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ANÁLISIS

7 de julio de 2017

La democracia virtual o la democracia posible.

Ante las próximas elecciones (convengamos que lo democrático lo único constatable que pude ofrecer es la periodicidad de la convocatoria a sufragar) consideramos, que desde nuestra dominio ciudadano, debemos, constituir el próximo paso democrático (metodológicamente muy a tono de la actualidad, de nuestra cotidianeidad, o epocalidad, de “postiempo”) que consiste en realizar un llamado, una convocatoria, un exhorto, a todos y cada uno de los que se sientan interpelados, es decir parte de una comunidad que se crea, se sienta, o desee ser democrática, para proponerse, como posible gobernante de su pueblo, localidad, villa, ciudad o provincia. Se sugiere que la candidatura, que la postulación, posea al menos un número de cinco (es el medio entre los extremos de los dígitos) propuestas, proyectos o definiciones que el oferente, pretenda llevar a cabo en caso de tener aceptación. No se trata de ganar absolutamente nada. Esta imposición por el número (vaya algo tan inexistente e irreal como los números, necesarios para un mínimo de entendimiento pero no para hacer razón o finalidad de tal entendimiento) debe ser desterrada de la nueva concepción de lo democrático.

Es decir no se necesita, que los postulantes, tengan que presentarse ordenadamente en un mismo sitio virtual, dominio, red social o espacio determinado. Tampoco que sean instados a conseguir numéricamente votos, me gusta, o hacer mostrable o traducible que son apoyados y como. La propuesta es que una marea, un viento, una andanada, un alud, de ciudadanos referenciados en este llamado de construir una democracia posible, se propongan, primero ante sí, más luego ante los otros, como gobernantes de la comunidad en donde viven, en donde se desarrollan o también, porque no, donde les gustaría vivir o desarrollarse.

Esta escenografía de múltiples candidatos, de diversas ideas, de un torbellino de proyectos, de planteos, de iniciativas, dibujaría, trazaría, decoraría, las calles, las casas, los árboles, las plazas, los mercados, situaría nuestra ciudadaneidad en otro lugar, cambiándonos de eje, de plano, gestaríamos una ruptura de lo establecido, sin dar cuenta de ello y por ende, privándonos de lo traumático de la experiencia.

Todos quiénes así lo sientan y lo pretendan, deben constituirse en posibles gobernantes, en potenciales mandantes, en seres políticos-públicos que compartan, en todas y cada una de las formas de comunicar que tengan a su alcance, esta decisión de trabajar por la democracia, de redefinirla, de salvarla de su implosión, de rescatarla del presidio en donde la tienen reducida y recluida, a la que sólo podemos ver un solo día, cada cierto tiempo, en modo o modalidad, de sufragio condicionado.

Que todos los que podamos y queramos, seamos candidatos, ofertando o exhibiendo nuestras propuestas, sea en formato de expresión de deseo, de ante-proyecto de ley, decreto o cualquier otra formalidad normativa, pero que reúna un mínimo de coherencia y cohesión para que sea entendido, alcanzará y bastará.

 Esta suerte de estado asambleario, consensual, en grado virtual, que alcanzaremos mediante el desarrollo de este accionar, nos llevará a que podamos entendernos mejor, a pensarnos desde lo colectivo, a que pongamos la prioridad en donde realmente esta y que podamos prescindir de todo aquello que ocluye nuestra posibilidad de desarrollarnos en nuestra condición de seres humanos facultados a razonar en un ámbito de libertad.

En nombre de la política se ha encerrado a la democracia. La llave para que la podamos liberar, está en todos y cada uno de nosotros, cuando nos convenzamos de esto mismo, actuaremos en consecuencia, iremos a su rescate y liberación, manifestándonos como los políticos que la soltaron de su reclusión, para que esta finalmente nos brinde lo mejor que tiene; la posibilidad de que nos podamos entender y comprender en nuestras diferencias, sin necesidad de que ni por la violencia del hecho o del número nos tengamos que imponer nada.

 

 

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