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ANÁLISIS

8 de abril de 2015

Destruyendo los mitos de la cantidad de votos y de la importancia de la experiencia en la política

Se tratará, con sumo esfuerzo, de no introducir citas textuales, adjetivar lo menos posible y transcribir los argumentos en forma directa. El presente texto está destinado para políticos, que lamentablemente se dejan llevar por la inercia de creer “que juntar votos es un ejercicio que no se ha modificado con el tiempo en una sociedad de naturaleza conservadora, pero que no puede estar excluida de la dinámica del tiempo y de las lógicas y necesarias modificaciones que ocurren a partir de esto. Tampoco se utilizarán nombres concretos, desde aquí casi nunca se lo hace, para ejemplificar, esto cuesta amenazas y persecuciones, por más barbáricas que sean de por sí, cuando se ingresa al código de la política actual, el sentido común deja de ser tal y se transforma en un manojo de reglas, donde rigen la endebles intelectual y la matonería discursiva.

Contar o suponer los posibles votos, que pueda aportar un determinado dirigente, en una elección interna o general, es una chabacanería, un despropósito, tan absurdo como pretender que mediante un payé la gente deje de dormir la siesta. De esta hipótesis, tan tristemente transitada por la clase política, se desprenden planteos secundarios, consignados al sujeto puesto en observación, que derivan en cosas tales como: “Fulanito, se separó de la mujer y perdió quince votos de la que era su cuñada”, “al otro lo quieren porque es el médico o el verdulero del pueblo”.

Huelga destacar, que los profesionales de la política, no se basan solo en suposiciones inductivas, basada en la chusma, cuentan para darle un signo de rigurosidad científica, con planillas, completadas con lápiz, en donde se asientan la cantidad de personas que tal dirigente llevó al último acto.

Iniciase un círculo vicioso (que para los bolsillos de los beneficiados es virtuoso) en donde, sí tal puntero u hombre de la política, es recriminado por su mandamás, acerca de la poca gente que apiño en un mitin, el primero justifica la magra cosecha, aduciendo, por lo general que contó con poco dinero, para movilizar, organizar o lo que fuere. La pulseada o compulsa se encuentra en plena algidez, en acrisolado éxtasis.

Aparecen las planillas, se duplican las promesas y las mentiras, uno asegura que cuenta con trescientos o cuatrocientos votos, el otro le promete la candidatura, pero le aclara que la campaña se tiene que realizar a pulmón, recibe como respuesta (supuestamente inteligente) “soy fumador, algo tiene que aparecer, sino vamos a perder”. El jefe, deja escapar una mueca que da a entender que va aflojar, sabe muy bien que si le pidieron veinte, diez esta inflado, por tanto le va a dar cinco, para que se arregle con eso y no perderlo, pero también para que se entienda que no es un tipo al que se le saca fácil la plata. 

 

De los veinte que quedaron en cinco, el dirigente, deja dos en su colchón o se los da a su mujer, los restantes tres los utiliza con fines electorales. Sí un votante común, es tentado para vender el sufragio, no le pagarán más de un centavo, en la escala que se inició en veinte ( es decir un 0.005% del total).

Todo lo que existe en el medio, publicidad, afiches, impresiones, declaraciones, visitas, actos, murgas, jingles, choripanes, cervezas, besos, abrazos, y todo lo que pueda suceder en el tiempo de campaña, esta y no esta demás, puede parecer una frase contradictoria, pero veremos por qué no.

Esta demás, por las siguientes razones.

1)     Ya es una petición de principios arrancar con “yo tengo tantos votos”, nadie tiene la propiedad de los votos (por más locura galopante que le haga creer tal cosa al afectado), es más, ninguna persona cuerda podría sentirse orgullosa de “querer controlar, como si fuera un negocio agropecuario, cuanta gente lo puede acompañar con el sufragio”.

2)     Al votante no se le ofrecen ni ideas, ni proyectos, ni alternativas, por tanto difícilmente las pida, sí se le ofrecen ayudas materiales, en dinero o en especies, ganará quién le engorde el bolsillo. Salvo un puñado, en realidad los candidatos (hablamos de todos, esos suplentes número catorce y sus madres o esposas), el resto vota de acuerdo al beneficio inmediato que obtenga.

3)     No existen definiciones ideológicas que distingan a partidos entre sí, mucho menos a quiénes, momentáneamente conducen los mismos. El pragmatismo de los ismos, sólo se reduce a bandas, compuestas por afinidades familiares y amistosas, que compiten entre sí y que arrean a lugartenientes pagos, para ver quién se queda con el botín en disputa y luego repartir entre los integrantes del grupo ganador.

4)     Convendría que los líderes de las facciones que se enfrentan electoralmente, se pongan un plazo en el tiempo, podría ser de 60 o 90 días, y que al llegar al mismo, pongan en una misma mesa, el dinero que consiguieron para sustentar la campaña, el triunfador sería aquel que consiguió más emolumentos 

No está demás por lo siguiente.

 

1)     Más allá de que poco o muy poco se cumpla la constitución o las normas, la propuesta anterior no sería constitucional y los idiotas útiles de la izquierda y la derecha extrema, dirían que se está volviendo a la dictadura (no por nada en especial, simplemente porque los botarates, no tienen otro elemento a mano que utilizar a los torturados y muertos)

2)     La refutación más lógica, sería que sí bien, en toda elección, lo que define es el dinero que consigan los sectores en pugna, puede que (como excepción teórica, no práctica) no necesariamente gane el que más metálico consiga, la virtud puede encontrarse en cómo administrarla, gana el que mejor gasta.

3)     Finalmente la razón que sostiene la farsa de las convocatorias. El circuito económico y laboral que se genera con el dinero de las campañas, afecta en gran parte a la población, desde los medios, las imprentas, las comidas y hasta quién suscribe, sí no existiera esta realidad, perdería una perspectiva laboral y el presente texto como tantos otros, no tendrían razón de ser.

Los candidatos se eligen, de acuerdo a la cantidad de votos que dicen tener los postulantes, y que quiera creer que tienen el que hace la lista u hombre poderoso. Los generadores de este circuito saben a ciencia cierta, que todo los datos y demás se encuentran inflados, pero la clave se encuentra en sumar la mayor cantidad de dirigentes posibles, al menor costo.

De allí que, finalmente la mayoría de hombres en cargos públicos, no tengan o cuenten con una miserable idea, para trabajar en serio para su ciudad, provincia o país.

Si se hiciera un sondeo de la clase política, veríamos que un gran porcentaje, nunca consiguió ingresos de otras fuentes que no sean las arcas del estado, o que a nivel personal, ni siquiera pueden conducir sus hogares. El razonamiento cae de maduro, el médico que observa su radiografía de pulmón, ¿lo recibe en el consultorio con un cigarrillo en la mano y le dice, sentate papi que vamos a ver cómo estás? O el empleado del banco, ¿le recibe el dinero de su depósito y se lo pone en el bolsillo, para después decirle, tranquilo maestro, ahora lo pongo en la caja?  

Esto mismo ocurre con la política, pasa que son tantos que los ciudadanos comunes no tienen ni la chance, ni el tiempo para percatarse del atropello.

El mito de la importancia determinante de la experiencia en la política.

Sí verdaderamente dos sujetos pretenden llegar a un entendimiento, el primer paso que ambos, al unísono e individualmente, deben dar, es olvidarse, renunciar o no tener la concepción, que el diálogo es una disputa, una batalla o un enfrentamiento. En el caso que no se dé esta circunstancia, la conversación será un camuflaje, de un ida y vuelta de agresiones y descalificaciones, donde ninguno de los protagonistas desee otra cosa que vencer al otro, destratarlo, humillarlo; la razón de lo que se discute quedará prontamente en el olvido.

Falacias, chicanas y artilugios arteros correrán como reguero de pólvora en lugares en donde se practique esta nefasta modalidad de comunicación. Para esperanzar a los que ven el vaso medio vacío y desesperanzar a los que ven el mismo vaso medio lleno, tenemos la obligación histórica de señalar que estos planteos ya surgían en la Grecia clásica.

Platón, el alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles, en uno de los tantos textos escritos que nos legó (llamados “diálogos”) aborda el tema e ilumina con profusa intelectualidad. En el “Sofista” el eje central, se constituye en los maestros en el arte de la oratoria y de las discusiones públicas, que vendían su técnica, de cómo tener razón o vencer dialécticamente a los oponentes, sin importar si verdaderamente contaban con la misma.

Precisamente se los llamaba sofistas (de allí proviene el término sofisma, para calificar una premisa errónea) porque no se interesaban en lo que Platón luego sacralizaría como “Verdad”. Apartándonos de lo filosófico, dado que para argumentar, el fundador de lo que luego sería el Platonismo, recurre al mundo de las ideas (principios de idealismo) donde los humanos copiamos en la tierra ese modelo (no habla de divino pero existe la concepción de lo no terreno) e imperfectamente lo aplicamos, para finalmente continuar con su reflexión más interesante (participación o combinación, que da soporte luego al realismo Aristotélico), concluimos, sin posibilidad de error, que desde los inicios del pensamiento occidental, ya existían quiénes discutían por el mero hecho de tener razón o de vencer (la mayoría) y los menos que pensaban en la finalidad o la razón misma de las cosas (por lo general aspectos fundamentales y abstractos como el amor, la política, la justicia, lo divino, etc.)

Más acá en el tiempo, fue A. Schopenhauer, filósofo alemán que incidió muy especialmente en Nietzsche, quién escribió “Las 37 técnicas para tener razón”. Un compendio de consejos, que pretende aleccionar al lector, acerca de las estrategias más acertadas para ganar una discusión. Aquí nuevamente se mezcla lo filosófico, el mencionado pensador no cree en absoluto en verdades que se tengan que encontrar, buscar o perseguir se funda el reino del nihilismo, de la muerte de dios en cuanto a finalidad. Lo interesante del texto, nuevamente corriéndonos de la filosofía, es que su autor, reconoce que los consejos que da, son una serie de falacias y de estratagemas para confundir, obnubilar y despistar al rival (uno de los apotegmas, es descalificar al otro, hacerlo enardecer, para que se descontrole y caiga en el mismo juego de agresiones propuesto).

 

Deberíamos sumar un elemento, que se agrega en nuestra modernidad y que refuerza las intenciones de los sofistas actuales o perseguidores de victorias dialécticas, un factor psicológico que brinda al ganador de una batalla discursiva una consideración más altruista, relacionada con la cultura del éxito.

Para pormenorizar la exposición, diremos: Los que no creen en verdades, sino en circunstancias, es decir quienes no tienen principios sino intereses, se dirigen indefectiblemente a donde calienta el sol o donde sopla el viento, por tanto no pueden ir a otro lugar que no sea el exitismo que propone nuestra posmodernidad. Razón por la cual, quieren ganar discusiones y no discutir, quieren destrozar al contertulio y no llegar a un entendimiento. Estos hombrecillos de poca monta, se dicen experimentados, se jactan de peinar canas, cuando en realidad acopian fracasos, tiran arriba de la mesa, el colosal saco de su derrotero, envestido en probidad por la mera y ridícula suma de años.

 

 

 

 

Para todos aquellos, sin importar en que sean dependientes de psicotrópicos, víctimas de la infidelidad, malhumorados crónicos, abstemios sexuales o lo que fuere (dado que con ello caeríamos en las descalificaciones que nos proponen) no les indicaremos que la autoridad se funda en la razón y mucho menos le haremos ver que los consejos de ancianos han sido suplantado por los asilos, simplemente hay que regalarles las victorias que creen tener, de lo contrario serían aún más infelices de lo que se muestran, buscando algo tan vacuo como ganar en una conversación, bajo la argucia de la experiencia.

 

Grandes del pensamiento han sido, y lo siguen siendo, presa de estos sofismas, cuando los botarates de turno, intentan criticar escritos, sistemas o ensayos que no comprenden.

 

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