22 de mayo de 2026
La pobreza como arte.
Dicen, quiénes se jactan del saber, que el arte, transforma, libera, redime. Claro que un pobre, difícilmente, si no resuelve su pobreza antes, pueda disfrutar o lo que sería mejor producir arte. Salvo que a tal punto hubiéremos trasladado la humanidad, que esto fuese posible; La división entre los que son pobres y los que no. Incluso, que esto se pueda demostrar, a los efectos de que los pobres, pudiesen ser objetos de nuestra apreciación artística. ¿No lo son acaso, con los informes de los medios de comunicación o las imágenes que compartimos en las redes sociales, generadores de nuestras lágrimas, penas, sentimientos de compasión, ajenidad, extrañeza o temor? Sin que nada de esto nos impulse a otra cosa más que a nutrirnos de ellos, es decir, a servirnos de su pobreza. Por tanto el uso que hacemos de la misma, nos resulta a todas luces más que redituables.
¿Por qué no hacer arte con la pobreza?.
Los pocos que tienen la posibilidad de disfrutar de producciones artísticas, tienen que trasladarse a galerías, museos o lugares determinados para tan altruista fin. Simplifiquemos tan engorroso traslado, llevemos a los pobres y sus miserables quehaceres allí donde la ampulosidad se devora el ideal de la justa distribución de la riqueza, independientemente de quién la produzca y bajo qué condiciones o condicionamientos.
El arte como manifestación humana, alcanzó mediante estrambóticos hacedores, profundizar la línea libertaria del hombre, llegando a veces, al insondable límite de lo anárquico. Fenecían los cánones preestablecidos, acerca de qué materiales y bajo qué formas, por ejemplo, crear un cuadro. Regresando, tal como Sísifo (aquel mito que representa a alguien subiendo una colina con una piedra, para depositarla en la cima para que esta caiga y vuelva a ser elevada infinitamente) por obligada necesidad de catalogar, clasificar y anatematizar sus propias creaciones, el hombre, bautiza a sus formas de manifestarse bajo epítetos de corrientes artísticas. Todas las incluidas en las enciclopedias de arte (expresionismo, realismo, impresionismo, dadaísmo, cubismo, minimalismo y demás) hasta arribar incluso a Marcel Duchamp con su mingitorio en exposición, o a un Andy Warhol con la filmación de un hombre durmiendo expuesto como película.
En un mundo en el cuál, más de la mitad de los habitantes tienen problemas serios para cubrir sus necesidades básicas (sin por ello introducir estadísticas, no sólo por lo innecesario sino también por lo ajustada visión de U. Eco sobre la misma “Es la práctica por la cual si una persona come dos pollos y otra ninguna, la conclusión es que cada uno de ellos ha comido un pollo) lo justo y adecuado, es precisar que la producción, el goce y el intercambio de manifestaciones artísticas se encuentran meramente reservadas a los sectores, no necesariamente más pudientes, pero sí al menos a los que no padecen la criminalidad de no tener que comer.
Existe una conexión indisimulable entre los estómagos vacíos y los espíritus llenos. Nadie alcanzaría esto último si padeciera de lo primero. Tampoco se trata aquí de apuntalar lo que inculcan, cultural y ritualmente, las grandes religiones con la noción de culpa. Mucho menos se pretende instalar la concepción de mártir que no puede conciliar el sueño, tras una cena regada con una bebida espirituosa, elaborada por una cosecha de antaño, por el hambre de los niños pobres.
Ingresamos al mundo del arte, donde nada está prohibido, todo simplemente es.
Una muestra artística, donde una familia de menesterosos se traslade con su hedor, sus miserias y dolores a lo más granado y glamoroso del sector más pudiente de la ciudad, para permanecer unos días y desarrollar sus vidas, constituiría un hito indispensable, cultural y socialmente.
Sí los diferentes gobiernos y por ello la solidaridad del mundo, no puede, no ya acabar, sino al menos sosegar, la disparidad entre los que no tienen nada y los que poseen demasiado, la pobreza tiene que ser objeto de la mirada artística.
Sin tomar banderas del compromiso social ni embeberse en ambiciones grandilocuentes de cambiar al mundo, sino simplemente por el impacto que generaría el contraste de realidades opuestas proporcionalmente, la muestra de acceso libre y gratuito, tendría que llevarse a cabo en la mayor cantidad de ciudades posibles, en las intersecciones o esquinas, más paquetas, onerosas, ricas o acomodadas.
No se pretende aunar un grito simbólico contra la pobreza del mundo, sencillamente se busca que los adinerados no se tengan que trasladar demasiado para apreciar una manifestación artística.
A decir del artista Argentino Nicolás Fiks: El arte (y cuando digo arte abarco todas las ramas, al igual que el saber filosófico que en un verdadero artista es inherente a él) está sobre todas las cosas, hasta sobre esos maestros que tanto amo. Y ellos sin lugar a dudas lo hubieran querido así, porque la persona, la aglomeración de carne y sangre, de esperma y óvulos, pasará, se pudrirá, todo lo que diga, con relación a la cotidianeidad de la vida será opacado por la vejez, la enfermedad y la muerte. Todo es caduco, todo es “atrapar vientos” como sabiamente nos dice el Eclesiastés, pero sin embargo las palabras si se las lleva el viento es para transportarlas a otros jóvenes malditos, apartados, marginados que sabrán hacer con ellas verdaderas obras de arte. Y así, nuestro propio dharma será perenne, porque lo que cosecharemos ahora será recogido por alguien, que impregnado de nuestro arte, y del arte que nosotros heredamos, dará batalla a Dios, a la mediocridad y a todo sujeto o cosa que quiera impedirnos nuestro desarrollo mental.
No se trata de provocar, de denostar, o estar en contra de algo o de alguien.
Se trata de promover el pensamiento como una práctica de cultura. Un pensamiento que no solo se desarrolla en los espacios institucionales estancos, sino que adquiere formas diversas. El pensamiento académico, formalizado en textos, pero también el pensamiento que surge de las expresiones estéticas, el pensamiento que se produce en colectivos sociales o en los infinitos grupos con identidades concretas que producen discursos de diversos órdenes. El pensamiento poético. Dar espacio y cauce a esas formas de pensamiento, ponerlas en conflicto, contraponerlas, darle al pensamiento estético el mismo estatus que el texto escrito formalizado.
Uno de los saberes más recientes (o que hemos formalizado más recientemente) como la Antropología por intermedio de uno de sus hombres más lúcidos, Clifford Geertz, determinaba sintéticamente su campo de acción de la siguiente manera: “Estudiar los dragones, y no luchar contra ellos ni domesticarlos ni tampoco ahogarlos bajo un montón de teoría, es lo que más o menos ha estado haciendo la antropología. Al menos tal como yo, que no soy nihilista, ni subjetivista, y que poseo, como todos ustedes pueden ver, algunas arraigadas convicciones acerca de lo que es real y lo que no lo es, de lo que es digno de elogio y lo que no lo es, de lo que es razonable y de lo que no lo es, entiendo la antropología. Nos hemos aplicado, con no pequeño éxito, a mantener el mundo en un estado de desequilibrio; hemos retirado las alfombras, hemos volcado las mesitas del té, hemos hecho estallar petardos. Otros asumieron la tarea de tranquilizar; nosotros, la de perturbar. Austrolopitecus, embaucadores, clics, megalitos. Vamos a la caza de lo anómalo, vendemos toda cosa de clases extrañas. Somos los mercaderes de lo insólito”. (Geertz, C. Los usos de la diversidad. Ediciones Paidós. Barcelona. 1992. Pág. 122.)
Los pensadores, promovidos, avalados y para aquellos que así lo deseen sistematizados, nos proporcionarían todas y cada una de las posibilidades que podríamos hacer con los dragones y los riesgos y aspectos positivos que cada decisión implicaría. El pensador buscaría, con mayor posibilidad de éxito que ningún otro, las pistas de un mundo por nosotros desequilibrado, que deja las coordenadas como para que lo equilibremos, pero no nos hacemos el tiempo, ni le damos el lugar, a quiénes esto puedan pensar, para que tomemos, como seres humanos, decisiones que tengan más que ver con nuestra humanidad y no atentatorias a nuestras posibilidades tanto del buen vivir, como del vivir a secas.
Escuela Correntina de Pensamiento.
www.filocorrientes.com.ar
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