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  ANÁLISIS  25 de mayo de 2018
¿Y para qué milicos en tiempos de ajuste?
“Con el tiempo los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente, porque amenazan ininterrumpidamente con la guerra a otros estados con su disposición a aparecer siempre preparados para ella; se incitan mutuamente a superarse en el conjunto de los estados armados, que no conoce límites, y en la medida que resulta finalmente más opresiva la paz que una guerra corta, por los gastos generados, por el armamento, se convierten ellos mismos en la causa de guerras ofensivas”. (Kant, I. “Hacia la paz perpetua”. Ak VIII, 354. Editorial Gredos. Madrid. 2010)

No necesitamos a ningún miembro del mejor equipo de los últimos cincuenta años, para que mediante una planilla de Excel, nos diga cuanto podríamos ajustar, sí redujésemos a la mitad, o al menos un tercio del mismo, el presupuesto de las fuerzas armadas. Entendiendo, sin ánimo de ofensa ni a la fuerzas, ni muchos menos a sus integrantes, que el esfuerzo que hoy la patria, exige y requiere, no se logra mediante el fuego de un arcabuz, o tal como se lo quiera llamar, paso de la técnica mediante, a un elemento construido para suprimir al otro.

Seguramente los especialistas en seguridad (es decir lo que no existe, sí algo es una sensación es la seguridad, casi una sugestión colectiva) determinarán que se precisa, como fuerza disuasiva en las fronteras para el combate contra el crimen organizado y demás  al pleno de las tres fuerzas armadas, nadie podría estar en contra de esta tesitura, de esta lógica o de este planteo. Pero claro, tampoco, y sobre todo en tiempos de necesidad de ajustar, dando por sentado que no discutiremos este axioma, al menos por el momento, de qué el ajuste lo tenemos que hacer entre todos.

Pues bien, no lograremos nada contundente, sí empezamos a sacarle una computadora al funcionario político, el pasaje al legislador. No sólo que horadar por aquí, es tomarle el pelo a la ciudadanía, maquillaje para adornar la hipocresía. Por sobre todo, un ejercicio de esta naturaleza es socavarle poder a la política. Lo que precisamos, es ajustar, no en términos económicos (esto sería supeditar lo ficcional del número por sobre lo real de las personas) es decir sacarle un porcentaje al jubilado, aterir las paritarias o no invertir en políticas públicas, lo que necesitamos es que la política, se encargue de ver cuáles son las prioridades de nuestra patria en la actualidad.

Nadie mejor que un filósofo, en este caso, uno de los más considerados a lo largo de la historia, para tener una referencia, un norte, por donde trazar un modo de humanidad. Siempre ha sído y es así, pero los filósofos además de ser temidos y envidiados, son despreocuados en el arte del trato ceremonioso y formal, que se requiere desde las esferas del poder, por tanto la relación política y filosofía, alumbra como parto difícil, de un maridaje, concebidor, cuasi imposible.

Si tras miles de años, no podemos concebir una sociedad que no sea la de la amenaza, es decir que empecemos a dejar de necesitar a las estatuas de hombres armados con sables, con fusiles, y en vez  de sentir temor reverencial por los uniformes, nos deslumbremos por el raciocinio y la reflexión, entonces, la verdadera, la única batalla, que tiene sentido, librar, la tendremos encaminada.

En él mientras tanto, cuando nos bandeamos, creyendo que hacemos patria porque portamos armas, porque compramos objetos bélicos, que a la larga o a la corta, siempre terminan, contra el otro que es ni más ni menos, que el prójimo, que el hermano, no habrá ajuste posible que cierre, en cuanto números y menos que cierre, política y patrióticamente.

Cuando en los desfiles cívicos, en conmemoración de fechas históricas, los libros, los pensamientos, la palabra, como la danza y la poesía, tengan el mismo o más espacio que los elementos de guerra, que los uniformes que exigen y requieren obediencia debida, recién podremos decir nunca más y empezaremos a construir una noción de libertad, la que hoy alardeamos, pero que la tenemos, lejos como lo estamos del reino que nos oprimía, y de la pobreza estructural y la indigencia vergonzante que hace tiempo ocupa tal lugar.

Por Francisco Tomás González Cabañas-

 



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