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ANÁLISIS

12 de septiembre de 2017

Las manzanas del jardín de las hespérides o las mandarinas de los campos correntinos.

De acuerdo a la mitología Griega; El Jardín de las Hespérides es el huerto de Hera en el oeste, donde un único árbol o bien toda una arboleda daban manzanas doradas que proporcionaban la inmortalidad. Los manzanos fueron plantados de las ramas con fruta que Gea había dado a Hera como regalo de su boda con Zeus. A las Hespérides se les encomendó la tarea de cuidar de la arboleda, pero ocasionalmente recolectaban la fruta para sí mismas. Hércules tuvo como undécima tarea el robar manzanas de tal jardín. Llamativamente, la manzana se transforma luego, en término y figura, en símbolo bíblico para determinar el deseo del humano de salirse de la égida de dios, del deseo del todo, que como sabemos, acabó en la expulsión del paraíso por parte de nuestros antecesores; Adán y Eva. Bajo esta metáfora disciplinante podemos decir que se estableció, a rajatabla, el circuito de mando y obediencia, la verticalidad, la imposición de lo que luego llamarían la lógica del amo y del esclavo. Así como los campos correntinos, plagados de agro tóxicos que en tren de garantizar una mayor productividad (ganancia travestida en acumulación) producen el envenenamiento de los de afuera (no por casualidad, niños y pobres, como en Santa Lucía y en Mburucuyá) la política, cuida celosa, mediante sus comisarios que nadie desee lo que no les corresponde. Los poderosos le exigen, en tren de esa acumulación, de esa desconfianza, de ese temor, al tipo que subyuga, que condiciona, que somete, no sólo el voto, sino todo lo que pueda brindarle antes, su tiempo, su rostro, su cuerpo, para embanderarlo, sus piernas para hacerlo caminar, su perfil de red social para enmarcar que votará por el mandante.

No entienden todo lo otro, ese mundo despoblado de certezas fictas. A consideración de Kant, serían poco inteligentes. El filósofo consideraba que la inteligencia se media en relación a la cantidad de incertidumbre a tolerar. La constitución del verticalismo, es precisamente, una patada de burros, un choque de bruces con la inteligencia, al menos en interpretación kantiana. Así las fuerzas de seguridad son tales, es decir tienen una lógica, estricta, una pirámide de obediencia, pétrea. En una unidad militar no se piensa, se actúa. No se pregunta, se obedece. El problema no es esto mismo, las fuerzas de un estado, están para obedecer a su jefe al mando, que es un civil, político, elegido por el pueblo. El problema es cuando la política se militariza. No sólo en su semántica, sino en sus fines y métodos.

Los militantes, semejantes a militares, a soldaditos, en vez de traficar con papelitos con droga, reparten boletas, también confiscatorias, en este caso de futuro y verdad, uniformados con el color del partido, con la insignia. Prestos al aplauso fácil, ante la palabra del líder, el mayor espacio de libertad, elegir la selfie, la foto, para luego, replicar ese absolutismo en las redes sociales. Llenarse de me gusta y opiniones favorables, eliminar o rechazar a quién puede osar a pensar a considerar distinto.

Esta es nuestra particular forma de designarnos democráticos, pues nada que no provenga de las estructuras conocidas, y por ende, totalitarias, saldrá, emergerá, cobrará valor de evidenciable. Ni el medio, al que esto le llega (el republicarlo demostraría su dependencia con quién lo condiciona), ni al periodista que lo vincula con su patronazgo que sólo quiere lo mismo, la regurgitación de lo igual, lo distinto, lo otro, lo horizontal, si bien no se lo persigue, no se lo elimina, como otrora, pero sí se lo silencia, se lo obvia, se lo condena al ostracismo diletante de la indiferencia.

Pero claro, estos rizomas, le brotan por el costado, al sistema del poder, que integran, que integramos, todos aquellos tanto que reconocemos lo otro, como quiénes no lo hacen y se esfuerzan en ocultarlo. Cuando estos brotes, como son de costado, indomables, impredecibles, y tienen una fuerza indómita, emergen, de buenas a primeras, los que eligieron silenciar, en esforzarse por cosificar al otro en tren de la seguridad, no pueden manejar la sorpresa, lo incierto, la codificación de lo horizontal.

Entonces, el nene nos sale puto, la nena torta, le miramos con cariño al secretario, no se nos para con la cachorrita que tenemos de extra, nos mandan a hacer el estudio, el lunar tiene una textura irregular. Quién creíamos amigo, se nos va cuando el poder se nos dispersa. Ni que decir el familiar. Caemos, recaemos en otra adicción de la que nos costará salir aún más que de la anterios. Un día descubrimos que nada de lo que habíamos acumulado, a nivel material, nos sirve para mitigar semejante vacío. Queremos la manzana, del jardín que fuese, hasta sin dudar, tomaríamos la que le dan a Blancanieves, con tal de no darnos cuenta que hasta nos horrorizan las fotos de cuando creíamos que éramos felices, regocijándonos de la pobreza del otro, sacándoles fotos, habiéndoles pedido que nos acompañaran en los actos ratificatorios para seguir acumulando, bienes y ellos esperanza, con el color, con bandera, con la boleta y la caminata.

Quién desea otra cosa, que no sea lo narrado, es acreedor de la manzana, de la mandarina con agro tóxico que tiene el ruin veneno de la indiferencia, de la habladuría, del desconocimiento, del ninguneo, del destrato, hasta a aquel momento señalado, cuando al penalizador le explota el rizoma, la horizontalidad en su cuerpo, en su hogar, ahí todo ese veneno que fue plantando y desperdigando para los que piensan distinto y diferente, les cae encima, en una única dosis, de la que no se levantan, de la que no vuelvan, y para no ser parte de tamaña crueldad, la sociedad los olvida, los sepulta con la indiferencia, inversamente proporcional a la consideración que le hacían creer que poseía cuando dominaba, sometía y condicionaba desde el pináculo de una verticalidad, siempre falsa, inauténtica y sobre todo inhumana.

 

 

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