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ANÁLISIS

17 de agosto de 2019

A mis vecinos de las cuatro avenidas.

Sí no fuese por un puñado de marginales que debieran vivir por fuera del ejido céntrico, histórico o “caté”, nos destacaríamos como Córdoba o la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde estudiamos, donde estudian o estudiarán nuestros hijos, guetos, libres de esa enfermedad, de la que nos advierten esos libros, replicados por los medios que nos convencieron que lo que nos sucede dentro de nuestras fronteras, es lo que debe ser tomado por único y por cierto.

El límite, cómo concepto pensable, fue desarrollado por Eugenio Trías, y la clave que propone se podría resumir de la siguiente manera: “el límite deja de ser muro para ofrecerse como puerta”.

 

Es decir sí, tanto los que votan de manera diferente a la nuestra, lo hacen por las consideraciones que fueran, con los olores que fuesen y bajo las ambiciones que la indeterminación plantee, se amurallan, corridos por nuestros señalamientos, como una facción, que asume o no, identidades que la fortalecen como tal (ya en proceso la carta a “mis vecinos de afuera de las cuatro avenidas”), a los únicos efectos de seguir sedimentando, compartimentos estancos, cuando no agonales y adversariales, caemos en cuenta, de la profecía auto-cumplida, de las lejanas admoniciones de grietas y enfrentamientos, que viralizados desde la inteligencia artificial de los medios y las redes, y por tanto, ya dentro de la misma, siendo de acuerdo a ese “mercado”, víctimas o victimarios, de acuerdo, al rol que se nos asigne, según la variable o el algoritmo, que siempre desconoceremos y que jamás nos pedirá opinión.

 

Sin que nos demos cuenta, el tener una camiseta, el amurallarnos, el identificarnos con un supuesto “igual”, a condición de señalar a los otros, como “enemigos” nos priva de la posibilidad de ser libres, de pensar, de reflexionar, de actuar como humanos.

Terminamos en el ábaco, cuantificado que nos dirá cuantos “trolls” o “boots” se enfrentan a “vagos” o “choriplaneros”, con la absurda pretensión de querer llamar a este enfrentamiento, el acto electoral o la fiesta de la democracia.

 

No es casual, qué tanto en Europa, como en Estados Unidos, también en Venezuela y Brasil, por no decir entonces en la geopolítica mundial, al mismo nivel que la sustentabilidad del mundo, la cuestión migratoria, o de los límites, es decir de las murallas y puertas, signifique y represente la temática irresuelta y a flor de piel de nuestra tardo-modernidad.

 

Yo he visto, a más de un vecino, fronteras afuera de la comarca, sea en Buenos Aires nomás, por no decir Miami o Madrid, limpiando heces de niños adinerados, mesas de cadenas de cafeterías o de restoranes, en donde sufrían a diario, la misma mirada que se cansaron de propinar a quiénes no trataron con la misma dignidad, por tener la piel más amarronada, como el Paraná, o estar embargado por la fragancia del cenizado de una torta parrilla, siempre a mano. 

 

Estas fotos no las suben a sus redes sociales, atestadas de las otras, en donde se quieren sentir iguales porque veranean en Punta del Este, codeándose con el Jet Set, esa turbamulta de empresarios, afamado de lo privado.

Aquí es donde mis vecinos, se contagian de esa enfermedad, de las que los libros, los medios y las instituciones, que tutelan sus cabezas, que digitan sus pensamientos y determinan sus razonamientos, y que finalmente cincelan sus sentimientos y emociones, dibujando sus áureas y almas, jamás les hablan.

Creyéndose, dueño de la verdad revelada, este enfermo, derrama y desparrama, su toxicidad, travestida y trastocada. Habiéndola hecho, desde la administración de un estado, qué manejado por él o sus padres o abuelos, con la fusta bajo el brazo, cree tener que vivir, sentir y razonar, como aquellos ricos, con los que se codea cada verano, o en los centros de nieve, los que recientemente han sido convocados a que emitan el sufragio.

Este enfermo está privado de su humanidad, que le haría comprender que los límites están allí, para hacer de un muro, una puerta, como lo sucedido no hasta hace mucho en Berlín, y que suturó, cálidamente, lo frío de una guerra, que atería corazones y mentes.

Cuando junto a mis vecinos, que son los del mundo, como los de siempre, nos demos cuenta, más allá de que estemos, enfermos o sanos, que no importa, quién nos gobierne, ni donde vivamos, sino, que nos dediquemos a ser más humanos, los límites serán fronteras difusas, en donde el único peligro sea que no nos demos tiempo de seguir transformando muros en puertas para vivir entre manos.

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.-

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