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4 de diciembre de 2020

No sos digno para que te quedes en casa, porque una palabra tuya bastará para enfermarme.

Con el deseo ferviente de que una hipoacusia súbita me posibilite el volver a ser libre, los tímpanos me estallan ante la catarata de “recomendaciones” y recuerdos de nuestra responsabilidad ciudadana ante la irrupción del nuevo coronavirus y la posterior declaración de pandemia. El sistema que articula las reglas, muestra sus fauces más trémulas al invertir nuevamente el sentido más común y elemental de las cosas.

Nuevamente nosotros, los ciudadanos otorgantes o concedentes de poder, nos constituimos, mediante la violencia irracional de los dictados de las premisas pseudo-democráticas, en los principales actores y por ende responsables, de que caigamos víctimas de un resfriado, dado que no hubo ni previsibilidad ciencista, ni rápida respuesta efectiva, ante la irrupción de un virus, del que también somos culpables, en caso de sobrevivirlo, si es que contagiamos a otros que no corran la misma suerte. En el paroxismo de la perversidad, de un día para el otro, se nos ha exigido, que cambiemos nuestras más elementales pautas de conducta, bajo amenaza de criminalizar, penal y socialmente, que no podamos adaptarnos, en forma inmediata a los nuevos dictados dimanados por una entidad supranacional que arrasó en un santiamén la histórica declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. 

So pretexto de postergar, lo impostergable de lo natural de la muerte, vivimos desde hace tiempo en la dictadura de sentido, más pétrea, barbárica y deshumanizante de la que tengamos memoria. 

Esta fuga de expresividad, que será rápidamente neutralizada por tu silencio cómplice, por tu callar cobarde, debe vérselas a diario, con el galopar de los jinetes del apocalipsis, que aplastan la posibilidad de que pensemos, de que razonemos, de que volvamos a ser humanos al menos por un instante.

La viralización de los números, de las estadísticas, de las imágenes recortadas y de los “análisis” fuera de contexto, bombardean cotidianamente nuestra existencia, logrando el viejo anhelo dictatorial de convertir conjeturas relativas en verdades absolutas. 

Generaciones enteras hemos ofrecido para instaurar este sistema político-social que tiembla ante una contingencia y qué, cómo respuesta, ofrece, pérfidamente el responsabilizarnos a todos y cada uno de nosotros, por no ser capaces de renunciar más prontamente a nuestra humanidad y ser simplemente un vano despojo de aquello. 

No hablamos, como se nos pretende hacer hablar, de que no entendamos los aspectos esenciales de la situación que atravesamos. A nadie se le escapa que cualquier conflictividad requiere de acciones individuales y por ende las responsabilidades de las partes que conforman lo común o colectivo. Pero aquí radica el aspecto neural o basal. En una crisis de magnitudes se debe discernir, con una ambicionada precisión cartesiana que le corresponde a cada quién. 

Al parecer, o eso se nos pretende imponer o hacer ver por la fuerza del gatillar comunicacional, no ha sido suficiente expolio para este sistema que exija y demande que la mitad de los integrantes de las comunidades en donde impera, pase hambre, miseria e indignidad. No conforme con esta pantagruélica y palmaria falta de equidad, ante la primera crepitación, ante el simple vacilar de las cosas en términos distintos a los establecidos, gira la responsabilidad mayor que se le ha conferido, pretendiendo endilgársela a la ciudadanía. 

Ametrallados por sus sicarios pagos, sean los propios que ejercen tal poder desde las cimas del privilegio, o los cancerberos de estos, en un instante de sanidad se pretendería el que nos volvamos ciegos, ante tanto destello bestial y criminal, viral y repetitivo, de que somos responsables, únicos y absolutos, sí morimos o dejamos morir al que queremos o contagiamos. 

Empantanados en tal estiércol la estrategia obedece a un único mandato. Así nos han deseado y pretendido desde que nos prometieron dejarnos de sojuzgar por la violencia real, expresa o manifiesta. Esta forma, manera o metodología, es mucho más perniciosa y siniestra. 

Bajo el amparo de que nos cuidan, protegen y evitan que enfermemos, no hacen más que precisa y exactamente, lo contrario.

No hacemos más que hablar de un único tema, pliegue o aspecto de la realidad. Este monopolio conceptual, nos saldrá tan caro, que no tendremos forma alguna de pagarlo, o mejor dicho, sí, continuar, precisamente, en esta suerte de epojé o paréntesis, en donde la mayor restricción, es la que no se nos ha exigido explícitamente, pero que cumplimos a rajatabla sin hesitar, que podamos pensar. 

Pensando, tal vez, podríamos desandar el camino, el sendero, la vía, que nos conduzca a una conclusión tan evidente como rutilante.   

Lo más sano, prudente, razonable, como democrático es que nos aboquemos a la construcción de reglas de juego que dispongan de un sistema social, político y cultural que entre tantas posibilidades nos devuelva aquello mínimo que nos hacía, brevemente, humanos y que nos ofrende un horizonte, una perspectiva más favorable de mejorar tantos aspectos del viejo cuerpo enfermo social al que nos habíamos acostumbrado y que tal mal o enfermedad, tenga vacuna o cura, o remedio. 

Todo lo otro, que desde hace tiempo no hace más que contaminarnos, entumecernos, fatigarnos y enfermarnos, no es más que secundario o terciario, el miedo sea el provocado cómo contagio inercial o promovido para crear psicosis social, es uno de los tantos obstáculos a superar para que nos encontremos en una dimensión más humana y por ende más sana del fenómeno inexplicable, pero vivible, de nuestro estar-siendo en la tierra.

 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

 

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