14 de marzo de 2026
Archivos desclasificados de "Remisses Santa Clara".

Accedimos a dos reportes celosamente custodiados por el agenciamiento "remisses Santa Clara" organización tendiente a equilibrar las disonancias del poder.
Francisco fue arrojado a la existencia en Argentina en la agonía de la última dictadura militar. Registra sus primeros recuerdos en los albores de la democracia.
Vivía en un departamento en Congreso, junto a la esposa y dos hijos de un ex militante de la agrupación nacionalista “Tacuara” que cumplía arresto en una prisión en Francia por haber secuestrado al director de la Fiat.
Su madre, Edith, lo acompañaba en lo que sería su experiencia de vida. Su padre, Diputado de la Nación, pagó el favor recibido previamente, haciendo que su esposa e hijo vivieran con la familia del reo.
Ardía su piel, orinaba con dolor y sentado. Sus llantos se eclipsaban por las lágrimas vertidas por su progenitora. Su padre, en el paroxismo de lo simbólico, no estuvo aquella vez, ausentándose, como casi siempre.
La convivencia con los dos niños del secuestrador, fue traumática y con tintes dramáticos. La niña, unos cuatro años mayor, jugaba con Francisco “al médico” una suerte de actividad lúdica, dónde era manoseado a más no poder. Con el niño la relación no sería mejor. Siete años mayor, imponía su superioridad física, con golpes y amenazas. Edith, estaba, pero en su mundo, que no era más que una disputa con su esposo, qué de una pobreza inicial y rampante, ganaba poder, y con ello, la posibilidad de hacer lo que quisiese en su relación marital.
Francisco, con sus cuatro años, sabía que aquella narrativa del señor preso, que no estaba allí, sino trabajando, escondía algo turbio, pesado. Dentro de sí, lo usaba cómo carta para tolerar los abusos de esos niños a los que no se les podía decir quién era realmente su padre.
Sentado en “El palacio de la papa frita” señero restó porteño de los ochenta, de noche, masticó con ganas una porción de asado, sintió por primera vez el espanto de un dolor de muelas. Nuevamente Edith, acompañando, desde la trágica comprensión de las cosas, que develaba, tal vez, su poco interés por maternar. Lo peor, sin embargo, ocurriría al día siguiente. Francisco fue llevado a un consultorio odontológico, dónde una profesional, le mostró una gota en un vaso de agua, aproximando a su boca, luego, hizo lo mismo con una gran inyección de metal, antes que la misma penetrara en la boca del niño, Francisco despachó un manotazo que le valió que lo sujetaran entre tres personas, dos amarrando cada uno de sus abrazos y el otro sus piernas.
Nada de esto sería observado por el infierno que muchas veces son los demás. Para el vulgo, traumatizado luego de los años de plomo, los representantes del pueblo eran seres angelados, próceres de lo que sería décadas después una de las mayores, sino la mayor decepción colectiva de la historia Argentina, como occidental.
En el verano del ´85 lo llevaron a Mar del Plata. Casa alquilada en el señorial barrio los troncos, la reivindicación del diputado, que había conocido el mar, en su niñez, gracias a Evita, que junto al pasaje en tren le obsequió sus primeras alpargatas. Este giro material, lo era todo para el legislador, considerando que no tenía mucho más para brindar u ofrecer, a quién hubo de traer al mundo, quitaba los frenos inhibitorios a su sed de poder que lo habitaba, para transgredir y aprovecharse.
Le propuso a Edhit, siempre agazapada jugando ese ajedrez con su marido (compartido en la intimidad, con una amante oficial, la madre de una hija anterior y relaciones por doquier) dejarlo a Francisco deambular por “Playa grande” la más extensa de la ciudad, para ver qué haría o cómo resolvería el encontrarse en soledad, en orfandad entre tanto gentío desconocido. Luego de unos minutos, que para el niño fueron horas, enviaron al hijo de un matrimonio amigo, a que le dijera a Francisco que estaba perdido, lo hizo de una manera burlona, cobró por ello una cachetada feroz, como la propinada a la inyección en el consultorio odontológico.
El congreso debatía la ley de divorcio vincular, circunstancia institucional histórica, donde el legislador, amigo del secuestrador, la descosería defendiendo la posición, conservadora o retrógrada, antidivorcista.
El poder le devolvía al niño, sus cachetadas defensivas, no mediante el padre que no ejercía como tal, sino en nombre de la república y la incipiente democracia, que gozaba de un prestigio incuestionable, y al que se le aceptaban, cobijar dentro de sí, a representantes que hicieran, en sus fueros íntimos lo que quisiese a más no poder…
Corría el invierno de 1985, Francisco transitaba sus 4 años. Padre y madre que no vivían juntos en lo real, sino en lo simbólico, habían decidido llevarlo de vacaciones a Bariloche destino inaccesible para clases desfavorecidas.
Todos duermen, ellos duermen. Edith y su esposo, también dios. El niño, de repente, sin razón, despierta. Está sólo y consciente de su soledad. Sabe, endemoniadamente, que por más que los pueda despertar, para que lo ayuden o le brinden respuestas ante la irrupción súbita del desconcierto, no lo podrán hacer, no tendrán ánimo, ganas ni predisposición para ello. Y en caso de que le hablen, las palabras que le destinen no tendrán significado alguno para él, dado que no está reconocido como sujeto. Apenas lo fue y es un resultante inercial de una historia de coitos camino a la extinción.
El lugar lo protege y desguarnece a la vez. No le es familiar, es una habitación rentada, de hotel, de calidad, confortable, pisos de madera que refractan calor o una mullida alfombra aterciopelada lo mismo dará, paredes vigorosas sin grietas, manchas, ni filtraciones. El afuera atemorizante, donde probablemente nieve, se le hace presente sin más, tiembla del frío que no siente del afuera, arde su piel ante la gélida sensación de orfandad que sentirá por primera vez, pese a estar acompañado de una mamá y un papá que no ofician de tal.
Entumecido, siente el rigor de la discrecionalidad, alguien decidió o fue el azar, lo mismo será, desde aquella vez y para siempre, para Francisco y ese poder que le excede en todo sentido, que lo abusa, que lo burla, que lleva a explorar los pasos más allá de los límites de lo soportable.
Súbitamente, se pregunta ¿Que pasaría sí no vuelvo a despertar? En aquella experiencia de una trémula espiritualidad, forjó su continuidad, para en el después, hallar el tiempo y el espacio en dónde la consistencia insidiosa de preguntas tales se erradiquen de plano.
Nada de todo ello, por fuera, podría ser observado. Se aquilataban quiénes, deseaban tener tal vida, por la suficiencia institucional de los rigores materiales.
Edith moriría muchos años después sin haber deseado nunca ser madre, su hijo sintió desde sus primeros recuerdos que transitarían ese acompañamiento, en una relación de soportamiento mutuo, de intercambio aprovechable y rentable.
Ese dios deseable por Francisco, tal vez entendió en forma previa, el no de su madre, que fue vulnerado, violentado por el bajo instinto de su padre. En aquel tiempo la ley que siempre llega tarde, no habría advertido la tipificación del delito consumado...
Por Akahatá.
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