21 de abril de 2015

De la noche de los lápices de la dictadura a la semana de los lápices democrática.

A días del cierre para la confección de las listas para legisladores provinciales, desde la centralidad del poder se los define como momentos importantes. No son, precisamente, estudiantes universitarios, que se debaten, entre padecer las torturas o delatar a sus compañeros, los protagonistas de días democráticos, por los que muchos ansían llegar a una candidatura, para ejercer la representatividad, cómo sí lo hubieron de ser, muchos jóvenes argentinos, en aquella lamentable noche de los lápices, llevada al cine, que ondea como paradigma funesto de los cruentos años de dictadura.

Los miembros de la clase política, tampoco, persiguen idílicamente el poder y piensan en términos de revolución, como muchos de los bisoños picaneados en la época de plomo. Los popes de los partidos democráticos, se disputan los cargos, para que el sector que representan (no importa ni cantidad ni cualidad del grupo de seguidores) se desenvuelva con mayor holgura, económica, social y en última instancia, política.

Los encumbrados dirigentes, en mesas chicas, escriben y borran, la suerte y el destino de ejércitos de seguidores, quiénes son supuestamente parte del pueblo, o los representados por estos popes, que durante años, han tenido las ciclópeas tareas de cebar mate, atender teléfonos, o en el mejor de los casos, organizar actos con los recursos del estado (esto es, invitar a gente necesitada, a un almuerzo, regado por bebidas varias, con el debido transporte, a cargo del organizador). A diferencia de lo que ocurría en los ´70, cuando, sí bien, se discutía hasta el sexo de los ángeles, bajo una mirada muchas veces absurda y teñida de un adolescente optimismo, no sólo que había que escaparle a las balas, sino que además, se pensaban propuestas, más lejanas o más cercanas a la derecha o la izquierda, pero que en definitiva, tenían una sustentación en reflexiones, en lecturas, en proyectos y propuestas concretas.

 

 

En la llamada semana de los lápices, que en nada y en todo, se asemeja a la tristemente célebre noche luctuosa, el reemplazo, conseguido a fuerza de sangre y de inocencia, de las botas por los votos, (que es en definitiva el mayor logro y en donde se rinde verdadero homenaje a las víctimas del oprobio dictatorial), no se lesionara a nadie físicamente, a expensas de la severa lesión a la república toda.

 

Los popes de los partidos y por tanto de la democracia, no están ni estarán secuestrados, como sí lo estuvieron, en condiciones y bajo padecimientos humillantes, los estudiantes en la noche negra, pero eligen y elegirán, auto-secuestrarse o aislarse, en bunkers, despachos u oficinas, para con la mejor cara de póker, optar por los seguidores más fieles o de mayor confianza, que sigan prestando los servicios de fiabilidad a sus hacedores, una vez colocados en los cargos representativos.

 

En los años del terror, lo que se secuestraba era la libertad, por intermedio de militantes, estudiantes, y ciudadanos, que forman parte de los 30.000 desaparecidos. En la actualidad, el auto-secuestro o aislamiento de la dirigencia amuchada en locutorios, y exigida y tironeada, por cientos de talentosos, que han encontrado en la política, la fórmula de no trabajar, y pese a ello, tener dinero y jerarquía, apunta directamente, al secuestro de la representatividad, que es ni más ni menos que la base de la democracia.

 

Que los candidatos surjan, de la manera que lo hacen, constituye no sólo una lesión a la república, sino también a su pasado. Parte de este, constituye los años de la dictadura, donde, hasta incluso, muchos de los actuales protagonistas, defendían a la atacada libertad.

 

Lo luctuoso de la semana de los lápices democráticas, no se podrá percibir, tan fácil y trágicamente, a través de un desaparecido o torturado. Tampoco en los ´70, sirvió de mucho, la evidencia de la represión barbárica, dado que muchos callaron y otros tantos fueron cómplices, del famoso proceso, que duro siete años.

 

Que no se hablen de propuestas, que no se debaten ideas y que no exista un mínimo parámetro, de mérito ciudadano, para erigirse en candidato, y que sólo baste con ser amigo, o lacayo, del oportuno tenedor del lápiz, significa y representa, la segunda muerte de los desaparecidos. Ni siquiera es solamente esta ofensa, la que se cumple, con la semana de los lápices, es también vaciar de contenido y de sentido, a la democracia, que como todos saben, tanto ha costado conseguir.

 

La lectura sencilla, es que no se mata a nadie, que no se secuestra a nadie, y que la ley indica que los ciudadanos tienen posibilidad de elegir. Los índices de pobreza, marginalidad y barbarie, que azotan nuestra tierra, tienen como responsables, a quiénes si bien, nunca empuñarán, un arma, para aniquilar un ser humano, tampoco harán uso de sus capacidades mentales, o nunca, podrán presentar alternativas, que no tengan la aprobación del oportuno mandamás. Esto también es un crimen, no contra alguien en particular, sino contra la republica toda.

Cometer el crimen de criticar y la culpa al que critica

 

Otro de los milagros que han obrado en los últimos años, los dueños del discurso político o de lo político, es el haber determinado, un principio, que se sostiene en vaya uno a saber que manual de autoayuda o de espiritualismo exótico, que reza “Que no se deben contestar ni las críticas, ni las objeciones, que ante un requerimiento de esta naturaleza, o la cita de alguien que haya criticado al  sujeto en cuestión, este debe poner cara de víctima (si esa misma que uno pone en la intimidad al ir al baño) y responder que, precisamente, no responde, o responde con actos para la gente, o gestión, u obras o lo que fuere, pero nunca dándole entidad a la crítica, al cuestionamiento o a la objeción”. Quizá no se haya tenido tiempo para pensar en esto mismo, pero sí uno logra tenerlo, el razonamiento viene solo, esta prédica, esta perorata, esta argucia, este principio ramplón es de una gravedad inusitada para los principios democráticos.

Citar a quiénes han consagrado la vida para poner en letras las formas más ecuánimes de organización que ha podido lograr la humanidad a lo largo de su historia, por alguna razón que desconocemos es aburrido para el lector y por razones que conocemos, para otros, resulta revulsivo, por considerar a quién lo hace como un vanidoso, iremos a un ejemplo cotidiano, común, de todos los días.

Es como el niño (en psicología podrán encontrar lo nocivo de estos comportamientos) que en esa etapa de su vida, que pregunta la razón de todo en todo momento, y recibe por parte de su mundo adulto, supongamos sus padres, como toda respuesta ¡Porque si”. Los que son padres, sabrán que cuando un niño se pone muy cargoso, denso o preguntón, nos tentamos o quizá lo hagamos más de seguido de lo que deberíamos a responder de esta manera, para escándalo y pavor de cualquier pedagogo, docente, psicológo o adulto mayor responsable a cargo de niños. Uno no puede, decirle al infante, porque sí, sin darle alguna razón, no se le puede refregar en la cara, que uno lo mantiene, le da de comer, le da una casa, lo manda al colegio y demás. Este ejemplo es una barbaridad, podrá decir alguno, sin embargo, es lo mismo, es calcada la reacción que realiza el político, en funciones, con responsabilidades a cargo, cuando no responde una crítica, una objeción o un cuestionamiento.

En uso de su poder arbitral (por encima del ciudadano común, como el adulto con su diferencia física por sobre el niño) nos está diciendo, porque si, cállate, yo trabajo para vos, agradece, no preguntes, no me agredas, antes tu vida era horrible, yo te la cambie, me debes.

Con el relato o el disfraz, que es agredido porque se lo consulta por algo que le corresponde responder, este personaje de la política, invierte su responsabilidad, la convierte en gracia divina que ejecuta ante la gente, y afirma que no tiene tiempo, que se devela haciendo, no hablando, no discutiendo y todo lo que usted, escucha y lee.

 

“Si todos los mensajes pudieran circular libremente entre todos los individuos, la cantidad de informaciones a tener en cuenta para hacer las elecciones pertinentes retardaría considerablemente la toma de decisiones, y por tanto la performatividad. La velocidad, en efecto, es un componente del poder del conjunto…En el marco del criterio de poder, una demanda no obtiene ninguna legitimidad del hecho de que proceda del sufrimiento a causa de una necesidad insatisfecha. El derecho no viene del sufrimiento, viene de que el tratamiento de éste hace al sistema más performativo. Las necesidades de los más necesitados no deben servir de principio regulador del sistema, pues al ser ya conocida la manera de satisfacerlas, su satisfacción no puede mejorar sus actuaciones, sino solamente dificultar sus gastos. La única contradicción es que la no satisfacción puede desestabilizar el conjunto. Es contrario a la fuerza regularse de acuerdo a la debilidad. Pero le es conforme suscitar demandas nuevas que considera que deben dar lugar a la redefinición de las normas de vida… Los técnocratas declaran que no pueden tener confianza en lo que la sociedad designa como sus necesidades, saben que no pueden conocerlas puesto que no son variables independientes de las nuevas tecnologías…tal es el orgullo de los decididores y su ceguera ” (Jean Lyotard en La Condición Postmoderna)


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