8 de diciembre de 2016

Succionador profesional o corredor de coneja.

No existe alguna otra alternativa, para la gran mayoría de hombres y mujeres que hemos sido lanzados a estos terruños en donde el peor pecado a cometer, es el de tratar de sugerir (ni siquiera imponer) otras reglas de juego. El penitente que ose tal cometido, será odiado, vilipendiado, ninguneado y difamado (al unísono y sin que esto vulnere el principio de no contradicción), declarado no querido por nadie, como síntesis y expresión de la peor de las admoniciones sociales. Ocurre que es más digerible, aceptable y amable, que te quieran, obediente, buenito y rastrero, en todo caso, luchador, pero abnegado, con la cabeza siempre gacha, que es la forma que tienen de no respetarte, de darte una palmada en la espalda, de “muchachearte” de decirte ya te va a tocar a vos, ya se acomodarán los melones, cuando los astros se alineen, siempre y cuando esos que esto te dicen sigan en la cúspide de las decisiones que te tiene a vos, como su servil e imprescindible ariete, para que te alcance para tu cervecita, para tus compras en cuotas y tus regalitos en navidad.

El camino más trillado, común, transitado y por ende, democrático (en el sentido de la corrección de las mayorías) es aquel que te impele a transformarte en un succionador serial, consuetudinario, sempiterno. No obligadamente el término te conferirá  un derrape sexual, tal vez la libación de órganos de reproducción tan sólo sea en un sentido eidético, platónico, pero libación al fin, claro está. El sistema de disciplina impuesto, para que esto funcione, como viene funcionando (distorsionando la matemática, pues hace tiempo que a muy pocos le sobra demasiado lo que a muchos no les alcanza para nada) te atrapa, más que nada, porque te hizo creer que nada serías (es decir perderías tu condición humana) a medida que te alejas de sus dictados e imperativos. En verdad sucede, exactamente lo contrario, estamos dejando de ser (humanos) a medida que seguimos (generación a generación) sistematizándonos, en la obediencia, debida, de vida e inobjetable que le hacemos a aquello que no tiene explicación, y por temor a enfrentar tal incerteza, abrazamos este absolutismo, cercenador, encarcelador, del cual somos tanto sus víctimas como sus victimarios.

En la soberbia insondable de considerar que está es la única manera de que seamos humanos, este sistema, modo de ser, inercia institucional, matriz, o como la quieras llamar, te muestra, dos caminos, dos vías, al modo de la bíblica, dos opciones; la buena y la mala.

La aceptable, la asequible, la posible, la correcta, es la que te pide a cambio la posición de succionador. Estar hincado, arrodillado, inclinado, ante lo que tengas que succionar, es la condición necesaria, como suficiente, como para que tengas todo aquello, que podrás  tener (el sistema está tan perfeccionado, que determina que es lo que podes desear, de forma tal que las frustraciones sólo sean tales, dado que es porque estarías deseando algo que no te corresponde) paciencia, obediencia y abnegación las bases para que toda succión, te termine resultando placentera, hasta acabarás sintiendo que no podes vivir sin ella. Succionar en términos sociales, es continuar todo aquello que esta bien visto y organizado por el orden establecido, por el sistema estructural, que bajo el férreo control y la disciplina, te exige obediencia, para que no padezcas la libertad. Te prometerá siempre algo con lo que te contentarás, pese a que existan muchas más cosas de las que te estás privando por obedecer. Hasta los actos de rebeldía son “controlados” y direccionados, por este gran manipulador que te protege de vos mismo, de lo que serías capaz de ser y hacer, sino temieras a tu propia y única condición de seres humanos. Ejemplos abundan, han existido corrientes filosóficas que han descripto, y lo siguen haciendo, esto mismo, esta cárcel que nos hemos construido, sin embargo y a modo ilustrativo, señalaremos un caso.

Las reiteradas “crisis” políticas-económicas, a lo largo y ancho del mundo, reflejan no solamente esto por un lado, sino en forma, subrepticia la propia legitimidad al sistema que dicen criticar. Claro el tema es muy fino, pero no por ello inentendible. Se descubrió que antes que matar o reprimir con violencia las manifestaciones de protesta, era más válido y útil, el usar la fuerza, la energía de esa supuesta crítica, para validar aún más, y desde esa crítica, al sistema criticado. Esto genera además buena prensa, esa percepción perversa, de que supuestamente, somos más humanos, o defensores de lo humano. Hasta incluso, mediante este accionar, algunos creen que abonamos a defender las libertades, individuales que se unifican en una petición de lo público.

Es decir, no existe colectivo, facción, grupo, que proteste por algo en que no está afectado directamente. Sea la causa que fuere, que se estén muriendo de hambre o que luchen por considerar a los animales sujetos de derecho, los protestadores jamás protestarán por lo abstracto, o por lo que puede que le afecten en un mañana, sí es que no han sido o estén siendo afectados por ello. Esto sin duda que le quita toda legitimidad de origen a una protesta, por más que sea de los que se mueren de hambre (de hecho cuantos discursos ultramontanos escuchamos por parte de quiénes, alegando una defensa cerrada de la libertad, esgrimen que nadie puede morirse de hambre sino quiere hacerlo) no sin razón le podrían decir, que de no haberse preocupado por la política o por la cosa pública, no estarían en tal condición, pero claro protestan cuando tal egoísmo observa que esa traducción de lo abstracto a lo real, los perjudico de forma clara, contundente y manifiesta. ¿Ahora se entiende mejor? Porque habría de matarlos o de bastonearlos el sistema, sí los puede neutralizar, es más ni siquiera los considera enemigos, son, siguen siendo succionadores, que corcovean un poquito más. Sí están frente a un supermercado, con unas bolsas los arreglan y contentan, con los medios de comunicación disciplinan al resto  y se guardan el ninguneo o la desaprobación para lo otro, para esto mismo, que a veces, por un error del sistema, se filtra, cada cierto tiempo, casi azarosamente.

Es el camino cerrado, censurado, desaprobado, el de correr la coneja, el derrape, la depravación de no aceptar lo establecido, lo desquiciante que se transformó en lo tutelador. Es casi un imposible el transitar este sendero y exclamar que se está en pleno tránsito del mismo. En tal caso tampoco conviene, pues se desalentaría la incursión de otros que puedan hacer lo mismo, salvo que se tenga un espíritu masoquista, o de pretensión de lo heroico, pero como podrá observar ya está actuando la censura automática de dar a conocer este camino. La exclusión económica, social, política que te inocula el sistema, es en grado insoportable, lo mismo da, quién no te saluda en una calle, porque el sistema le hizo creer que sos su enemigo, como todos aquellos que se convencen en creer que no te quieren porque sos malo, cuando en verdad lo único que hiciste fue hacerte respetar, y lograr lo imposible de un lugar en el no lugar. No formar parte de sus fiestas, de sus homenajes, de sus  premiaciones, de sus reconocimientos es lo menos, que no te tengan ni en cuenta ni en consideración, tampoco puede suponer un problema real, hasta se podría decir que es tolerable estar conminado a ser una estrella alejada del cosmos, connotada incluso como una bestia antisocial. Que se te rían en la cara, por tu esfuerzo, por como la corres (cuando en cambio uno no le dice nada en relación a como o cada cuanto tienen que succionar) o por cómo te escapas, por cómo, pese a todo, y en contra de todos los pronósticos, seguís siendo también una expresión de lo humano (ni mejor ni peor, otra) aún puede seguir siendo tolerable.

Lo intolerable, para ellos, es que le digas que en ese afán de ser humanos, extendiendo el significado de la humanidad, de ser mejores (como sí la vida se tratase de una carrera, sea supuestamente está de resistencia o de velocidad) estamos reduciéndonos a lo insoportable, que cada día que pasa, no es tan solo una oportunidad que se pierde, sino una palada más al entierro de nuestra condición de sujetos.

El día que una marcha, que una protesta, sea de la cantidad de personas que fuere, en el sitio del globo que acontezca, tal grupo reclame que le devuelvan la parte del poder que le corresponde, no habrá ejércitos de succionadores, de disciplinadores de ejecutores del circuito de mando-obediencia que reduzcan, que contengan, que silencien, que maten, que ninguneen a esos corredores de coneja, que demostrarán a la gran mayoría, a los lectores de intrascendencias, que otro mundo es posible, que nuestra condición de seres humanos, no puede estar determinada, por ninguna autoridad que a cada rato, nos susurre, bajo amenaza que esa no es la forma de comportarnos, que nos indiquen qué, cuanto y como tenemos que desear, que simplemente seamos en el aquí y en el ahora, no en la promesa de un futuro, de un edén o de un paraíso de un mañana que nunca acontezca.

Ese día estas palabras serán mera intrascendencia, o bordarán los recuerdos de memoriosos, lamentablemente por ahora, tan sólo son un viento en la frente, que surca el rostro del humano penitente, detenido por su pavor, absorbido por su trémulo crepitar de preferir hesitar antes que levantarse y dar un primer paso, que sea como aquel, pequeño para el hombre, pero gigante para la humanidad.

 

 

 


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