5 de mayo de 2018

Torturándonos hace dos siglos con Marx.

Se cumplieron dos siglos del natalicio de uno de los teóricos más interpretados, y por tal lógica y razón, sobredimensionados en sus copiosos, cuando no enrevesados manojos de conceptos, que describieron muy bien la lógica funcional, del capitalismo occidental burgués (eurocéntrico) y desde el cuál, desde otros puntos de la tierra, como el nuestro, pretendimos soslayarlo para justificar actos de violencia política, cuando en verdad, siquiera estuvieron, nunca por estos campos, las condiciones dadas, por Marx descripta, para la dictadura proletaria, que, paradojalmente se vende, desde la democracia actual (es donde más temprano que tarde se recuesta toda izquierda o todo progresismo latinoamericano) bajo los valores de la igualdad, con libertada, y en tren de un colectivo que se impone, o se nos impone por la fuerza, y haciendo trizas la noción individual como yoica de la cuestión humana.

No abonamos en el latinoamericanismo historicista, como una suerte de contrainsurgencia, como mecanismo de defensa, como la respuesta artera de quién se ubica en el otro eslabón de la también eurocéntrica lógica del amo y del esclavo. Es decir, los profesores eurocentristas o los artistas eurocéntricos, que se extasían cuando pronuncian con la nariz arrugada términos como “diferrance” o hacen largos ensayos con acepciones como proletarios, rizoma o biopolítica, deben continuar su exitoso peregrinar en la vida que suponen han escogido, pero sus cucardas académicas no los habilita a que nos digan, como si fuesen la expresividad unívoca de la Pachamama, qué tipo de procesos políticos estamos viviendo, y mucho menos que nos digan, qué, cómo y a quiénes tenemos que votar, bajo la argucia eurocentrista, de la construcción de un nuevo sujeto histórico que nos liberará de nuestras sujeciones, contradicciones y temeridades. Tomamos sí la semántica del latinoamericanismo para establecer un piso común de entendimiento, para no caer en una suerte de babelismo en donde no nos podríamos siquiera comprender en la significación de enunciados básicos. Podríamos establecer hasta el método —como lo ha creado la institucionalidad forjada del latinoamericanismo analéctico— como para brindar nuestras consideraciones; sin embargo lo volvemos a subrayar, tal consideración nos ha posibilitado el despertar de pensar desde nuestras categorías, pero el continuar tutelados por otras corrientes que impongan, por más que sean cuestiones propias, tampoco nos parece liberador. Tal vez siquiera creamos en tal término. El no dar sentido, el no sentirnos bajo esa dialéctica del amo y esclavo, nos posibilita aquello que se expresa en ciertos movimientos territoriales que bajo categoriales academicistas pueden ser tildados de indigenistas o precolombinos; sin embargo, para nosotros puede resultar como lo pretendido. Para este texto, para esta circunstancia y para todas. Que en un mundo quepan todos los mundos. Esta es la definición por antonomasia de lo que consideramos latinoamericanismo, independientemente cuánto tenga que ver con la versión histórica o, paradojalmente, instituida del movimiento de cuya semántica nos sentimos parte.

Cuenta una anécdota que en pleno auge de la guerra fría, un conjunto de “marxistas argentinos” fue hasta la china de Mao. Este, al recibirlos, palabras más, palabras menos, les expresó que en caso de haber sido argentino, sería peronista. La anécdota no termina allí, dado que años luego de la muerte del general, no fueron pocas las expresiones de extrema derecha que se sintieron próximas a los postulados del Peronismo, creyendo que la única diferencia radicaba en el ateísmo de uno y en el cristianismo de otros con respecto a Marx y en la proximidad con lo democrático en relación a la furibunda derecha y su distancia sideral hasta en la escenografía de esa democracia impostada.

Conjeturamos que tras tantas idas y vueltas que ofrece lo pensable o el campo intelectual, debemos prestarle atención o nos queda la única vía (lo obvio) es decir que lo lejos y lo cerca construyen lo atendible del lugar desde donde sentimos y pensamos las cosas.

La Europa Marxista, es decir sobre el terreno que el autor hablo, nos queda más lejos que la próxima tierra sin mal Guaraní de la estamos por sobre asentados.

“El jefe es aquel que debe hablar. Un jefe ejerce su autoridad con la palabra como el elemento más opuesto a la violencia” (Clastres, P. Chronique des Indiens Guayaki. París. Plon. Coll, p 161). En Francia, Clastres, admirador del Alemán Heidegger y su definición “El lenguaje es la casa del ser, a su abrigo habita el hombre” y otros tanto mediante, han estudiado ciertas comunidades Guaraníes, llevando a estos tener un prestigio inversamente proporcional al destrato que reciben por parte de quienes habitamos próximos a ellos. En su trabajo de campo, vivió con la rama mencionada de la etnia Guaraní, otorgándoles el don, Heideggeriano, de poetas, por el cuidado y la constitución de la sociedad misma, en su substancia como en su autoridad, separadas, mediante lo que luego los occidentales llamaríamos logos, palabra y el entrecruzamiento de los mismos, que es ni más ni menos que el diálogo. Los que habitaron nuestras tierras, en forma primigenia y que son estudiados por la elite intelectual europea, daban valor a la política, desde su acuerdo con la palabra, siglos después, devenimos, desbarrancamos en la noción de que la política es el amontonamiento de sellos, de envases (leáse partidos) que cosifican a los hombres y hacen uso de sus necesidades más urgentes, para hacer demostraciones de fuerza, que son replicadas en serie en donde se privilegia, se promociona el absolutismo de la posición única, el totalitarismo del vínculo mando y obediencia, el verticalismo de la lógica del amo y del esclavo que recluye, que ocluye, que obstaculiza e impide la palabra y por ende la posibilidad de diálogo, como de política. 

Posiblemente esto se deba, a qué, el resabio de los peores conceptos dimanados por el eurocentrismo (o el franco-germanismo), asentados en estas extensiones, conquista (religiosa más que territorial o económica o comercial) mediante, queden cómo expresión de lo inferiores que somos los que aún habitamos por estas tierras a diferencia de lo superiores (sobre todo en términos intelectuales) que son los que se apiadan de nuestra barbarie, sacralizan lo que nosotros despreciamos y nos denuncian en los ámbitos, siempre distantes, en donde les sobra voz y voto. Este es el claro concepto de justicia occidental. Básicamente el penalizar, para disciplinar, como herramienta de poder. En uno de los libros pilares de esta forma de pensar: ¿Qué es justicia? Kelsen, su autor, en la cúspide de la pirámide (verticalismo conceptual, ordenes de mando y obediencia, a diferencia de los brotes rizomáticos de la horizontalidad salvaje o no occidental) estableció precisamente bajo tal figura el orden jurídico que rige en todas las latitudes occidentales, las primigenias como las sucedáneas. Estas,  muestran, desde la cúspide, hablando en los términos europeizantes, su desafección, su desapego a las normas a las que sí hacen someter al resto de los que tienen por debajo de sus categorías. Para entender las razones, para en el caso que luego lo deseemos, cambiarlas o cambiar algo, debemos entender la justicia desde otra perspectiva que la impuesta y sostenida por el sistema de pensamiento imperante, tanto el formal académico como el liminar e informal. La justicia es utilizada como una noción de poder, en donde, como en otros canales de la formación y la constitución humana (es decir su perspectiva política) se desanda lo más auténtico del ser. Por esta noción es que se trata de una cuestión cultural, a la que debemos indagar en sus momentos cruciales, en el caso de que tengamos la necesidad de recuperar, o de tener alguna vez, una sociedad, que construya su política desde el diálogo, y no desde los monólogos absolutistas y totalizantes que nos llevan a posiciones únicas, y por ende a ciclos de violencia e intolerancia.

Necesitamos interiorizarnos más con aquello que tenemos más próximo, por más chauvinista que suene, de hecho los vaivenes de la economía actual, indican a este el camino por el que los poderosos nos hacen transitar. Las fronteras de la mente, del pensamiento o de la intelectualidad, jamás pueden, deben ni se pueden intentar, cerrar o achicar, pero al menos desde cada lugar se puede pensar bajo conceptos que el vecino de lado de casa los pueda entender y comprender sin necesidad que sienta o crea, que lo estamos engañando, enredándolo con palabras, o haciéndolo sentir mal, porque ha leído menos o lo aquello que leyó tardo algo más en procesarlo o comprenderlo.

Por Francisco Tomás González Cabañas.-

 


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