ANÁLISIS

14 de octubre de 2018

La democracia latinoamericana cae en el bolso del próximo presidente de Brasil.

“El poder público no es, pues, sino la emanación activa, energética de la opinión pública, en la cual flotan todos los demás usos o vigencias que de ella se nutren. Y la forma, el más o el menos de violencia con que el poder público actúa, depende de la mayor o menor importancia que la opinión pública atribuya a los abusos o desviaciones del uso. En buena porción de pueblos africanos actuales de lengua Bantú la palabra con que se dice “crimen” significa: cosas odiosas a la tribu, es decir contra la opinión pública”. (Ortega y Gasset, J. En tiempos de la sociedad de Masas. Taurus. 2014. Buenos Aires. Pág. 175).

Vanos son los intentos de pretender algo a cambio de anoticiar a los que administran poder, que la traducibilidad instituida, que el cumplimiento del pacto social instaurado, se cumplimenta a expensas de que mayor cantidad de personas, ven subsumida su posibilidad de ser tales, que se las reduzca en archipiélagos de excepción, en donde se decostruyen en escombros, cuando no en escorias, en el mejor de los casos, tomadas como contraejemplo de gigantes mediáticos que lavan sus culpas con notas de color, haciendo el foco en el padecimiento de alguno, o como especímenes sujetos a investigaciones académicas, soporíferas, destinadas al sueño inconcluso de alguna rata de biblioteca. Utilizar el continente Africano, como significante de una realidad pauperizada, puede ser incomodo, como provocador, sin embargo la única intención que nos moviliza a vincular ambos conceptos, es la nítida, clara y contundente, combinación entre una institucionalidad occidental que funciona en términos puros, ascéticos, normativamente inobjetables  y que a contrario sensu, demuestra su cabal incumplimiento, cuando pasa al campo de la acción, cuando la traducción se desmorona en la fatalidad comprobable de la mayoría de los países africanos que se dicen, declaran y manifiestan como democráticos, y que de tal solo poseen la pretensión semántica de la autodefinición.

Desde hace un tiempo a esta parte, África dejo de ser un continente a observar, y sólo se ha convertido en el patio trasero de las aspiraciones truncas de la humanidad. A nivel internacional, los organismos que regulan las reuniones altisonantes, de esa pretensión Kantiana de un gobierno mundial, es cómo si hubiesen instituido una regla no escrita, (son las normativas más complejas a las que acuden los regímenes absolutistas dado que de esta manera sólo los que las instituyen las conocen y por ende el poder de controlar y penalizar le es también absoluto y discrecional) para determinar que de África sólo se pueda hacer mención de sus exotismos diletantes, de sus exageraciones risibles, de niños que mueren comidos por mamíferos acuáticos al caer de embarcaciones que no son tales para ingresar a Europa, o de asaltos precarios a embarcaciones lujosas que recodan sus ostentaciones por la pobreza costera que no pueden evitar. África se ha convertido en esa costa, pero en donde derrapó la pretensión democrática de reinar impoluta e indemne de sus encantamientos,  promesas fictas, engañosas y falsas que sostiene para garantizar la vida privilegiada de quiénes la han instituido y son sus más celosos custodios. Han dejado en tal continente un ejército de pretorianos que están a cargo de la administración del poder, como de sus usinas académicas (en defensa de Hegel, a pesar de Hegel, por ejemplo) que en supuestos términos democráticos, trabajan para la democratización de un lugar en donde la función que tienen es que los niños sigan extrayendo el cacao, en condiciones de esclavos, para costear las ganancias de las chocolateras europeas que las venden a precio de manjar. Todos los recursos naturales extraíbles, pasaron a ser, dependientes, como décadas atrás  lo eran de los diferentes estados colonizadores, de socios locales instalados en el poder que comercian, o trafican, con los representantes del poder real, y que para ello, es decir para no recibir las reprimendas ni de la prensa ni de los organismos internacionales, se envisten, se travisten, se engalanan de atuendos democráticos, que no deberían ser creíbles ni sostenibles para quienes tengan meses de escolarizados, sí es que la escolaridad fomentara o pretendiera la razonabilidad de sus escolares.

 

Hasta aquí una realidad nada fuera de lo habitual para los que no se contentan con relatos de superhéroes, series de ficción que alientan a la reflexión de todo aquello que no nos ocurre o que se divierten al observar a veintidós millonarios que corren detrás de una pelota (A decir de Borges). Lo paradójico, el leitmotiv del presente artículo es que, esta pretensión de engaño contumaz, se ha vuelto tras sus creadores, tal como si fuese un boomerang, retorna, risueñamente en un paso de comedia, en lo que se denomina como crisis de legitimidad, como afectación democrática en Occidente, o lo que nosotros denominados, al observar este fenómeno como la Africanización democrática.

“El Estado, como todas las instituciones humanas que son meros medios, tiende a su propia abolición. El fin de todo gobierno es hacer superfluo el  gobierno. Sólo es libre quien quiere liberar a todos los que le rodean, y los hace realmente libres por un cierto influjo, en cuya causa no siempre se ha reparado. Bajo su mirada respiramos más libremente; no nos sentimos ni intimidados ni reprimidos ni oprimidos por nada; sentimos un deseo poco común de ser y de hacer todo lo que el respeto a nosotros mismos no nos prohíbe”. (Fichte, J. G “Algunas lecciones sobre el destino del sabio”). 

Este idealismo, que impone un orden moral, un imperativo categórico, nos insta, a que sostengamos como pretensión a colosales mentiras. Ingenieros, disfrazados de políticos que dicen que construyen grandes obras faraónicas, cuando en verdad no salen del plano.

Cualquier país, incluso sus declaradas capitales simbólicas, centrales o neurálgicas para el sistema instituido, posee una masa crítica, que representa casi un quinto de la población promedio que vota a políticos que se declaran xenófobos o neonazis, escudándose en pseudo-propuestas, en donde siempre, el otro diferente, estigmatizado, es el responsable de los males que le aquejan a la población conceptualizada como decente o pasible de ser gobernada por estos señores provenientes de un olimpo atestado de seres superiores. Esta situación que bien podría ser una muestra más, del craso fracaso, rotundo, de esa educación disciplinaria, tendría que blanquease, bien vale el término, y en clave Maltusiana proponer, que demográficamente el mundo no es posible en sus actuales dimensiones y proporciones. Sí este fuese el problema, es decir casi estadístico, o matemático en verdad, se debería proponer tal como ocurre en culturales ancestrales, que el hombre a una determinada edad, concluya voluntariamente su estadía en la tierra, pero no en los actuales términos en donde en todo un continente la expectativa de vida no llega a los 50 años y en otros roza los 100 (básicamente porque en el medio se origina el sufrimiento y el padecimiento que es mucho más lacerante y cruel que  la muerte en sí misma, que sólo es eso) sin embargo esto no tendría consenso entre los estamentos internacionales y los dueños del entretenimiento hecho noticia. Es muy difícil, o cruel vender la realidad contundente de nuestra limitación. Somos Kantianos en cuanto a lo general para imponer un imperativo categórico (la trampa están en que los que imponen no cumplen o pueden transgredir) pero no para aceptar la incomprensión del noúmeno o que algún día la vida nos dice basta para siempre.

 

Esta es la razón del porque el sistema democrático, es tal como la religión, una cuestión de fe. Un dogma, mero y huero, que cada vez, generará mayores índices Africanos, entendido este significante como el breviario de números raquíticos en cuanto a igualdad de oportunidades, de cumplimiento de expectativas y de la garantía del goce de la posibilidad de libertad.

En EE.UU  con Trump y en las diferentes democracias occidentales, en donde líderes con perfiles autocráticos (esta deformación de la democracia, de que sólo es una cuestión de elecciones y de mayoría) no consiguen acuerdos con sus legislativos (que vendrían a ser los reductos representativos más originales de la ciudadanía, pues expresa las minorías) pueden acudir a sus poderes judiciales, que por estados de excepción, alguna bomba de estruendo como excusa tal vez, disponga la prioridad o la primordialidad del estado de derecho, antes que del estado democrático.

“En un Estado de derecho las leyes organizan y fijan límites de derechos en que toda acción está sujeta a una norma jurídica previamente aprobada y de conocimiento público (en ese sentido no debe confundirse un Estado de derecho con un Estado democrático, aunque ambas condiciones suelan darse simultáneamente). Esta acepción de Estado de derecho es la llamada "acepción débil" o "formal" del Estado de derecho” (Wikipedia).

Esta concepción política se funda en un término Alemán; el concepto de Rechtsstaat que se originó en el sistema jurídico-político alemán, a partir del cual se ha extendido a otros países de Europa continental. Literalmente significa algo así como Estado Regulado o Normado o Estado Legal, lo que generalmente se entiende como significando un Estado de Derecho, como equivalente al concepto hispano de Imperio de la ley o al anglo sajón de Rule of Law.

Lamentablemente todos sabemos de las experiencias Alemanas, hasta donde condujeron al mundo, haciendo incluso aclamatoria de mayorías claro está.

Los ciudadanos que elegimos a nuestros políticos, le debemos pedir a estos que estén alertas, atentos y muy concentrados, tal vez, desde algún lugar hayan decidido venir por ellos en el nombre de un supuesto estado de derecho, que sería más puro, más recto, más acendrado en la letra de la ley, pero nunca más soberano ni democrático.

 

Finalmente, sí tal como nos lo enseñan desde todas las perspectivas, la democracia es el gobierno del pueblo, ¿para qué necesitamos intermediarios o intermediación para gobernarnos o al menos para pensar cómo hacerlo?

No somos ni hijos de las dictaduras, ni de las democracias, seremos en todo caso los padres de un nuevo sistema de gobierno, pero habrá que demostrar para ello, que nuestros padres, o los caudillos que quieren seguir actuando como tales, solo ocupan un espacio en el orden simbólico y no real de nuestras cotidianeidades políticas.

Francisco Tomás González Cabañas.

 

 

 “Ninguna flor crece ni crecerá del milagro. A pan y agua toda la vida”. (Pizarnik, A. “El deseo de la palabra”.)

 

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