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16 de noviembre de 2015

El crimen de un gobernante.

La historia política occidental, conserva un ariete especialmente oculto, o muy poco evidenciado o socializado. El sistema mediante el cual se sostiene, precisa cada ciertas circunstancias que las conflictividades o tensiones, institucionales o democráticas, se resuelvan bajo la muerte física de alguno de sus hombres más importante o magnánimos. Estos crímenes, o magnicidios, nunca son debidamente esclarecidos o pasan a ser transferidos a la mano de obra de desquiciados o lunáticos. Desde el mundo Antiguo, hasta nuestros días, en las polis, imperios, países, confederaciones, naciones y demás corpus sociales en donde el poder se manifieste y exprese como latencia ineludible para discernir la imposición o la prevalencia de una facción por sobre otras del manejo de la cosa pública, veremos nombres y hombres que “necesariamente” han sido eliminados confirmando tal vez la tesis de que la “última ratio” es la violencia.

La irracionalidad del acto que da la vida, sea señalada como pulsión de vida, como acrobacia sexual, acción instintiva, como acto de fe, como elucubración de lo abstracto bajo el concepto del amor, arroja al humano al laberinto de lo incierto, en donde lo único inexpugnable es que de la manera que fuere, tras un cierto tiempo, indefectiblemente fenecerá. Esa finitud, que puede ser producida, que puede ser generada, que puede anticiparse a la naturalidad del límite, cuando tiene una connotación clara y explícita con los recovecos del poder, es definida como magnicidio. Sin necesidad de transformarnos en historiadores, damos cuenta que estos homicidios del poder, son mucho más comunes y recurrentes de lo que conscientemente tenemos internalizado. Es como sí nuestro sistema, tan prolijamente redactado, con principios tan humanistas y acabados en la garantía de todo y cada uno de los derechos humanos, tuviese esta cláusula, cuasi secreta o al menos en letra chica, que cada cierto tiempo, en los diferentes lugares en donde reina, aplica, mucho más de seguido y naturalmente de lo que pensamos, creemos e imaginamos.

Desde este abordaje teórico parte nuestro autor, como para internarse en un relato, que bien le podría corresponder a cualquier país o ciudad en vías de desarrollo, que vivencie la democracia aparente en los que un grupo de “legitimados” impone su fuerza de manejo por sobre las mayorías, echando mano de atribuciones como las señaladas, tan poco indagadas o reconocidas, como para sostenerse y continuar, casi sempiternamente en el poder.

Extracto de la nueva obra en ciernes “El crimen de un gobernante”.

“Expiraba el verano, los colegiales regresaban a clase y la masa informe de empleados públicos, tenía vencida las mil y una excusas para regresar a los puestos de trabajo. Hernán esperaba donde siempre, en el histórico bar, apenas a unos metros del lugar del hecho.  Sintió los gritos, las estampidas, luego sirenas, desconcierto y finalmente un sepulcral silencio. Río antes de terminar su café, sería el último en tal lugar, sabía de ello. Salió en medio de la confusión, caminó en sentido opuesto a la plaza principal, creyó cruzarse con Armando, sin embargo, el rostro de una señora de edad, le confirmó lo que había imaginado, y porque no, de alguna u otra manera, había ayudado a perpetrar;  el gobernador estaba muerto”.

«Cuando yo haya muerto bastará mi libro Temor y Temblor para convertirme en un escritor inmortal. Se leerá, se traducirá a otras lenguas, y el espantoso pathos que contiene esta obra hará temblar. Pero en la época en que fue escrita, cuando su autor se escondía tras la apariencia de un flâneur, presentándose como la más perfecta conjunción entre extravagancia, sutileza y frivolidad… nadie podía sospechar la seriedad que encerraba este libro ¡Qué estúpidos! Pues nunca como entonces hubo mayor seriedad en aquella obra: precisamente las apariencias constituían la auténtica expresión del horror. Si quien lo había escrito hubiese dado muestras de comportamiento serio, el horror habría disminuido de grado. Lo espantoso de ese horror reside en el desdoblamiento. Pero una vez muerto se me convertirá en una figura irreal, una figura sombría…, y el libro resultará pavoroso.». S. Kierkegaard.   

 

 

 

 

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