueños o expectativas, por más que orille los cien años de vida) tendríamos sin ningún lugar a dudas un mundo mucho más armónico y justo.

Que algunos puedan llegar al centenario es razón suficiente, para que muchos más no puedan llegar a un tercio de ese tiempo en la misma tierra, pero aún mucho más determinante, es que lo que creemos es que vivir centenariamente, por el sólo hecho de vencer ficcionalmente a la muerte, es directamente no vivir o vivir en un contrasentido.

Y aquí, ya para finalizar, nos encontramos, redefiniendo a la muerte, como esa falsa finalidad, o ese límite burdo, imbricado precisamente en la noción falsa de temporalidad: sí alguien osase realizar una investigación de las personalidades, más trascendentes  en todos los campos de la humanidad, daría cuenta que la mayoría de ellos no llegó a una edad muy avanzada, en un plano más directo y específico, a nadie a quién se le muere un ser querido, el dolor de ese acontecimiento le aqueja más por el hecho de que haya permanecido más tiempo en la tierra; entender a la muerte como una instancia y que esa instancia suceda, como han sucedido y sucederán tantas cosas en nuestras vidas, debe ser algo totalmente alejado de cuestiones temporales o segmentadas y posiblemente cohabitemos más natural y por tanto felizmente con la muerte como instancia, cuando sepamos que sí la misma no se prolonga, casi caprichosa e inercialmente, por temor, precisamente a que suceda, lo que finalmente sucederá, batiendo este temor, este berrinche infantil, seguramente nos ganaremos, en quiénes nos sobrevivan una mayor estima, un mayor recuerdo, una supervivencia, tras nuestra muerte, bajo esta forma sí, cómo precisamente un no morir, o un morir en la instancia, el haber habitado de forma tal que nuestra huella indeleble, sea un surco referencial para los que estén o los que vengan, dejándoles también la posibilidad de que habiten, en esa noción artificial de la vida cronometrada una misma cantidad de tiempo, independientemente del lugar donde se haya nacido. O mejor aún, que no vivamos pendientes, dejando de vivir, porque nos azucen con la muerte, cómo si la vida se tratase también de acumular, nuevamente, o únicamente, en este caso existencial, tiempo en la tierra, dejando de lado todo y cada una de las experiencias que podrían hacernos más felices y humanos, porque supuestamente, sí lo hacemos no llegaremos a las tres cifras, como sí París no valiera una misa o cómo sí el enaltecimiento al terrorismo no proviniera de la obra de titiriteros en la capital Española; asesinar la muerte es el crimen perfecto que nos piden que cometamos, a razón de habitar el mundo entre víctimas y victimarios, entre los que tienen y los que no, y que la única diferencia, como radical importancia, o substrato, sea el cuánto.

Por Francisco Tomás González Cabañas

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