21 de mayo de 2018

La inútil pregunta acerca de la utilidad de la filosofía y la supuesta utilidad de todo lo otro.

“Que la filosofía no sirva para nada es en el fondo una buena noticia. Significa que no se acomoda a los imperativos del paradigma de verdad dominante ni a la voluntad de reducir todo a una sola lógica de vida. Y precisamente porque a la filosofía se le pide, con razón y como al resto de expresiones y conocimientos existentes, que nos ayude a conseguir una vida mejor, su camino pasa por no dar nunca por concluido el recorrido de la pregunta. La filosofía florece en el fecundo terreno que media entre la ignorancia y el saber, y ahí está su peculiaridad” (Seguró, M. “La filosofía no sirve para nada”. El periódico. 20/05/2018).

“Vivimos en un sistema normalizante que hace del cuestionamiento filosófico algo sin sentido o lúdico, infantil o banal. A la filosofía no se la descarta llamándola subversiva o peligrosa, sino llamándola inútil. Es la mejor manera que tiene el poder de domesticarla”. Sztajnsrajber, D “Actuar la filosofía”. La diaria. 8/9/2016)

Todos los hombres desean por naturaleza conocer, reza el comienzo del primer texto, no solo estrictamente filosófico, sino rigurosamente científico hablando desde las formas. Esta afirmación desnuda la intención humana de aproximarse a una situación de conocimiento, desde una perspectiva tanto interior como exterior. Los límites del sujeto no son tanto interiores, sino más bien constituyen esa imposibilidad que se proyecta en la inconmensurabilidad del medio externo. Es decir la incapacidad de aprehender, en su vasta amplitud los misterios que forman parte de un Ser que se relaciona obligadamente con un medio. El fin último de esta temática apunta básicamente a conseguir una suerte de seguridad, en tanto puede vencer las cuestiones que se muestran inexpugnables para el individuo. Algunos pensadores hablaron de tópicos de poder, otros de meros modos de manifestarse ante una situación. Desde nuestro modo de ver las cosas, lo radicalmente importante se centra en la intención y como esta se fue desarrollando a lo largo de la historia, no solo creándola también brindándole un tipo de sentido.

Consideramos que cualquier tipo de investigación referida a una búsqueda de sentido, o ligada a las primeras o últimas causas (para hablar en términos del adelantado–Aristóteles-) como una aproximación, opera de una determinada manera, donde los agentes involucrados se remiten a cuestiones pertenecientes a construcciones dialécticas, que perduran y se alimentan a través del tiempo, formando de esta manera todo un manojo de significados que apuntan a un significante específico. Esto no sólo implica la formación concatenada de un determinado idioma, que por su conformación puede llegar a manifestarse de un modo más que ambiguo, lo cual desemboca en un necesario desinterés para con la generalidad.

Más este conjunto de fenómenos nos obliga a tratar el tema con un máximo de responsabilidad, siempre y cuando, manteniendo nuestra hipótesis de que todo proceso comienza con una desesperada causa de “búsqueda recurrente de elementos para alcanzar un absoluto racional o substanciado de sentido”.

A lo largo de la historia, los sistemas encargados de contribuir con los esbozos de una aproximación hacia un camino a la verdad, siempre han poseído elementos primigenios o fundacionales, como para luego, en base a estos, edificar supuestos perfectamente coherentes que terminan formando la característica peculiar de un sistema. Es decir que ellos representan una temática que permiten fundamentar un sistema de saber, son más que esenciales en la formación de estos.

Sería más que redundante afirmar que Aristóteles siembra el primer sistema filosófico, creando de esta manera una inseparable relación con lo metódico, es decir con el rígido rigor que una construcción seria (¡que mayor seriedad que las primeras y las últimas causas¡) merece. A partir de esta realidad las cuestiones de forma y fondo empiezan a amalgamarse generando el pensamiento científico.

Dentro de la elaboración del Estagirita, tópicos de gran importancia o verdaderos conductores conceptuales, como los casos de : La finitud del Universo, el concepto de esencia, el motor inmóvil, etc., actúan como sensatos paradigmas que van forjando todo un sistema que perdura hasta el advenimiento de pensadores llamados modernos (verbigracia Descartes, Copérnico).

La piedra fundacional de lo que después se convertiría en una monumental teoría, es el  establecer una causa que no sea causada, que no sea un efecto. Si recordamos de que manera, paso a paso y con sigilosa rigurosidad, Aristóteles nos va construyendo un edificado objeto que mediante las sumas de las piezas va adquiriendo no solo mas voluptuosidad, sino que junto a esta realidad, también consigue más éxito en cuanto a las definiciones que realiza.

El intelecto Agente (relacionado con la actividad) y el intelecto paciente (relacionado con la pasividad), son dos conceptos claves que el hombre necesariamente posee. Aristóteles nos señala que el primero nos viene de afuera, a partir de esta definición no solo se pueden extraer conclusiones acerca de la espiritualidad del alma o de las creencias con respecto a una deidad, y no dudamos al afirmar que lo más importante se encuentra en la necesidad de sujetarse a conceptos que tienen la obligada necesidad de no verse fundamentados.          

El salto cualitativo, no así cuantitativo, se da recién en la llamada modernidad, la época denominada Edad Media, peca por su profunda subyugación ante los principios del antiguo.

Por supuesto que dentro de esta extensa etapa, la formación del pensamiento fue manifestando algunos particulares discurrires, que quizá por la situación de misticismo oscurantista, apoyada por una sociedad soterrada en paradigmas mítico- religiosos, no permitieron un acelerado desvelamiento de cuestiones que tiempo después surgieron de un modo aparentemente espontáneo, cuando en realidad se habían ido solidificando en esta época, muchas veces mal considerada y no entendida, como un determinado momento con sus respectivos pro y contras. Es de vulgar conocimiento que René Descartes es el constructor de un nuevo sistema filosófico que irrumpe con bríos en la humanidad. El Hecho de que establezca dentro de su interesante esquema racional, como patrón fundante a Dios, no deja de ser más que llamativo. Lamentablemente no podemos ocupar nuestro tiempo en cuestiones de esta índole, pero mantengamos presente este dato que de todas maneras nos va a proporcionar suma utilidad.

Llegamos a un punto neurálgico, desde una óptica histórica – cientificista. Es decir el momento en el cual los rigores del saber (teóricos), conjugados con una progresiva técnica (observación empírica), devienen en sistemas que a partir de las tonificaciones anteriormente mentadas, van adquiriendo un nuevo matiz pese a seguir conservando el postulado axiomático - primigenio, sostenido de un modo figurado, debidamente argumentado y perjudicialmente sacralizado.

“Dios Todopoderoso, necesita dar cuerda a su reloj de vez en cuando, pues de lo contrario dejaría de moverse. La máquina fabricada por Dios es tan imperfecta, que hasta Él se ve obligado a limpiarla mediante un concurso extraordinario, he incluso repararla a la manera en que un relojero repara su obra; por lo tanto, ha de ser un artesano, tanto más inhábil, por cuanto que se ve obligado con frecuencia a reparar su obra y ponerla a punto”.

“Puesto que la naturaleza ha de ser perdurable, los cambios de las cosas corpóreas han de ser atribuidos exclusivamente a las diversas separaciones y nuevas asociaciones de los movimientos de las partículas permanentes, al ser rompibles los cuerpos sólidos, no en el medio de esas partículas, sino allí donde se juntan, tocándose en unos pocos puntos solamente. “

Newton, como tras sus palabras se puede advertir, se ocupa de la naturaleza, como de causa de los efectos observables, tratándolas como causas o fuerzas matemáticas. Es por esto que se ocupa de un modo magistral de la fuerza gravitatoria, ya que se muestra, a través de determinadas observaciones como evidente y a partir de este aserto, encolumna toda una serie de consideraciones, desde el punto de vista científico, que van a reconsiderar el papel fundacional del concepto Dios.

A partir de esta circunstancia realmente considerable, las cuestiones respecto a las aproximaciones de saber van tomando un tono más que especial. Una realidad es el hecho de la bifurcación de todas las áreas de conocimiento, es decir la tajante división de los grandes tópicos teóricos, caso física, matemática y filosofía (según el orden Aristotélico, modificado inversamente por Descartes) que de alguna manera van no solo a ser reformulados, estableciendo nuevos conceptos en pos de un todo absoluto, que también al ir segmentando aquella formación cuasi primigenia, modifican sustancialmente no solo las formas( Evolución Biológica, La electroestática, la electrodinámica, la lingüística, la psicofísica, el método sociológico, etc.) que además forjan la nueva realidad de lo eternamente imprescindible, por más que las situaciones que sobrepasan el modernismo, ofrezcan un nuevo aquelarre de posibilidades( sea partículas elementales, cadenas de ADN, un punto de materia, etc). El concepto más originario y populoso, metamorfoseado se va constituyendo de un modo diferente en lo esencial, pero igual en lo formal, es decir un Dios crucificado, bañado en sangre, con una diadema de espinas en la cabeza y con lágrimas en los ojos, pero con espíritu demoníaco.

Intentaremos recorrer subrepticiamente las grandes tendencias que forjan la particular manifestación del fundamento infundado.

Generalmente en filosofía se habla de una corriente posmoderna, sostenida por un argumento o un método rizomático, desde la óptica científica la nominalizada particularización discurre por intermedio de desclasificaciones que son harto difíciles de sintetizar con debida consistencia, de todos modos intentaremos sacar conclusiones generales para poder vincularlas no solo en un sentido filosófico, también relacionándolas con la particular construcción conceptual, que moviliza este pequeño análisis.            

 En matemáticas, el abismo se empieza a dar desde el momento mismo en el cuál Bertrand Russell pone en crisis la lógica de clases (desterrando prácticamente la aritmética defendida por Frege) con el descubrimiento de la famosa antinomia (Vg; Epiménedes el Cretense dice que todos los Cretenses son mentirosos) construye la teoría de los tipos, que pese a seguir con una línea platónica intenta brindar una salida coherente dentro del círculo de lo lógico-matemático. David Hilbert con los métodos finitistas (procedimientos elementales e intuitivos, de tipo combinatorio, que se utilizan para manejar siempre una cantidad finita de objetos y de funciones determinables) impulsa toda una corriente tendiente al problema de la completud de la teoría de los números. Kurt Godel afirmó en relación a este último paradigma, que el cálculo lógico, con potencia suficiente para formalizar la aritmética elemental, si es coherente, es de un tipo que hace que en él sea indemostrable la fórmula que expresa su coherencia. Dando comienzo de esta manera, en el campo de lo matemático, un espacio en el cuál se empieza a dar prioridad a lo específico en desmedro de lo general y a favor, más que nada de intereses en relación a lo particular.

La semántica de Tarski postula “si tenemos una definición de verdad consistente en el acuerdo entre aserciones y hechos, no tenemos un criterio de verdad: siempre podemos equivocarnos al decir que una teoría es verdadera”, de este modo la investigación discurre acerca de las relaciones que se pueden establecer entre los lenguajes formalizados y los conjuntos de objetos. Esta búsqueda de una prueba coherente bajo un tipo semántico representa otra prueba más de los caminos trazados en pos de un absoluto, que paradójicamente se va subyugando bajo los rigores de lo metódico, cambiando radicalmente de esta manera la meta final.

Ya en el terreno de lo filosófico observamos la contundente realidad en que las ideas más consideradas tienen una especial vinculación con lo específicamente científico. El caso más clarificador es el reinado del pensamiento Hermenéutico, el cuál se destaca básicamente por la aceptación de las consideraciones varias y el rechazo a los pensamientos sistémicos.

La filosofía es una herramienta que nos permite observar el mundo con otros lentes, con nuevos esquemas y posibilidades antes nunca vistas, es un aliado para pensar nuestra sociedad, quiénes somos y en qué tiempo vivimos:

[…] la filosofía se convierte, para los momentos actuales, en una poderosa herramienta de interrogación, ruptura de ciertos modelos y órdenes imperantes que han mercantilizado de tal manera pensamiento y lo han convertido en un instrumento repetidor, controlador y, sobre todo, eficaz y eficiente (Pulido-Cortés, 2009, p. 82).

La filosofía debe tener un lugar privilegiado en la educación para transformarla y contribuir a una experiencia que viva el propio estudiante, pues nadie puede pensar y vivir por otros, se requiere descubrir una potencia en sí mismos, la filosofía abre las puertas para no preocuparse no sólo por el aprender, sino por el pensar, por la búsqueda oportunidades de creación, análisis, reflexión y crítica. De acuerdo con Zuleta: “En la escuela se enseña sin filosofía y ese es el mayor desastre de la educación. Se enseña geografía sin filosofía, biología sin filosofía, historia sin filosofía, filosofía sin filosofía” (2004, p. 20). Cuando se habla de la necesidad de que la educación y la filosofía tengan una conexión, no se trata de extender los horarios de las clases de filosofía, sino de posibilitar que en todas las asignaturas del conocimiento, se encuentre presente la “actitud filosófica”. Con ello, se propician acciones en la educación para hacer de las aulas un sitio de investigación sobre las cuestiones o inquietudes de los estudiantes para vivir un acontecimiento que permita transformaciones. La educación no es un acto en el cual una persona transmite conocimientos a otro. El estudiante no es como aquel que va al supermercado para adquirir un producto, ni el docente es como el enfermero que aplica una inyección; si no que debe ser quien incentive el deseo para que el estudiante emprenda un camino en la búsqueda de nuevas experiencias que le permitan construir, y encontrar respuestas a sus interrogantes para vivir un encuentro, aventura y experiencia con el conocimiento.

La filosofía como creación. La definición conceptual de filosofía ha sido inquietud de diversos filósofos a lo largo de la historia, dejando como resultado innumerables concepciones en diferentes contextos y épocas. Cada concepción permite darle un enfoque de acuerdo a la definición que se tenga, no existe una respuesta única y una definición exacta de lo que es filosofía, cada filósofo la caracteriza de acuerdo a sus presupuestos teóricos; es por ello que uno de los principales debates y discusiones tradicionales del ámbito filosófico es su definición. Es pertinente dedicar un espacio para conceptualizar el término filosofía. Para el presente trabajo se asume la perspectiva de Deleuze y Guattari (1993), quienes afirman que “la filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos […] crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía. El concepto remite al filósofo como aquel que lo tiene en potencia, o que tiene su poder a su competencia, porque tiene que ser creado” (pp. 8 - 11) Es decir, la tarea del filósofo es examinar, validar o invalidar los conceptos, pero su labor no termina allí, también es crear sus propios conceptos e innovar en la creación de éstos, establecer un sistema para analizar su tiempo y su cultura; por medio del concepto se analizan los acontecimientos. El filósofo no sólo se ocupa del pensar y del entendimiento, sino también de los aspectos de las diversas dimensiones del ser humano.

La filosofía no es estática, por el contrario es dinámica, se dedica a los problemas que son necesariamente cambiantes de acuerdo a la época y contexto, siendo la filosofía por medio de la creación de conceptos una actividad vital cercana al mundo, pues los conceptos no se tienen como un objeto de colección obsoleto sino que sirven en un aquí y un ahora.

La filosofía por medio de la creación de conceptos se conecta con lo creativo, lo sensible y lo crítico: con lo creativo ya que la creación es la dimensión de un pensar diferente, pues se edifican conceptos que traen consigo nuevas y diversas posibilidades de ver el mundo; con lo sensible porque desde la creación del concepto se piensan los problemas tangibles los cuales deben ser percibidos a partir de lo vivo, de lo exterior, y se requiere sensibilidad para responder a ellos; con lo crítico ya que por medio de la definición existe una mirada para observar el mundo, preguntarse por él, analizarlo, y encontrar parámetros para relacionarse con la vida. El concepto es para el filósofo como el lienzo para el artista o la melodía para el músico, el filósofo se expresa en el concepto, es su obra de arte, es su quehacer.

La creación de conceptos articula y crea conexiones con otros conceptos que se convierten en absoluto y al mismo tiempo en relativo; intenta ser universal, ser un todo y, simultáneamente, hace parte de lo particular, de lo fragmentado, de una historia. La filosofía como creación de conceptos busca encontrar nuevas maneras de pensar que conducen a nuevas maneras de relacionarse, ver, entender y escuchar el mundo. Con ello se generan encuentros para vivir otras experiencias. La creación de conceptos permite la crítica y al mismo tiempo la creatividad, es decir:“ Los filósofos se pueden clasificar en edificadores (creadores) y sísmicos (críticos); en los dos casos los conceptos se convierten en movimiento y vehiculizan la creación y la crítica; la creación deviene de la crítica y la crítica deviene de la creación” (Pulido-Cortés, 2009, p. 96)-La creación de conceptos se convierte en una nueva posibilidad, un acto particular y no una designación que limita la sensibilidad y la experiencia propia, no es un concepto dado, tampoco se impone, sino que es el reflejo de un acontecimiento. “Los conceptos no nos están esperando hechos y acabados, como cuerpos celestes. No hay firmamento para los conceptos. Hay que inventarlos, fabricarlos o más bien crearlos, y nada serían sin la firma de quienes los crean” (Deleuze & Guattari, 1997, p. 11). El concepto no está hecho sino que es una invención del filósofo que se conecta con la realidad, una experiencia que convierte los conceptos en temporales y no en universales, es así como los conceptos no son dogmáticos, ni una imposición. La filosofía se encuentra con la creación, pues este encuentro permite construir nuevos pensamientos que fabrican el concepto para repensar constantemente los acontecimientos del mundo (Por Liliana Andrea Mariño Díaz)

En el mientras tanto de querer y no poder, o del pretender, por naturaleza, cambiar, o lo que nos fue dado, o lo que arrastramos como lo que es, la “inercia de la acción continua”, sí la filosofía o la reflexión filosófica, al menos sirven para ponerle palabras, a las insatisfacciones que genera el imperio de la práctica, pues al menos de tales tribulaciones, podríamos concluir que, pocos o muchos, al dedicarnos al pensar, generamos un tránsito diferente en el tiempo, ese mismo que por miles de años ha sido y es casi igual para la humanidad, ese que es, supuestamente, tan diferente para los dictadores del hacer que plantean lo antidemocrático (entendiendo la democracia como un sistema que pregona la libertad de expresión y que alienta la libertad de pensamiento) de qué todo tenga que terminar, finalizar, y verse correspondido por un número.

Los números, que como si fuesen poco, son solo producto de la abstracción del hombre, que conceptualiza de tal manera, sus pensamientos, que traduce, en otra instancia, su filosofar y la pretende dejar por asentada.

Preguntar por la “utilidad de la filosofía” o pretender, ningunearla a la misma, como para reducirla a una mera práctica de lo ocioso (es decir negar el ocio, el negocio que supuestamente hace al hombre tal, pervirtiendo el ideal griego de humanidad) debería ser considerado delito, en todos y cada uno de los sistemas penales asentados en sistemas democráticos, por más que nadie, en este caso el hombre en general, pueda alegar para su defensa, su propia torpeza.

Por Francisco Tomás González Cabañas.

  

 

COMPARTIR:

Comentarios

Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!

Escribir un comentario »