28 de enero de 2021

Pensemos.

Quiénes nos dedicamos a la política desde postulados o marcos teóricos arrastramos una deuda con nuestra comunidad que debe ser saldada. Sí bien la mayoría asumimos esta posición en el mundo, a sabiendas que nuestro aporte al colectivo de lo humano, probablemente sea decodificado en un tiempo ulterior que nos trascienda, no debemos descontextualizarnos al punto de permanecer impávidos, ante lo actuales tiempos aciagos.
Hesitar en los balbuceos académicos a la espera de la aprobación de los referatos ciegos, o del editor que sepa apreciar el cúmulo de palabras en disputa para que se transformen en acción, podría ser considerado un vano accionar ególatra e irresponsable bajo la égida de la comodidad barnizada por una criminal actitud desaprensiva a la pertenencia natural de lo humano.

Continuar disertando por plataformas a distancia, a la espera, en el mejor de los casos, del tan mentado retorno a la anormalidad de lo normal de no usar tapabocas o darnos la mano o un abrazo, podrá ser condición necesaria pero no suficiente del deber que nos embarga a todos y cada uno de los que trabajamos con los conceptos, con las palabras, con la posición, ya inocua de lo teórico en un presente desencajado. 

Deberemos convivir con las diferencias que nos integren a un espacio político partidario que elijamos o en todo caso en la tarea titánica de fundarlo. 

Deberemos aceptar que la posición de esos otros no será siempre fundamentada por lo estudiado, asimilando que el fenómeno de lo humano va mucho más allá que la razón puesta bajo papel, lápiz u ordenador en mano. 

Recibiremos críticas, agresiones y seguramente defraudaremos a más de uno, que aplaudía o compartía nuestras publicaciones, disertaciones y comentarios. 

Tendremos que fortalecer la serenidad para comprender que más allá de nuestros deseos y las acciones hasta aquí realizadas, nos determinan en esta actualidad tan compleja que nos requiere más allá de los libros, de las publicaciones y por fuera de los recintos áulicos, meras zonas de confort en la que hemos transformado nuestro transitar intelectual en este plano. 

El desasosiego que nos arrastra en caída libre, no se detendrá si esta actitud no cambiamos. Probablemente, en el caso de que lo hagamos, tampoco lo conseguiremos, pero lo habremos intentado. Suena pueril y demagógico, pero todos los que hemos tenido la suerte, más allá de cuánto nos hayamos esforzado, de tener con qué alimentarnos, no debemos seguir permaneciendo en la batalla cultural, mientras el mundo acelera su caída a pedazos. 

Con el testimonio de dar este primer paso, que me desafía, que me incomoda y que me interpela en lo más profundo, hago el presente llamado a tantos colegas desperdigados por el mundo que se dispongan a cruzar el umbral de lo teórico a lo práctico.

No importan las categorías, ni las etiquetas semánticas desde las que se transite este sendero, que desde mi humilde entender y sentir, sino es el camino unívoco, al menos es el prioritario en que tenemos que acompañarnos. 

Ni original ni creativa es la propuesta, sin embargo, como nunca antes, no importa que sea debatida en términos conjeturales o abstractos. 

La irrupción viral de lo incierto exige y requiere la inmediata participación en modo práctico de los hombres y las mujeres, de acuerdo a lo que somos o nos percibamos, dedicados al pensamiento, a la filosofía, a las artes o a todo aquello que no tenga una traducción inmediata en el campo de político y la compulsa diaria y cotidiana que se libra mediante el poder entre lo público y lo privado. 

El principal problema que hace tiempo enfrentamos y que viralmente hizo eclosión tiene que ver con la dificultad de entendernos y de fijar prioridades para repensar y disponer de qué asuntos y bajo qué fórmulas primero encargarnos. 

Seguir permaneciendo al margen significaría un error que no podrá sostenerse ni humana ni argumentalmente, detonando la posibilidad de un futuro en aras de un presente que se nos va de las manos y que por ende nos imposibilita pensar y seguir perteneciendo a la especie de la que no podemos ni debemos abjurar ni desertar. 

 

Por Francisco Tomás González Cabañas. 

 

    


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