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26 de abril de 2018

Síntoma.

En el mismo momento en el que familiares y amigos de “Tamara Salazar” reaccionaban con iracundia ante el fallo de la justicia correntina, en Madrid, miles de ciudadanos salían a las calles, plegándose a una marcha, contra otro fallo, contra “la manada” un grupo de abusadores que ultrajó en la península a otra víctima que quedo también sin justicia. Una pena que aquellos que piensan que estas reverberaciones de una institucionalidad que debe ser repensada, reconformada, rediseñada, como el poder judicial, crean o pretendan que estos “síntomas” en su plena significancia psicoanalítica, se resuelve mediante proyectos de declaración o de campañitas de marketing de turno, sustentadas por el erario público, al servicio de los familiares y amigos de los del elenco estable del poder, que con la mirada cómplice de los que comen de las migajas de estos, creemos que todo pasara, por la simple inacción de no hacer nada.

 Para el psicoanálisis, para la corriente Lacaniana el síntoma es: “una manera que encuentra el sujeto de gozar. Gozar que no es placer, sino una satisfacción paradójica que implica a las pulsiones parciales y conlleva a la vez sufrimiento”.

La representación de lo injusto, cuando se concreta en forma palmaria, efectiva, taxativa, produce, genera, en el caldo de cultivo reprimido, acciona la idea latente, de que la justicia no es tal (percepción que comparte más del 90% de los argentinos de acuerdo a todas las encuestas que se realizan en los últimas décadas sobre el tema) o que es para sólo un sector (el de los poderosos o ricos) y desprende finalmente el goce que puede significar el romper un edificio, atacar a otros, a los efectos, engañosos de que eso, redimirá o generará el placer de la justicia, cuando sólo es el antifaz del engaño.

Pero es demasiado pedir para una clase dirigente, que desde el sector del poder judicial tiene ministros que ventilan sus paseos de compras por Madrid, esa Madrid que dijimos también convulsionada por el mismo fenómeno, un poder judicial que si quiera es capaz de contratar un “comunity manager” para que su cuenta de twitter oficial, de la que se sirven los medios de comunicación, no sólo informe mejor o más dinámicamente, sino que por lo menos tenga más de los 300 escasos seguidores que posee.

Las generales de la ley, les cabe al legislativo. Muchos de sus integrantes, piensan que hacen patria porque juegan un partido de futbol a beneficio en un barrio pobre, o porque presentan un proyecto de declaración en la legislatura, para distinguir el cultivo de arroz. No son pocos los que se quejan cuando se topan con los escasos medios de comunicación independientes, los consideran enemigos, los ningunean, los destratan y hasta los difaman poniéndoles motes de sicarios o petardistas porque defienden la posibilidad de que exista un criterio para que existan reglas claras para distribuir la pauta publicitaria y en el extenso mientras tanto, traman un sistema de suscripciones para que un legislador que cobra diez veces la mínina mensual, aporte un 0,1% para que la libertad de expresión siga siendo una posibilidad real.

El poder ejecutivo, sigue con sus luminarias novedosas, importando “panaceas” como el tablero electrónico, que anote estimado lector, terminará siendo un buzón tan grande como el de tantos logrados y recordados.

En vez de reparar en estos síntomas, los hombres del sistema del poder, quieran continuar sin ver, como esta descomposición social, integral y moral, les llega a sus familias y amigos, porque el veneno desperdigado del exilio por la chatura o la evasión por consumo, alcanza más que nada a los jóvenes de excelente posición económica.

Por lo general, adictos al goce que no es placer, al goce de poder herir (cuando no matar) sin ir presos, no tener que luchar el mango porque lo tienen servido, perder noción de objetivos y reglas dado que sus padres encaramados desde décadas en el poder, siquiera cumplen las que imponen y declaman en los medios de comunicación a los que usan como objeto vano y a los que no pretenden ser cosificados, los aplastan con la indiferencia, cuando no con la persecución de las listas negras y de la difamación que le hacen en círculos dorados a los que piensan y de corazón, pretenden algo mejor, comunicándolo.

El poder sabe de piedras. Desde Goliat que cayó por una, precisamente lanzada por un oponente en un a priori de menor valía, pasando por la que mató a un joven en una playa de Brasil producto del desenfreno normativo-moral. Las piedras que se tiraron contra un edificio del poder judicial  de Corrientes, son ese mismo síntoma que la clase política, no quiere ver, ni en el que se quiere trabajar, y que peligrosamente se pretende tratar como  sí no existiese o se lo pudiese combatir con aspirinas y un vaso de agua.

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