4 de abril de 2021

La resurrección de Sardanápolo.

Inmortalizado por la paleta de Delacroix, una tragedia de Lord Byron, destaca la vida licenciosa del mito de un rey Asirio, que antes que dejarse vencer pasivamente por los invasores, transforma lo cotidiano de sus dinámicas orgiásticas en un último acto en donde la obscenidad máxima (a todo ritmo se diría en la actualidad) se desnuda, rociándose a fuego tras una matanza generalizada o suicidio colectivo.
 
Tras haber transitado una nueva conmemoración de la Pascua, fecha clave en la liturgia cristiana, para todo occidente y más, culturalmente (es decir más allá de la cuestión de fe o de una perspectiva teológica) nos hacemos un tiempo para depositar la mirada en la figura de Jesucristo.  Despojado de todo, tal vez por su única condición de hijo de Dios, lo cierto es que si alguna de las consultoras de opinión en el caso de que trabajasen seriamente se dignaran a sondear al público mayor sí constituye éste un ejemplo a seguir, posiblemente muchos dirían que sí, y casi nadie o ninguno tomaría sus pasos como ejemplo a seguir. No hablamos de los aspectos culposos y de las proximidades masoquistas, sino simplemente de que los hombres y las mujeres de la actualidad no tenemos una dimensión de lo común que nos permita pensar en comunidades, y por ende mucho menos en sacrificios personales para valoraciones colectivas que rescaten y destaquen a esos otros que vendrían a ser los prójimos o la constitución del nosotros. 
Tal como lo determinara Huizinga en “Homo ludens” las reglas sociales y sus dinámicas pueden comprenderse desde la lógica del jugar. Para ser sintéticos, las confrontaciones políticas y administrativas podrían entenderse desde este punto de partida lúdico. 
Nada más sencillo, obedeciendo a lo que nos acostumbran, que reiniciar, que resetear, reinventarnos o volver a comenzar.
Como si fuésemos una de las consolas de juegos, o aplicaciones instaladas para divertirnos, nos consagramos a la única vida posible y limitada, bajo la misma funcionalidad. Creemos tener múltiples chances para hacer y deshacer, creyéndonos en tal actitud pendenciera, no sólo inmortales, sino que todas y cada una de esas acciones no tendrá consecuencia alguna para nosotros sin pensar ya en terceros. 
Entregados al “carpe diem” derrochamos nuestro derecho al hacer pensando que podrán ser borradas las consecuencias, como se reinstala un programa o como se formatea un dispositivo. 
Sardanápolo como referencia del sujeto actual es la crueldad del espejo en que no nos desearíamos ver. 
Si alguna figura ha resucitado en los aciagos tiempos pandémicos, tiene más que ver con este hombre que atestado de un poder heredado, se agobia en sus excesos, se incinera en su gula, incapacidad y genuflexión ante sus propias pasiones. 
No habrá vacuna posible, ni libertad habitable sino comprendemos que en la responsabilidad de nuestros actos se encuentran las incertidumbres que pretenderemos tozudamente controlar. 
Llegan los tiempos electorales, como los educativos, instancias impostergables, en donde debemos elegir liderazgos y representaciones. 
Más allá de partidos e ideologías, existen dos claros modelos que mediante voto podremos resucitar. 
La idea, trabajaremos para ello, es que seamos mayoría los que queramos no terminar incendiados.
 
Por Francisco Tomás González Cabañas.  

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