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ANÁLISIS

4 de septiembre de 2017

Vergüenza de la política.

“La vergüenza está en el origen de la moral social y la especie del objeto a que marca su tiempo, es la mirada del otro. La vergüenza es un sentimiento propio de quien lo experimente. Nunca es ajena. La vergüenza suele estar atravesada por una feroz autocrítica, pero que no reenviaría al sujeto al campo de la ley simbólica, sino al campo de la inhibición” (Vergüenza y Cinismo, Lamorgia, O.) Este sentimiento personal con respecto a un estado de cosas de lo público, habla muy bien de los deseos y de la realidad imaginaria que uno puede tener con respecto a esos otros políticos. Es decir, de allí la definición psicoanalítica, sí se siente vergüenza es porque algo, que nos atraviesa, que nos trasvasa, que nos conmueve, hasta que nos enamora o encanta, no está funcionando tal como lo queríamos, lo pretendíamos lo imaginábamos o lo soñábamos. La vergüenza ante una política desvergonzada, habla bien de los que tenemos los mejores deseos para con ella, para que a través de la misma (la política) se resuelvan los dilemas sociales y menos personas, o ninguna en verdad, quede excluida de poner a consideración sus ausencias como sujeto de derecho y obligaciones.

“En la mitología griega Aidos (en griego antiguo Αἰδώς) era la diosa de la vergüenza, la modestia y la humildad, siendo al mismo tiempo la deidad que representaba el sentimiento de la dignidad humana, siendo como cualidad aquella de reverencia o la vergüenza que reprime a los hombres de lo inapropiado. También abarca la emoción que una persona rica podría sentirse en la presencia de los pobres, que la riqueza era más una cuestión de suerte que en el mérito” (Definición de Wikipedia).

Sí alguien posee un trabajo luminar sobre el concepto de Aidos y su relación con la política es Silvio Maresca, quién casualmente arribará próximamente a Corrientes a presentar un libro de filosofía política:  “La democracia ateniense, en su período de esplendor, no desechó la aidós ni lo esencial del orden aristocrático; sólo que ahora las diferencias jerárquicas no se establecían ya únicamente sobre la base del linaje, las posesiones y el valor guerrero sino principalmente por la habilidad discursiva, esto es, la capacidad de imponer el propio punto de vista en las asambleas, salir airoso en los tribunales y lucirse en las disputas privadas. Así se entiende que los sofistas, maestros en el arte de la palabra (gramática, retórica, erística, dialéctica), lo fueran simultáneamente de “virtud” (areté = excelencia). La democracia ateniense se edificó sobre el fondo de valores aristocráticos, sin subvertirlos; de ahí su acusado contraste con la democracia burguesa moderna, construida en oposición a esos valores. Contraste raras veces señalado, vale decirlo. En principio, democracia no tiene por qué ser sinónimo de igualación aplanadora, eliminación de la distancia, la diferencia y la jerarquía” (Aidós, Maresca, Silvio. J. http://www.elsigma.com/filosofia/aidos/10949 )

Daniel Boromei, en un artículo intitulado “Más allá de la vergüenza, el pudor” retoma, oficiosamente la vergüenza en su acepción mítica primigenia de lo griego para trasladarla a nuestros tiempos políticos y públicos de la misma como de sus implicancias: “El discurso capitalista actual instala una profunda transformación en la subjetividad y empuja al sujeto a no tener vergüenza. Y redobla la apuesta, no hay que avergonzarse del goce propio. Muestra tu goce parece ser el imperativo de la época. Empuje que encuentra su satisfacción en la proliferación de imágenes en las redes sociales, que sirven de perfectos canales por donde corre, inagotable, ese goce de mostrar todo. Esta mirada globalizadora, es uniformizante, intenta eliminar las diferencias y proponer un goce para todos sin tolerar las diferencias”.  

Nuestras democracias actuales, se han convertido en el teatro de operaciones de tartufos varios, de capo cómicos que en el afán de agradar, de divertir, de generar empatía, no dejan tal rol de payasos profesionales, banalizando el rol de la política, desplazándolo, sustituyéndolo, cambiando, trocando, el disenso, la discusión, la propuesta, por la selfie, por el compartir, por la buena onda, por la vibra, por una serie de artificios en que pretenden encapsular a la política para beneficio de los desvergonzados.

El que tengamos vergüenza de quiénes así se comportan, puede alentar a quiénes creen, sienten y se han formado en la política, y hacia la política, como el camino para que todos y cada uno dentro de una comunidad dada y a decir de Nietzsche podamos “Liberarnos para no sentirnos ya nunca más avergonzados de nosotros mismos”. 

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