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  • 20º

23 de diciembre de 2022

TikTok o la escuela del trashumanismo

Por Óscar Sánchez

 

 

Leí no sé dónde que la red social TikTok es una perversidad china consistente en que allí sirve para que los adolescentes graben historias de superación personal académica y deportiva, mientras que a los occidentales nos lo han encalomado para que podamos hacer un billón de billones de paridas completamente idiotas que les garanticen a ellos, taimado peligro amarillo, la final degradación de nuestro ya de por sí desorientado mocerío. Desde luego, parece cierto que cualquiera que se deje un rato de su precioso tiempo en TiktTok descubrirá que sí, que TikTok es la red social que mejor muestra la estupidez humana más chabacana a tiempo completo y sin pudor alguno en la exhibición del lado tonto de cada cual, una suerte de corriente continua de muecas anómalas que sería lo último que querríamos enseñar a una especie alienígena que viniera a visitarnos -un anfitrión como Dios manda no lleva a su nuevo visitante en primer lugar a disfrutar del lavabo de su casa (no digo el retrete porque el retrete digital es más bien la Deep Web). Pero tal vez haya otro modo de verlo, sea cual fuera la intención de pérfido Fumanchú oriental al crearlo. En TikTok la gente indiscriminada, absolutamente cualquiera (el “cualquiera” que tanto gustaba a Pasolini), se convierte en un cualquiera que no sólo pasaba por ahí, sino que aporta o intenta aportar lo mejor que se le ocurre en 15 segundos de precaria fama. Son, tal vez, esos “quince minutos de fama” vaticinados por Warhol algo jibarizados, pero con la oportunidad de repetir indefinidamente si la performance tiene algún éxito o el performer no tiene nada que hacer en la vida -que será, me temo, la enfermedad psiquiátrica más urgente cuando los robots comiencen a quitarnos los trabajos; ríase usted de la vieja depresión o de la aún más vieja melancolía…

 

A mi hijo, por ejemplo, le gusta pasar los videos de un tío afrohispano como de 20 años que se hace llamar “negritoexclavo”. Sus gracias consisten en hacer de esclavo negro, proclamar que tiene amo, salir a torso descubierto y deformar su cara con filtros, habitualmente estirándose el labio inferior y el mentón (lo cual es muy habitual en TikTok, por lo que he visto). Uno de sus minivideos consiste en que él está en una cocina pobre y desangelada con una puerta abierta al fondo y se dirige a ella hasta que la oscuridad del pasillo se traga el color de su piel y ya no se le ve. Por el camino va de espaldas, cabizbajo, hasta que se adentra en las sombras como quién se somete voluntariamente al imperio de la muerte No diré que es una genialidad, pero combinado con sus demás performances de exclavitud con x hasta podría serlo. Lo suyo va del rollo: “vale, como sé de sobra que no vais a poder evitar verme como un negrata especialmente azabache haciendo un puto video, o me bailo algo zumbón o resalto con rotulador ominoso el prejuicio de vuestra mirada”. Algo así. Igualmente, mis alumnos africanos cuando juegan al Kahoot firman como “tunegrofav” (-orito, se entiende), y la verdad, siendo o no conscientes de la crítica social que subyace velada en todo ese rollo lo cierto es que resulta mucho menos agresivo que los comentarios de los haters en las restantes redes sociales. Yo soy demasiado mayor para estar en condiciones de juzgar este nuevo mundo de transformaciones narcisistas para el que TikTok funge de escuela o de adiestramiento colectivos. Marta Peirano dice que TikTok es la más sofisticada de las adicciones concebidas en la red, que es como tirar incesantemente (puesto que el desfile de máscaras no termina jamás, y cada usuario tiene el suyo propio conforme al algoritmo que le tiene calado) de una palanca de una máquina tragaperras en un bar, pero ni Marta Peirano es capaz de prever la conducta de un nuevo tipo de humanidad que habría apagado hasta el último rescoldo la narrativa de una vida entendida como Bildungsroman -que es, justamente, para lo que se utiliza en su país de origen, en China- a cambio de una anarquía formativa absoluta regida por imágenes completamente caprichosas que lo que buscan es gustar a la mayor parte posible de la audiencia, y todo en ello pildoritas que rondan en torno al minuto. Quien sea capaz de echar un vistazo al fondo de ese abismo de significantes sin significados que nos lo cuente después: a mí es que me da vértigo…

 

Lo que sí que creo es que el scroll eviterno del TikTok constituye ya, y sin esperar ni un segundo más, la realización de parte de los ideales del trashumanismo. Estoy de acuerdo con Francis Fukuyama en que el trashumanismo es “la idea más peligrosa del mundo” en la actualidad si finalmente termina por traducirse en biopolítica, es decir, si se empeña en la tarea casi eugenésica de modificar los cuerpos en pos de un ideal de perfección posthumana que remite claramente al Hombre Nuevo soviético o a la Bestia Rubia nazi. En cambio, como entretenimiento esa libertad que ofrece TikTok de deformarse a uno mismo aposta a fin de hacer el payaso o hacer escarnio de algo bien podría resultar emancipador. En TikTok la gente se saca a sí misma, pero siendo ya otros. Puede que eso que hacen de sí mismos no sea el Homo Excelsior que predican los chalados del trashumanismo, pero está claro que durante un tiempo lo prefieren claramente. Me hago la siguiente pregunta: ¿un partidario o simpatizante de la ultraderecha de Vox o de Meloni qué preferiría poner en manos de su hijo, La regenta, Los novios, o toda la videoteca completa del tal “negritoexclavo” este, un indocumentado y paria de libro? De la respuesta a esta pregunta podría depender nuestra consideración de los medios digitales como campo de una paideia distinta -eso que decían los miembros del movimiento Fluxus en los sesenta/setenta de que “cuando queremos ponernos a hacer arte comenzamos por hurgar en las basuras...”

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