5 de marzo de 2022

Del cerco al circo mediático.

Los paraguas colgados en la peatonal quedan mal. Además de pecar de no ser una performance o intervención original, podríamos agregar que no nos gustan los colores elegidos, o que no digan algo más, agregar que los tambores de cemento donde reposa la "obra" es poco más que antiestético y que la extensión no se adecua a la escenografía donde está emplazada no estaría de más. Sin embargo, pretender cuestionar que el arte o la pretensión artística gane lo público, esto sí que es grave y ruinoso, más allá de que nos guste o no, el trazo del artista o colectivo de artistas que intervengan en una acción determinada o ejecutada en algún sitio o lugar al alcance de todos, no puede ser óbice para objetar la existencia del arte y su valor en la sociedad.

Es decir no porque en lo personal e individual, un día determinado (dado que podemos cambiar de opinión o perspectiva estética) no nos guste una intervención artística, tenemos el derecho de cuestionar que tal dinero (en caso de que tenga su origen en el erario público) debiera haber ido a la asistencia de los marginales, postres saludables para lúmpenes encarcelados o un programa que reparta copas menstruales para jovencitas en situación de menarca. 
Tiempo, espacio y recursos deben estar destinados a lo artístico y cultural. Luego sí, claro, podemos discutir a qué tipo de intervenciones se destinarán tales disposiciones y exigir trayectoria  y criterios de actuación de los artistas que exhiban algo más que parentesco y vinculaciones con los hombres y las mujeres que deciden desde lo público que acciones artísticas apoyar y avalar. Finalmente, el sacrosanto e inviolable derecho a expresarnos acerca de la obra en cuestión. Sin necesidad de resultar agresivos, podemos, o en verdad, debemos expresarnos de lo público cómo público y no censurarnos, por más que nos censuren otros (sobre todo medios de comunicación), y publicar nuestras sensaciones acerca del acto artístico que irrumpió, demandándonos una devolución.
Cercados sin embargo, nuestras posibilidades culturales se restringen, a lo que nos podamos agenciar en un contexto en donde priman dramas como la pobreza, la marginalidad, los estragos climáticos y una sociedad que se rige bajo el principio de estar al día con el cobro y con los pagos, sin muchas más inquietudes que el no apartarnos de tal ritual. 
A diferencia del anhelo colectivo Guaraní de encontrar, más que el lugar físico la armonía social, de "la tierra sin mal" nuestra correntinidad moderna o del último tiempo se define por el cumplimiento irrestricto de las formas que imponen la misa social en la que vivimos sujetos. 
Vivimos en situación sacramental. A los únicos fines o bajo el rigor de esta prioridad de estar parados cada uno en nuestro lugar, mudos, atentos a los que nos dicen, obedientes para agacharnos y estrecharnos la palma de la mano, o el puño pandémico, para hacer la paz. 
Aquella llamada "plaza del aguante", que parió, que alumbró la actual disposición política-cultural, sólo quería una sóla cosa; que se le pagaran los sueldos a términos y no mucho más, en verdad y nada más. 
Por supuesto que siendo pocos, son bastante ruidosos, el puñado de integrantes de aquella plaza que además deseaban otra cosa. Deseos que aún siguen persiguiendo claro está, pero que lo hacen desde una "soledad social" o bajo un escaso acompañamiento popular. En la persistencia de los caprichos de estos, los administradores del estado de cosas, respaldan sus privilegios, ahondan su legitimidad y la paz social que, sin ponerse colorados, esgrimen como causa parroquial lograda. Candidatos a todo, creadores de movimientos, de partidos y de situaciones emergentes, no consiguieron más que consolidar un modelo que, hasta los incendios, se pretendió exportar o extender a la argentinidad toda. 
Ahora cae, en tal saco roto, otra de las carencias, ausencias e inexistencias, en lo real, lo simbólico y normativo que nos ofrece nuestra política de cerco o que nos cerca.
Tal cómo en lo cultural, tenemos derecho a ser informados de las acciones públicas. Es decir el estado, al que le pedimos tanto y le damos tan poco (está es en verdad la revolución liberal de momento, que subvierte estos conceptos y los decora con la falsedad conceptual de los números) debe y tiene que brindar recursos a medios de comunicación, periodistas, comunicadores o cómo se quieran llamar o percibir. 
En una sociedad que demande otra cosa que los sueldos o pagos a término, hubiera existido, como en los estados de derecho normales o razonables, una ley o disposición normativa que determine ciertos parámetros o prioridades. 
A nosotros nos alcanza y sobra con la discrecionalidad, con la mendacidad de tener algún mendrugo o resto del mismo. Tal como nos enorgullecemos, que un jovenzuelo antes que emborracharse un fin de semana, saliera a la virtualidad a juntar unos mangos para nuestros bomberos. Pensar que en el paroxismo de tal tilinguería, aplaudimos que desde la unitaria Buenos Aires, las señoras bien de Palermo o los trabajadores del conurbano, nos manden agua mineral de donación, para que terminen en los galpones de algún puntero político barrial o del interior, que le pida, algún favor o mejor dicho que pretenda disfrazar un abuso claro, a una jovencita o jovencito antes de "distribuirle" la yerba que juntaron en la capital para mitigar el dolor de los correntinos. 
Insistimos, sí nosotros no queremos nada más que el rito del procedimiento, del cobro y el pago, ¿por qué tendríamos dirigentes que además de pedigueñear planteen ante la nación y los organismos que correspondan lo que sería nuestro? A dios gracias que tenemos lo que merecemos, y en caso de que deseemos otra cosa no es responsabilidad de los que nos representan y gobiernan que tales deseos no se expresen ni se plasmen en la realidad, adecuada y mayoritariamente. 
Saltar el cerco para generar un circo no nos conducirá a entender, comprender o auspiciar otros deseos sociales que estén más allá de cobrar para pagar a término.
Es decir, aquellos que siguen en la plaza del aguante, pese a que todos o la mayoría se han ido, debieran salir mentalmente de tal lugar, sí es que verdaderamente pretenden una acción política como de la que fueron parte y que cambió el escenario de poder provincial. 
El circo de cuánto cobra fulano por decir cuatro huevadas en un programa de radio no hace a la cuestión.
Debiéramos preguntarnos, en todo caso, ¿A cuántos nos callan o nos vienen callando por pagar a tantos para no decir nada y desvalorizar cuando se dice algo pensando o que no está contemplado en la gacetilla oficial? 
Pero los que se presentan como dispuestos a saltar el cerco, no quieren más que circo, para ellos y ellas brillar. Sea para recibir aplausos, por egos deprimidos, acumular bienes materiales o ejecutar venganzas con quiénes fueron sus amos hasta no hace mucho. Sabrán en todo caso y lo twitearan o viralizaran. 
Antes que los paraguas en la peatonal, yo hubiera puesto diez o doce muñecos en la plaza 25 de mayo, dentro de una carpa, claro está. Pero como yo no hago cultura, ni me gusta el circo, sólo invito a pensar. Ah y me olvidaba, soy profundamente democrático, pertenezco a un pueblo que mayoritariamente y hace décadas, tiene cumplido su deseo social de cobrar y pagar a término. Gobernar es un imposible, dado que se trata de hacer desear, decía Lacan. En todo caso, yo le agregaría, hacer creer que un pueblo cumple su deseo, es la mejor manera de ejercer el poder o gobernar de acuerdo al espectro de la posibilidad. 

Por Francisco Tomas González Cabañas. 


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