3 de julio de 2016

La Reforma de la Constitución pasó a ser una cuestión semántica.

De acuerdo a los sectores más ilustrados del oficialismo provincial (lustre fangoso, acendrado en lecturas de solapa y en reparto de cargos político y académicos por la vara del nepotismo) el haber desterrado el concepto de “prórroga”, se constituyó en el éxito más altisonante del que tenga memoria, a los únicos efectos de engominar el statu quo de la política vernácula. Que ellos sigan gobernando a expensas de una oposición, mitad comprada por la migaja de prebendas que cede en municipios y cargos representativos, y la restante, condicionada por sus pecados de antaño, cuando manejaron el poder “jacobinamente” llevándose puesto, tanto el viejo predominio del pacto autonomista-liberal como aspectos formales de la ley. Es un secreto a voces, que lo que ahora se desviven en llamar “Unificación de mandatos con la Nación”, ya tendría el “consenso (bien valdría también la acepción contubernio)” para que Ricardo Colombi esté habilitado a presentarse para gobernar la Provincia por 24 meses más.

Por supuesto que al habitante de Estación Torrent, cómo al de la Isla Apipé o el afincado en cualquiera de los barrios distantes a más de cinco kilómetros del cerco de las cuatro avenidas del centro simbólico, como aristocrático-progresista y conservador (por más que suene a oxímoron, los progresistas del centro correntino lo son para sus placeres íntimos, para sus bacanales y para compartir en sus móviles o tablets las disputas libertarias por la defensa de la vida de las hormigas californianas en Corea del Norte) no se le consultará nada en relación ni a la reforma constitucional, ni a sus métodos electorales, dado que no se los piensa como sujetos, con derechos y obligaciones, sino como objetos, pasibles de ser inoculados con una tarjeta del banco del pececito para que lo saque de la miseria y le haga comprar los productos básicos en el almacén del patrón, que sí no es el intendente del pueblo, seguro lo fue o está representando a su pueblo como concejal.

Ya sabemos y todos somos conscientemente cómplices que al “cherá-picha”, que al croto, no se lo piensa, no está sustantivado, sino cosificado, su indignidad es fuente inacabable para que los sí tenemos posibilidades, decidamos ser esclavos del sistema de consumo, nos extasiemos en la mayor cantidad de bienes durables que podamos acopiar, y nos pavonemos con ellos en fiestas o calles céntricas. No está, nunca lo estuvo por otra parte, ese concepto tan trillado de libertad, ni el croto es libre, ni lo será, dado que en caso de salga de tal condición, pasará de la esclavitud  de la necesidad a la esclavitud del consumo. El croto al que se le compra el voto (peor aún se lo viola, se lo ultraja, cuando los candidatos de todos los partidos, se van a visitarlo en su rancho, usando el moco y la caca de sus hijos, para sacarse una foto en esa ranchada miserable, para subir a la cuenta de red social, y para que le gacetillero prostibulario de turno, escriba en ese muro, mugroso y ruin, que fulatino cuando llegue le cambiará la vida a ese croto como al resto del millón de correntinos) en el mejor de los casos, podrá ser el boludo o el banana comprador de votos. El estulto para ponerlo en latín. Este habrá llegado, cruzado el Jordán de su supuesta salvación, comprando votos de los que antes eran sus congéneres, pero habiéndolos abusado y ultrajado cob mayor perversidad, podrá acceder a la otra casta, en donde, cambiará de grilletes, es decir, sólo modificará su amo o patrón, pero nunca su condición de esclavo. Antes lo era del hambre y la necesidad, ahora lo es del consumo. Sentado ya en su puesto de ñoqui del estado, donde en el mejor de los casos, le tiene que cebar al senador o diputado, sabe que una semana antes de fin de mes cobra, lo que le sirve para tener, ciertas cosas que no sabe si lo desea, que ni siquiera se cuestiona. De tal manera, ingresa en un círculo tan sencillo como complejo. Sí tiene un poco más, a expensas siempre de dos caminos, o de lamerle mejor a su superior o de cagarle con mayor virtud a la crotera, gastará más y lo que antes era una tranquilidad, más luego se transformará en un problema (abrirse sentimentalmente a varias relaciones sentimentales, en donde el dinero siempre será protagonista) que sólo podrá ser contenido en parroquias que nos prometen una vida mejor que este valle de lágrimas, y ya no nos puede importar si la autoridad eclesiástica que nos relata tal posibilidad, es un cura pedófilo o una monja que arrastra los bolsos de la guita de la corrupción.

Seguramente los comisionados de la buena onda, ese psicotrópico que usan los tipos que no tienen la posibilidad de pensar, ni mucho menos el interés, porque están enajenando los bienes que a otros les falta, entonces, por miedo a que se les termine lo dado, se suman a eso de que con buena onda, sin leer, sin cuestionar, sin preguntar, sin desgarrarse para entender, todo pasará mágicamente, como uno cambia de canal en el televisor, o cambia de estado al tomar una pastilla, sea de un laboratorio oficial para calmar la ansiedad, o de uno clandestino para vivir en éxtasis.

Son estos falopeados, que en el mejor de los casos, nos dicen que leer, que es lo culto o lo conveniente, por más que sean veterinarios o ingenieros, como están en esa posición de poder, tienen que llenar esos espacios, esos significantes extensos, como cultura o política, continentes tan amplios como vacíos, entonces te arman ferias de libros, en donde te meten a la viuda de un escritor, o mejor dicho la empleada, que apenas si garabateo un par de introducciones de tipos olvidables, o te lo traen al filósofo de La Plata, que canta porque es más divertido que pensar, o un conjunto de barbudos y pelilargos hipones, que desde Buenos Aires se nos dice que amerita que los escuchemos, obcecadamente.

Tal como la reforma constitucional, todo en verdad es semántico. La semántica lingüística, de quiénes hicieron del café un comité, con la virtud proverbial de dotar de argumentos falaces a los que antes criticaban y hoy adoran, son los envases de plástico fino, o los idiotas útiles, que usan los tipos con aún más poder, pero que tampoco llegan a plantearse sí es que realmente desean ser libres o seguir en la esclavitud, de esclavizar al esclavo o de seguir siendo esclavos del consumo.

Sólo para eso quieren el poder y ni siquiera lo saben. Necesitan de cambiar palabras, para seguir sentados donde estás, de paso te cagan la vida, no porque sean felices con ello, sino porque no entienden de felicidad.

Que los perdones, que te apiades, que te embronque, que los eches, de vos depende, de eso se trata la libertad, el resto es semántica.

 

   


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