30 de diciembre de 2017

¿Dónde Coño está el Chumino?

El falogocentrismo (sobre todo occidental, europeo, franco-alemán) que nos conmina a pensar desde la posición dominante de lo masculino (como reverbera Derrida) en la construcción del significado, debería ser rodeado, deconstruido, desde la aporético (irresoluto, por ende incierto y dudoso) de lo conceptual. Es decir pensar, intuir o sentir, que la idea de un dios (o creador) tenga que ver con lo masculino, cuando en verdad y desde el sentido común, sí necesitamos construir una referencia teleológica, que nos brinde las certezas de las que carece lo humano, obligadamente, debe ser pensada, intuida y razonada como algo vinculado a lo femenino. Lo femenino no en su genitalidad, sino en lo iniciático, en lo basal, en lo obviamente primigenio que significa y representa la vagina, la vulva, el coño, la concha, la argolla, el hachazo, la cajeta y todos y cada una de las formas determinadas por el falogocentrismo en que se nombra o se designa el órgano sexual de la mujer.

Sin que esto pretenda ser una arqueología conceptual, en verdad lo pretende ser, encontramos en la designación de “Chumino” que al parecer se dio en Andalucía, cuando los marineros angloparlantes preguntaban a las trabajadores sexuales, en su lengua, por sus servicios y estas, en el romancero poético de tal espacio de la península ibérica, renombraron la frase de los marineros, reduciéndola al término “Chumino”. A diferencia del coño que de acuerdo a su etimología deviene más luego en hasta una relación con el conejo (se sospecha que de allí la imagen por parte de una marca sexista, falogocéntrica, como pocas, que divulgó al conejito como el símbolo de la mujer reducida a objeto sexual) como la concha, referenciada en el exoesqueleto de ciertos moluscos, el chumino es lo que el hombre desea de la mujer, renombrado o establecido desde su semántica, por la inventiva, creatividad y sarcasmo de las propias mujeres que no entendiendo el idioma de aquellos marineros entendían perfectamente lo que los marineros creían.

Esta es la instancia, la imagen, el momento, la situación, la trama, que como eterno retorno, o como la piedra de Sísifo, cae una y otra vez en el mismo lugar.

En la impetuosidad, en lo rudimentario, hasta en lo tosco y ciertamente violento (hablar con el idioma de uno en un sitio en donde no se habla ese idioma es; o estúpido o abusivo) de la acción de los marineros, la gran mayoría de los que portamos falo (aún lo dimensionamos al falo de esta manera, como un elemento de portación, como un arma) nos detenemos en esa demanda, orgánica y primigenia, de saciar la necesidad de depositar nuestros efluvios en el coño que más rápido se nos abra.

La mujer, como aquellas trabajadoras sexuales andaluzas, lo sabe. Al Chumino no se lo piensa, se lo consume. Aquí es donde la trampa nos iguala, lastimada, cosificada, reducida a su agujero, la mujer empoderada (sobre todo si tiene el semen adentro, es decir la continuidad de la especie) construye su venganza como una suerte de obra arte, fecunda en astucia, especulación y creatividad. Dentro de esta lid, de esta disputa, de esta confrontación en que hombres y mujeres transforman la experiencia humana, lo que se pierde, lo que perdemos, es pensar al chumino en su término propicio, en su lugar privilegiado en el mundo.

Podríamos caer en la tentación de afirmar, que hemos caído en “el olvido del Chumino”, desandando un sendero ontológico y con ello la exploración de toda una posible corriente filosófica que genere vanos, como vanidosos oropeles en los siempre reducidos como elitistas círculos de la academia.

Sí algo de esto existe, el olvido del Chumino como posibilidad de pensar nuestro origen, en clave de haber salido de tal abertura, de que esa dimensión de lo que se expande, dilata, y que termina produciendo la posibilidad de sujeto, es, por la dinámica de los hechos, el mandato natural con el que podríamos hacer más digerible, más tolerable, más placentera y fecunda nuestra instancia en la tierra.

Abrirnos, como lo hacen las vaginas, es el camino de nuestro ser en el mundo (para ponerlos en los términos de quién acuño el olvido del ser, el dasein).

El diagnostico, al menos de lo que transmiten los medios de comunicación y otros circuitos de poder, es desolador. A los Chuminos se los mata, se los obtura por su condición de tal (feminicidios).  En esta lógica de lo violento, o se lo envidia, o no se lo comprende y por ende se lo agrede al punto del exterminio. Muchas de las reacciones, culturales y llamadas de género, surgen como una especie de reacción a la agresión fálica. Desde esas vaginas, con la autoridad de tales, la pervierten en su significancia conceptual. La cierran, la ocluyen, bajo argucias de contrarrestar la incomprensión que genera la vagina en muchos, o la envidia de tal, parapetándose en acciones netamente falogocentricas, proponiendo con ello que en vez de girar por un pene lo hagamos por una vulva.

El Chumino, dios en su imagen aperturistica (incluso el mito Griego de la Creación, cuando Gea se desprende de Urano, permitiendo el “entre” cielo y tierra con la aparición de cronos es decir la consecución de lo humano es una apertura en este caso también) de lo que surge desde las profundidades del agua, de la pachamama o de los elementos de la naturaleza que fuesen, nos conmina a que pensemos, a que reflexionemos, a que entre todos podamos preguntarnos siempre que hacer.

El Chumino debe ser la referencia obligada para que nos preguntemos acerca de que pretendemos de nuestra humanidad. El Chumino tratado artísticamente (desde este humilde lugar trabajamos para situar en el mismo lugar en que se encuentra una vulva con una urna electoral, para hacerla una performance que inste a la ciudadanía a que piense la democracia en términos de apertura) debe ser una apelación a que la vagina, es algo que va mucho más allá de lo que representa, orgánica como sexualmente. No tiene lugar concreto (siquiera en los géneros), ni tiempos, ni nombres específicos. Habita en todos y cada uno de nosotros, necesita ser pensada en su naturaleza arquetípica y originaria.

Por Francisco Tomás González Cabañas.-

      

 


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