Lo que estamos seguros, tal como ocurre en cada elección, en donde también los ciudadanos jugamos partidos (o creemos jugar, es decir representados siempre, en condición de espectadores o en rol pasivo) es que estamos ante una nueva y gran oportunidad. Electoral y deportivamente, tal como si ambos planos en verdad (desde el axiomático “pan y circo romano”) fuesen muchos más funcionales y conexos de los que nos narran las plumas habituales tuteladas por un interés desconectado muchas veces del hombre y la mujer de a pie.
A la próxima Copa América o Mundial que asistamos, lo haremos todos y cada uno de los que nos sintamos parte de un equipo, de un proceso, de un conjunción individual-colectiva, de una convergencia de lo uno con lo múltiple, de un sincretismo pleno y palmario que redefina, o re-sustancie la lógica de la representación y su consabida legitimidad, tanto de origen como continua que la respalde. Sucede en el fútbol mismo, las selecciones nacionales, sobre todo las latinoamericanas, al tener sus integrantes en el fútbol europeo, representan a nivel conexión, bastante menos que los equipos de la liga locales, salvo por el chauvinismo de la camiseta vinculada al país y a una realidad más simbólica e imaginaria que efectiva.
Así también sucede en la arena política, cómo si fuese un envés. No necesitamos de fórceps; que nos digan que llevan nuestra camiseta, porque la usan de tanto en tanto, porque se sacan fotos con las mismas, levantando niños que producto del engranaje comunicacional sienten empatía con quienes, tienen mucho más que ver en cómo vive, siente, y piensa el Sultán de Brunei, que cualquier docente, policía, desocupado, por no decir, demagógicamente, cualquier pobre o marginal latinoamericano.
Hace rato que las gradas, las tribunas están vacías. En el campo político, los estadios no necesitaron de la pandemia para mostrarse como cementerios de cemento en donde sólo se ven a 22 hombres detrás de una pelota como diría Borges. La mitad de las poblaciones estamos afuera de esa como de tantas otras fiestas que impone la lógica de representación de este mundo actual, al que por miedo, por temor, desgraciadamente, le seguimos regalando nuestra lástima, nuestra actitud mendaz y pordiosera, de querer participar al menos como meros, hueros y pasivos espectadores. Por la calamidad de la pobreza y la marginalidad, es donde el espectáculo de la democracia, debe ser más inclusivo e integrador. Necesitamos que no siempre sean los mismos jugadores, en su mayoría afamados por un juego egoísta y mezquino que no genera entusiasmo, invitando por lo general a una disputa frígida e insensata por facciones al ruedo de un estercolero que llaman campo de juego o escenario electoral.
El día que comprendamos que la pelota, la cancha, y por sobre todo, las reglas son nuestras, será el triunfo más grande que habremos tenido en nuestro verdadero partido que dirimimos entre sí somos seres humanos o una triste representación, tal vez programada por inteligencia artificial o en modo de aplicación para alimentar a genios malignos o perversos titiriteros , los únicos privilegiados y benefactores de un juego tan aburrido como obvio en donde los únicos que ganan son ellos como representación del vació en el que han caído por no creer en la existencia de un nosotros que sea representación de lo público, de lo colectivo, de lo común, ordenando las prioridades de las necesidades individuales, privadas y personalísimas.
En caso de que suceda a tal gol lo gritaremos entre todos sin ambages.
Por Francisco Tomás González Cabañas.
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