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ANÁLISIS

30 de abril de 2018

Somos todos de la élite o no somos nada.

No tendríamos la necesidad de recurrir a la sociología, para narrar lo que han definido eminentes sociólogos como teoría de las elites, para señalar los manejos y caracterizaciones de la clase dirigente, gobernante por sobre la dominada, la que es objeto de los manejos y desmanejos, criteriosos y discrecionales de quienes habitan en las facciones a cargo del poder, con sólo recorrer el espinel, político, empresarial, gremial, comunicacional, educativo, productivo, religioso y profesional de nuestra provincia a las claras sabemos que no llegan a la unidad de mil los que prevalecen por sobre la unidad de millón de habitantes.

Vilfredo Pareto ha sido quien ha dado al término y a la noción de élite carta de ciudadanía en Sociología. En opinión de este autor, la élite está compuesta por todos aquellos que manifiestan unas cualidades excepcionales o dan pruebas de aptitudes eminentes en su dominio propio o en una actividad cualquiera. Como se habrá advertido, Pareto define la élite en términos muy parecidos a como la entiende el sentido corriente: le atribuye un valor cualitativo. La élite, a su juicio, está integrada por miembros "superiores" de una sociedad, por aquellos a quienes sus cualidades eminentes deparan poder o prestigio.

En estas tierras que ama la gesta carnestolenda (arqueólogos del saber estamparon en letra que las culturas carnavaleras por lo general son aquellas que viven con intensidad una opresión persistente, que en tiempos de carnaval pueden exorcizar tal sentimiento por intermedio del baile de máscaras y disfraces) todos sabemos cómo es el juego social, cómo son las reglas, pero somos políticamente correctos, hemos sido formados con ese principio ramplón que reza que la hipocresía es parte de la educación, que ser cortés y valiente es sinónimo de loco o librepensador, que es más importante escuchar, callar, obedecer y agachar la cabeza. La gesta malvinera, con estaqueados inclusive se pobló de correntinos, mansos como dice el chamamé que cumpliendo a rajatablas los preceptos de los coroneles, sin autoridad democrática alguna, se hicieron matar, para ocultar tal vez la falta de arrojo a una rebeldía positiva que no supieron conquistar o que se las birlaron otorgándoles baja alimentación de calidad cuando niños-

El chamamé como expresión bailable de la poética del correntino, también es una acabada expresión, hoy con notable éxito internacional (tal como el tango, para que muchos despectivamente lo señalan como “lamento do cornudo”)  de los temores ante la vida con los que se enfrenta, con mansedumbre, el correntino de a pie. La virtud en la obediencia,  en un consagratorio “si pué” triunfal en la última campaña electoral y que se ratifica en el cimbronazo de un sapucay expurga todo tipo de posibilidad de se piense a corrientes y a su correntinidad, desde algún otro lugar que no sea el de cumplimentar, obcecadamente.

 

A sangre y fuego nos han marcado que “seremos lo que tengamos que ser o no seremos nada” es decir, esperar la aprobación o desaprobación de nuestros tutores reales y sociales, leer la hoja de ruta que el corpus social emitió para nosotros como mandato, ni siquiera preguntar, aceptar, tolerar, con cristiana resignación lo que han determinado para nosotros.

Para que volver a revolver la sopa integrada por los mismos nombres y apellidos que forman parte del poder político, económico, empresarial y de todas las ramas con cierta incidencia en la política y en el tesoro público. Nadie  que no tenga sangre real, ha ingresado a la cocina de las decisiones si no ha tenido una relación de cualquier tipo con algún miembro permanente y estable de la elite. El famoso “Oleo sagrado de Samuel” que le pertenece a ciertos privilegiados, ni siquiera hace mella en estas estratificaciones tan cerradas socialmente, revisten códigos que no son del interés del grupo de poder, del círculo rojo.

De un tiempo a esta parte, algún político o referente social oso hablar de esto, pero quiénes tuvieron tal atrevimiento lo hicieron desde un lugar equivocado, pues hacia el público derrochan críticas hacia este sistema y en sus reuniones privadas con los miembros de la misma, se arrodillan ante ellos pues lo único que quieren es pertenecer, o en caso de que pertenezcan, acrecentar su poder dentro de la élite.

No está mal que nos guste este sistema, que de la noche a la mañana no sintamos la necesidad de salirnos de nuestras cadenas (típico de los privados de libertad, que al salir de tal situación no pueden readaptarse al mundo libre), de que aún tengamos el gusto de hacerles la venia, de lustrarle los zapatos a quiénes quizá, nuestros abuelos les lamían otra cosa a los abuelos de los que ahora sólo nos toca lamerles  partes más honrosas.

Simplemente que se reconozca este derecho de querer pertenecer, de estar en la jugada, en la cocina, en la élite, en blanquear que puede surgir del espíritu de algunos el deseo genuino de ser parte de la creme de la creme.

Lo que no debería ser tolerado, son los planteos de cambiar esto, igualmente no existen quiénes dentro de esta sociedad tengan tal concepción de cambio, y en caso de que existan no viven acá pues individualmente no toleran este sistema y el sistema los expulsa, con rápida eficacia.

 

Así como se sortean casas, créditos, dinero en efectivo, vacantes en un colegio, debería sortearse anualmente una “green card” o tarjeta de ingreso a la elite, sería una celebración muy adecuada, muy deseada por la sociedad, una convocatoria muy justa y legitimamente, sería propicio que en alguna carta orgánica, en algún cuerpo normativo, en alguna carta magna, o al menos en una carta de lectores, esto pueda ser presentado como una demanda, social, fidedigna y proveniente de ella misma, no impuesta desde la elite, pensada desde sus gurúes, con sus palabras, con sus deseos y con sus expectativas.

“Las elites diferencian al otro de sí mismas y enseguida lo desvalorizan proyectándolo como inferior: mujer, indio, negro, mestizo, marginal urbano, campesino, etc. Por otro lado, el otro puede ser también extranjero, percibido como amenazador de la propia identidad desde afuera. Paradójicamente, las elites, si bien han negado al otro, también se han identificado con él de manera acrítica y emuladora, especialmente si ese otro es europeo o norteamericano. Sociológicamente se ha generado aquello que Germani denominó efecto de fusión, en el sentido de que las elites asimilan y usan valores modernos para reafirmar su dominio de tipo conservador.” (Fernando Calderón)

 

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