11 de marzo de 2018

Adyacentes.

Término y terminó, como tantas acepciones, en distintas lenguas, se distancian más en significado que en su nomenclatura. Es una cuestión semántica, la que disfraza lo conceptual. Necesitamos de tal representación de nuestra oralidad, que a su vez representa, lo pensado. Consuetudinariamente, son varios los órdenes mediante los que se organizan las representaciones de lo pensado. Lo real, lo imaginario, como lo simbólico. Obliterados estos, por la posibilidad de que en la escritura, en el tránsito, en su traducción final, funja la operatividad de lo consciente o de lo inconsciente. En el engranaje en que en tal instancia se convierte, en lo que estamos sujetos y que nos define como tal (sujetos), nos condicionamos por delimitar aquello que nos impulsa, que nos impele a algo. Así este algo, sólo signifique vivir, hesitar, o sobrevivir.

A todo le hemos puesto nombre, y lo seguiremos haciendo, en tren de redefinirlo, de reescriturarlo, de reconvertirlo, de deconstruirlo, o como lo queramos llamar o significar, que en este caso sería lo mismo. Algunos han buscado más luego, una razón, un sentido, el nombre del impulso que nos lleva, que nos conduce a ello. Así surgieron ciencias, imperios, lenguas, expediciones y todo aquello que pueda implicar el ejercicio de lo humano.
No trazaremos una síntesis encicplodedista, de lo que representa la imposición de razones o las argumentaciones de la realización, como de lo realizado, por lo humano de la condición (que no es lo mismo que la condición humana). Una frase, abusando de la perspectiva que dan en llamar economía del lenguaje, nos redimirá, en la búsqueda de comunicarnos lo mejor posible con la mayoría de nuestros congéneres, a quiénes le podemos reconocer muchas virtudes, pero no necesariamente la de ser una generación devota de la lectura y ejercitada en la reflexión. 
Sí algo nos define, en verdad nada, pero insistimos compulsivamente en acotarnos (la muerte es una invención, nosotros sabemos que los otros mueren, pero jamás podemos afirmar que cada uno de nosotros morirá, dado que cuando nos toque tal experiencia, tal vez le demos otro nombre, que por alguna razón no se puede comunicar en tal estadio) es tal proximidad, tal inmediatez, tal cercanía, somos, básicamente, seres adyacentes. 
Lo adyacente es lo que somos, dado que tal instancia, no es ni física ni temporal, tampoco puede delimitarse como algo o lo otro, es (somos) simplemente lo próximo, lo cercano, lo inmediato, lo contiguo.
Nuestra condición adyacente es lo que explica nuestra naturaleza familiar. No necesitamos, nos alerta la antropología que ve más allá de las aldeas occidentales, las estructuras familiares por todos conocida. Necesitamos la adyancencia de estar cerca del otro ser humano, no fundirnos, mimetizarnos, ni sintetizarnos, sino hermanarnos, maridarnos, familiarizarnos, por esta noción adyacente, no porque nazcamos con una necesidad de padre, madre, abuelo, tía, prima que consabidamente, más luego, legitima todo lo otro en que se constituye la comunidad. 
Lo adyacente, explica el deseo que nos moviliza, para que algo suceda. Al no estar en el lugar exacto, preciso, final (paraíso, cielo, nirvana) estamos cerca, sin que eso signifique cuanto o sí nos podemos alejar (es decir no es una idea de purgatorio o de antesala, en donde se esperan las decisiones o  resoluciones de otros). 
No haber arribado aún, es lo que nos moviliza a que pretendamos hacerlo, por más que tengamos la íntima convicción de que nunca lo lograremos. 
A tal punto, nos detuvimos en una reflexión de tal perspectiva, que nos hemos encargado de definir, hasta el hartazgo, la condición subyacente, mediante la cual escrituramos muchas cosas, pero que marchan en un mismo sentido, destino o finalidad, estar cerca, próximos, pero nunca acabados o terminados.
Lo que subyace son las distintas codificaciones, para ir al mismo destino que es el no lugar de lo adyacente. 
En todos los ámbitos, campos  y disciplinas se alienta, se promueve, se incentiva, se insta, a la adyacencia. Bajo las diferencias nominales o del significante (mero), los senderos se unifican, sin embargo para empalmarse a la ruta que nos conduce a la tierra señalada. 
Desde el “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 29-31) de una de los principales credos occidentales, conceptualizando, al prójimo como al próximo, al cercano, al adyacente, hasta el dilema del erizo de Schopenhauer (el punto exacto en que estos animales pueden estar cerca, sin estar demasiado como para dañarse o tan lejanos como para no necesitarse, como parábola de la interdicción, justa, de la proximidad exacta) que tomada luego por Freud, desarrolla este, a partir del concepto o la idea de lo siniestro. Solo puede ser perpetrada por el conocido, por el otro al que le damos valor, cuando precisamente, se nos muestra extraño, al punto que nos daña. Esta concepción funciona precisamente, para definir como lo adyacente se convierte, como sucedáneo en lo amigable. Somos amigos de la sabiduría, porque nos acercamos a ella, porque la rodeamos, porque la concelebramos, pero nunca por una noción que la podamos tener, absoluta o dictatorialmente, encerrada, sea en un sistema o en un conjunto, por más que de esto trate el paradigma del amante de la sabiduría, del filósofo, que en el caso de que pretenda aquello, nunca lo conseguirá, dado que siempre existirán otras concepciones, otros pliegues, otros rebordes, de la lectura de lo humano, cumpliéndose la máxima etimológica, que lo mejor que se puede hacer es hacerse amigo, estar próximo, cercano, contiguo al saber. 
Tal cercandad, proximidad, no genera el conocimiento del límite, sino que anterior, como atávicamente, nos brinda confianza hacia ello, es decir nos posibilita avanzar con seguridad, ante la naturaleza incierta del futuro, temporal como espacial, caminar más allá de lo que no sabemos que existe, en el caso de que exista, y seguir sin la constante, ratificación de que seguimos estando. 
Esta es la clave, mediante la cual, se comprende, porque traducimos, exitosa o mayoritariamente, nuestro futuro, expectativa de ello, mediante el dinero, al tener cercano, adyacente el fenómeno, confiamos en que el papel moneda, puede ser cambiado, por algo razonablemente justo, en relación a lo que hicimos para obtenerlo (sí se lo piensa, la mayoría de las personas que crítica este sistema de intercambio, en verdad lo hace en esta instancia, porque considera que sus esfuerzos o los de su facción no son debidamente, reconvertidos o reconocidos, en la cantidad de dinero que pretende contar como para ello seguir la lógica del funcionamiento de un intercambio, hipostasiado que de imposible, pasa a reconvertirse en otro  de acumulación).
La noción de propiedad privada, funciona desde lo axiomático de lo adyacente. Nunca es de un individuo, contante y sonante, dado que el patrimonio particular, debe estar sostenido en compendios normativos, legales de una comunidad que así lo determinen. Lo privado, nominalmente podrá ser de uno o de unos cuantos, pero en términos reales o en el orden simbólico, solo lo es desde su adyacencia. Lo mismo para un sistema comunitario, en donde se suprima lo privado y todo sea determinado por lo público, el uso, circunstancial, determinado y condicionado por lo colectivo, siempre será por la misma condición de aproximación, nunca de totalidad. 
La democracia, como sistema político imperante, funciona, también bajo este principio adyacente. El político, que representa la política, siempre estará próximo, cercano, pero nunca será, personalmente o como entidad, el estado en sí, el poder taxativo, que nos responda en todas y cada una de las necesidades que podamos tener, en el transcurso de cada una de nuestras vidas. Todo está  cerca, tendemos a ese acercamiento, a los que damos distintos nombres, a sabiendas de que nunca obtendremos la cosa en sí,  a la que supuestamente buscamos o perseguimos con el afán, fundante o movilizador de la vida misma.
La automatización, de la que somos víctimas y que nos impele, a que cada cosa, a cada rato, le preguntemos, que nos dará en términos de resultados, es precisamente, lo contrario a lo que dispone nuestra condición de seres adyacentes.
Sí algo interesante de este modo de ser en el mundo, nos es dado mediante esta posibilidad de no llegar a ningún lugar, sino estar cerca, es precisamente la facultad, de vivir en la libertad de no estar condicionados por un número que nos diga, que nos depare, que nos califique, que nos determine, que nos exija, que valemos o cuanto en relación a esa posición totalmente distorsionada e inhumana. 
Sin embargo, todo parece ir en ese lastimero, como lastimoso sentido, queremos la exactitud de la respuesta para todo, cuando, al parecer, por aproximación, solo tenemos preguntas, que pueden tener múltiples interpretaciones o correspondencias y allí radica cuanto vivamos o cuanto deseemos morir, incluso en el mientras tanto, todos los otros, resultados, definiciones y certezas, son cuestiones anexas, secundarias, producto de nuestros temores, de nuestra imaginación, de la no posibilidad de disfrutar que somos cercanos, próximos, merodeadores de nuestra propia condición humana, que para poco como para mucho, será en la medida que la interroguemos que nos preguntemos, acaso que otra cosa podemos esperar, a que otra cosa nos podemos dedicar que no sea a elaborar aproximaciones que permitan tantas respuestas como signos de pregunta y de interrogación, que nos hagan con vivir con plenitud, nuestra inefable condición humana.


  Por Francisco Tomás González Cabañas.-

  

 


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