21 de septiembre de 2019

El precio de nuestra democracia citadina.


Hemos aceptado que los partidos políticos sean los sellos de goma que se agolpan tras un frente electoral, en donde no se practica ningún tipo de accionar democrático interno y los candidatos se eligen por obra y gracia del poderoso de turno; damos por sentado que lo que elegimos, obligados y condicionados, sea nada más qué facción, que se diferencia de las otras por los hombres y nombres que la componen, nos gobierne prometiéndonos aquello que sabemos que nunca cumplirán; no más pedimos que nada empeore, de lo que viene empeorando por más que nos prometan que las cosas mejorarán, haciéndoles creer que les creemos sus promesas. Nos sobran los números de las variables económicas, las financieras, las internacionales, las nacionales, provinciales, de nuestro bolsillo. Nos ahogan con las cuentas que dan los estudios de nuestros cuerpos, los que evalúan aquellos que nos autorizan a que seamos en la sociedad lo que pretendemos ser profesionalmente, pero nada dicen, esos números acerca del costo que pagamos por nuestra democracia cotidiana, del valor o precio de la misma, en caso de que la tuviese.

Necesitamos, aún, que nos guarezcan ficticiamente de la intemperie en la que hemos sido arrojados, asegurándonos que existirá algo más allá de esta temporalidad en donde todo lo que no se acomodó aquí, se acomode por arte de magia allí, en una suerte de democracia idílica o paradisíaca. Nos persignamos, ante las santas escrituras republicanas, que nos dicen que está garantizada la integridad física de nuestros cuerpos, como de nuestros bienes, mientras en las iglesias y capillas de tal institucionalidad, en tales tribunales, los santos y mártires de tal justicia, no hacen más que reinar en sus privilegios y prodigarnos olvido e indiferencia, cuando no, injusticia. Leemos, como acto de fe, la carta magna de este milagro consensual, deliberativo, o desiderativo, le dedicamos oraciones y rezos; a diario, los apóstoles, como correas de transmisión, como medios de comunicación, solo estampan los relatos afines, excluyendo y segregando a todos aquellos que no comulguen con sus postulados sacrosantos. 

Nuestros dioses, en el olimpo gobernante, bajan en los tiempos electorales, a convencernos que ellos tienen que seguir allí, porque están tocados o porque se esfuerzan por nosotros, por más más que no lo entendamos o no nos demos cuenta. 

Merecemos una respuesta, como Yahvé se la dio a Job, ante tanta confusión, tanto desorden y desesperanza, camuflada en todo lo que supuestamente son sus contrarios. Aquí seguimos profiriendo propuestas, para mejorar aquello que nos dicen que es lo mejor para organizarnos en esta tierra, abonando proyectos para que lo mejor, se note, se traduzca en lo cierto. En esta oportunidad, creemos necesario que nuestras sagradas escrituras democráticas establezcan por ley, que los candidatos a un gobierno, debaten públicamente sus propuestas, proyectos e ideas. Amén.     

En tiempos electorales, escuchamos a los diferentes candidatos en casi todos los medios, muy pocas veces refiriendo acerca de sus proyectos, propuestas o convicciones. Para combatir ese flagelo que desnuda debilidad institucional y democrática, se podría establecer por ley provincial, que todos aquellos que se propongan como candidatos, debatan sus propuestas en un ámbito neutro, tal como se realiza en otros países del mundo, o como esta establecido en otros distritos del país como Buenos Aires o a nivel nacional para las presidenciales. 

Nuestra historia política y social nos señala que la tradición siempre estuvo guiada por la fuerte militancia de los ciudadanos en determinados partidos, guiados por diferentes líderes populares, y por tanto la disputa ideológica se dirimía en formas varias. Como la concurrencia masiva a actos públicos verdaderamente multitudinarios, o la actitud sentimental y emocional de cada ciudadano, que hacia expreso su apoyo mediante el uso de banderas, remeras y demás atuendos que señalaban a las claras su opinión política. Durante años, el fervor de la adhesión a un partido político signo la vida social de nuestro país. Razones varias podemos encontrar ante este fenómeno, de todas maneras la presente argumentación no pretende incursionar por lo campos de la sociología o antropología. Podríamos señalar, sin embargo, que los duros y horrorosos años de dictadura militar, sumados a la participación de líderes naturales y populares que dividían la opinión pública en forma contundente, forjaron una exaltación del sentimiento y la emoción partidista por sobre otros aspectos como el intercambio de ideas o la exposición contrapuesta y racional de ideas. Reafirmando una tendencia a nivel mundial, como los años del idealismo o romanticismo social (finales de la década del `60 y los `70). 

Si bien, la mayoría de los argentinos, vivimos y vivenciamos de tal manera la política, un simple dato basta como muestra paradigmática, los millones de afiliados con los que contaban los partidos Justicialista y Radical.

Se podrán realizar un sinnúmero de análisis del desuso y deterioro de estas prácticas políticas, pero independientemente de las perspectivas con las que observemos la realidad, lo único irrefutable es precisamente que la sociedad toda modificó sus conductas y tiende a precisar de argumentos, de ideas y de confrontación de las mismas, como para emitir su voto.

Citamos a continuación la opinión de Sergio De Piero (Politólogo, Docente e Investigador):  “Varios autores señalan que parte de la crisis de los partidos políticos se refiere a la pérdida de capacidad y de poder para fijar la agenda política. En la actualidad ésta estaría construida desde los medios de comunicación, donde los partidos tienen una incidencia de otro tipo, la cual depende de los recursos económicos y la capacidad de presión que los líderes políticos pueden lograr. Lo que esta claro es la dificultad del ciudadano para introducir temas en la agenda, ya que los medios no cuentan con ningún sistema de representación ni de ejercicio serio de la ciudadanía, más allá de la limitada opción de comprar o no un producto.”             

Observamos que no solamente en el ámbito intelectual se posee la certeza del cambio de las formas políticas (léase crisis partidaria, crisis de representación, efectos del 20 de diciembre) de alguna manera esta certeza se transformó en una seguridad pública. Muy lejos de criticarla o alabarla, debemos aceptarla. Por tanto resaltaremos la importancia que constituye que los ciudadanos escojan a sus representantes vía o por intermedio de las ideas, propuestas o políticas de estado que en su momento exhiban.

El filosofo alemán Martín Heidegger, afirmaba que el ser (como un yo metafísico) habita en el lenguaje. Lo que consagra de alguna manera la importancia radical del intercambio de ideas y de la comunicación, pese a las diferencias expuestas. Siguiendo con el ejemplo, dentro del campo mismo de la filosofía, uno de los desafíos capitales consiste en aceptar y convivir con las diferencias. El ser humano, con millones de años en sus espaldas, encuentra en el lenguaje, y por consiguiente en la comunicación su más alto punto de razón.

La necesidad de refrendar por Ley, un debate entre los candidatos que se postulen para algo, podría ser positivo para al menos intentar generar el hábito, se palpa desde todos los puntos en donde se expresa la ciudadanía; encuestas de todo tipo, notas periodísticas, contacto diario, etc.

A nivel internacional,  existe en Estados Unidos, desde 1987, la Comisión para Debates Presidenciales. Dicha organización (sin ningún tipo de afiliación partidaria ni ayuda gubernamental)  fue creada con el fin de reglamentar e instituir el debate presidencial como una obligatoriedad más en la campaña electoral. 

En nuestra provincia, Corrientes, por intermedio de la “Pastoral social” se han llevado, con la misma suerte, intentos por generar debates, que no han terminado muy bien. El último, hace cuatro años atrás, siquiera comenzo, se suspendió por escándalos entre los asistentes. 

Desde hace dos años atrás, venimos proponiendo debates de todo tipo y entre los distintos candidatos a cargos electivos. Probamos distintas maneras, en todas, hasta ahora, los candidatos responden que estarán, pero a último momento, les surge un inconveniente. Luego, risueñamente, te reconocen que “iban ganando en los sondeos, que no conveía”, lo peor, es que sus rivales, aceptan tal posición, reconocen que en las mismas circunstancias, harían exactamente lo mismo. 

No presentarse, no propiciar un debate, es que perdamos todos democráticamente, es un acto de autoritarismo supremo que no debiera ser tolerado, el hambre famélico que generaron estructuralmente, se corresponde, por obligación y necesidad, por sus fauces llenas que pletóricas de excesos, no pueden emitir palabra alguna que esgrima razón para que entendamos, porque no tienen nada muy interesante que decirnos, salvo el pedirnos, maquinalmente, autómatamente el voto, y de allí a que nos ofrezcan el alquilarnos nuestra voluntad política; sólo a un pase, a una bolsa de mercadería, a un vale de supermercado, de nafta o unos billetes.

La democracia se reduce a un fenómeno aritmético, no casualmente, cada vez son más desde el propio sector de la “política” los que analizan las cuestiones electorales, acerca del costo económico que le acarrean a las diversas comunidades.

En el mismo plano quedan, los que creen que una elección es ganar o perder, por determinada cantidad de votos, que aquellos que suprimieron las libertades políticas, por considerar que tal consulta al pueblo, o reconocimiento de soberanía al mismo, no poseía un valor supremo e intangible imposible de cuantificar. 

Las armas, las botas, hoy es esconden (en verdad desde hace tiempo) en la insensata frialdad del número, que ocluye la palabra, la razón y por ende la posibilidad del hombre de ser en cuanto tal.  

 

Por Centro Desiderio Sosa. 

 

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