Está es la razón por la que desde estas columnas, no se persigue el entendimiento a secas, de una, en esa sencillez extrema de los que pretenden obediencia, obcecación, cumplimiento irrestricto e inmediato. No vamos por la chiquita, en el caso de que las cosas dadas se planteen en términos de dimensión o de acumulación. Afectados por el “sentimiento oceánico” que describió Freud en “El malestar de la cultura”, no podemos entregarnos, a la alpargata del mandamás, que pisotea en la insolencia de su poder, en el jolgorio simbólico de la orgía del que todo lo puede, por acción y omisión de esos otros, entre los que estás incluído, y que no extrañanamente, reaccionas dado que te sentís atacado, ante esta invitación de que seas libre y ofrezcas la misma posibilidad de libertad a los tuyos.

No hablamos de culpa o de responsabilidad. Mucho menos una suerte de panacea inexistente. Sólo, mediante esta “cura mediante la palabra”, te queremos preguntar, sí es que sigue valiendo la pena, que sigas habitando debajo de la alpargata, cómo lo venís haciendo desde hace décadas. Claro, es más fácil decir que no entendes, que no somos claros, que decimos cositas, en la intrepidez de no saber a ciencia cierta la traducibilidad de lo qué acontecerá después. La palabra no sólo es la muerte de la cosa, sino también su punto de partida. 

Sí viníesemos con un manual, es decir con un sentido acabado y expreso de la razón de nuestras vidas y de nuestra finitud (muerte) nada tendríamos que decir. Arriesgamos que un humano concebido de tal manera, no necesitaría de lenguaje. 
Somos lo otro, lo que no tiene sentido, ni razón de ser. Contradictoriamente buscamos dotarnos de un sentido que nos explique, nos causa tanto temor el ser lo que somos, que devenimos en esto.
Seres a medias, apocados, mutilados, aplastados por la alpargata del pope de turno, sujetos al que nos “alambra”, que nos dice cuando nos va a pagar los sueldos y de allí todo lo otro, nos ordena, nos explica, nos define, nos limita, nos aplasta. 
Eso es lo que queremos entender, lo que sabemos a la perfección, a ritmo de oración dogmática. Todo aquel que habita en esta pecera tan estrecha y poco oxigenada, cuando es invitado al océano, no puede concebir tal invitación, se enoja con quién lo invita, se ofusca, y no tiene más alternativa que caracterizar, que señalar, que perseguir al “invitador” con el pope de inentendible, de irracional, de que no se sabe que es lo que está proponiendo. 
En realidad no habla él, esta siendo hablado, por la alpargata, que puede ser un nombre y apellido, pero en verdad es un sistema, un dispositivo, que esta dentro de todas y cada una de nuestras cabezas.
La palabra es la única llave para salir del lugar en donde nos hacen creer que estamos seguros, que todos nos entendemos (hermosa forma de entendernos teniendo un país con más de un tercio de pobres y una provincia con la mitad de ellos) y que todo lo que no suene bajo la misma melodía, no debe ser escuchado, ni tenido en cuenta, porque no se entiende. 
Esperamos tu versión, la de la alpargata y sus repeticiones y réplicas, por definición, no tiene por escrito, porque no tiene palabra…

Por Francisco Tomás González Cabañas.

 

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