ANÁLISIS  7 de noviembre de 2018

La política penal o la política penalizada.

Sí somos presa de políticos corruptos seguiremos encarcelados en el imperativo de una sociedad penalizada y penalizante para sancionar delitos y no para reconvertir conductas que no nos lleven a ellas.

Intentaremos desandar, la cuestión de fondo, acerca de ¿cómo deseamos que nuestra comunidad penalice a los que infligen  las reglas normadas en la misma pese a tener una clase política que no desanda el camino, o el sendero de bosque de transparentar sus cuentas y acciones?

Los argumentos para sustentar los diferentes proyectos que se elaboran para combatir el delito, por lo general contienen un fundamento sólido a nivel jurídico, análisis particulares de datos objetivos y numéricos y básicamente frases atiborradas de expresiones de deseo. Todos los proyectos que hablen de penalidad,  independientemente del sustento específico y práctico y de la problemática que intenta abarcar, por intermedio de sus fundamentos y de su aplicación pretende ubicarnos a todos los habitantes de nuestro suelo en nuestra respectiva posición, tanto a nivel social, es decir las finalidades, las aspiraciones y los temores de nuestra sociedad, o a decir de Carl Jung,  “ Del Inconsciente Colectivo”, o a decir de Hegel “Comunidad autoconciente” como también nuestro posicionamiento a nivel internacional, es decir nuestro rol en el contexto político mundial.

Introduciéndonos de lleno, existe como finalidad en sí misma que la penalidad, no sea un fin en sí mismo, sino que abogue por  regenerar conductas sociales, que otorguen la oportunidad de reinserción a los que infligieron la ley. La intención es dar cuenta de nuestro profundo espíritu como sociedad, que no castiga ni reprime, si no que pena con autoridad, pero a la vez educa y ofrece oportunidad. Cuando hablamos del espíritu social no situamos el concepto como una bonita frase literaria, debemos recordar a la cultura griega, y a sus cientos de magnánimos exponentes, como los expresados en el compendio de Werner Jaeger, intitulado la Paideia, “Lo que verdaderamente se trata de comprender, es el hecho de que las buenas leyes de por sí no son capaces de hacer mejores al estado ni a los ciudadanos. De otro modo sería muy fácil infundir con la letra de la ley el espíritu de un estado a todos los demás. Sin embargo, ya en Platón veíamos que se había abierto paso la conciencia de que las leyes como tales no sirven de nada si el espíritu, el ethos del estado no es bueno de por sí, pues el ethos individual de una sociedad es el que determina la educación de los ciudadanos, el que forma el carácter de cada uno a su imagen y semejanza”. Por tanto lo que observamos en este brillante pasaje es básicamente de infundir a la ciudad, o polis para los griegos, de un buen ethos o espíritu y no de dotarla de un mayor número de leyes especiales para cada campo de la vida. Son incluso más explícitos e incluso sorprendentes los testimonios de los grandes hombres griegos cuando se refieren a la falta de justicia y lo que ello provoca. “ Movidos por la avaricia, los caudillos del pueblo se enriquecen injustamente; no ahorran los bienes del estado ni los del templo ni guardan los venerables fundamentos de la justicia, que contempla silenciosa el pasado y el presente todo y acaba infaliblemente por castigar. El castigo divino no consiste ya, en las malas cosechas o la peste, sino que se realiza de un modo inmanente por el desorden en el organismo social que origina toda violación de la justicia. En semejante estado, surgen disensiones de partido y guerras civiles, los hombres se reúnen en pandillas que sólo conocen la violencia y la injusticia, grandes bandadas de indigentes se ven obligados a abandonar su patria y a peregrinar servidumbre”. Asombrosamente actual es la descripción de esta Grecia del Siglo VI a.c, que ha perdido la justicia social y padece los señalados sufrimientos. Claro que los griegos entendían a esta problemática como de índole política, pero inserta en la faz del comportamiento espiritual del pueblo, por tanto encontraban las soluciones dentro de la educación moral, dentro de los ideales y de los valores de la sociedad. Como anteriormente se hizo referencia no generaban una burda e ineficaz acumulación de leyes, simplemente buscaban el punto neurálgico dentro del comportamiento humano del pueblo. No es casualidad que las palabras transcriptas de los pensadores griegos, resuenen hoy como muy cercanas, hasta casi proféticas, pese al paso de más de 2.500 años, las situaciones gráficas son casi similares de lo que padecía aquel lejano pueblo, pero a la vez cercano, con el nuestro hoy en día.

Tampoco es casualidad que casi nadie, en nuestra actualidad se dedique a bucear seriamente en la historia de las grandes culturas como para encontrar similitudes que puedan darnos idea de alguna solución social de fondo. Por tanto es de suma necesidad, seguir hablando y tratar de reconocer la esencia espiritual de nuestro pueblo para intentar de forma simbólica al menos dar con alguna referencia que nos ofrezca tanto libertad como límites.

A lo largo de la historia del pensamiento humano existe un sinfín de manifestaciones que podríamos reproducirlas, pero dada la humilde intención del proyecto, sólo transcribiremos las más altisonantes y fundamentadas. Jean Jaqcues Rousseau en pleno iluminismo Francés aleccionaba “La libertad Jurídica queda definida como la facultad de no obedecer otra ley que no sea aquella a la que los ciudadanos le han dado su consenso”. Expresando de esta manera, independientemente de su clara ideología que luego generaría una escuela específica de pensamiento político y social, el estrecho vínculo que obligadamente deben mantener las leyes con los espíritus de sus pueblos.

Encontramos, en la gran y nutritiva historia, de nuestro pensamiento contemporáneo el pensamiento del Francés Michael Foucault, definido según las corrientes de pensamiento como un “post-estructuralista”. Este verdadero arqueólogo del saber, reconocido como un verdadero erudito y teórico en el campo filosófico, desarrolló una prolífica carrera literaria, innumerables textos de su autoría son considerados lugares obligados, tanto para estudiantes como para profesionales ligados al ámbito intelectual. En una de sus obras, más concienzudas, más trabajadas y polémicas a la vez, intitulada “ Historia de la Locura”, dividida en tres grandes tomos, Foucault se encarga de realizar una verdadera arqueología, desde el punto de vista del Poder, entendido este como la puja entre los sectores dominantes y dominados, y su relación con las denominadas estructuras de Control.

El carril de la investigación es la condición de la locura, es decir, independientemente de las definiciones psicológicas pertinentes, el estado de anormalidad de un sujeto desde el punto de vista de las estructuras sociales, o a decir de Foucault, de las estructuras de Poder.

 

La locura, se basa entonces, en una propuesta estructural de que los hombres están sometidos a las estructuras y no a la inversa, y que el paso de la historia de la locura se ve delimitado por un marco propio de éstas, que establecen modelos propios de relaciones que son diferentes manifestaciones de un mismo sistema estructural. Foucault inicia de esta manera un recorrido cronológico, a lo largo de la historia de humanidad, llevando como centro de la investigación a la locura. Expone que al final de la Edad Media la lepra desaparece del mundo occidental y la margen de la comunidad y en las puertas de la ciudad quedaban leprosarios vacíos, por tanto la encarnación del mal, o de lo anormal, pasa de la lepra a la locura. Esto llevaría a pensar primariamente que toda conducta marginal, frente a la comunidad significa un acto de locura. Este análisis aparece para Foucault como una necesidad Europea de autodefensa, ante el miedo indirecto a contagiarse de lo oriental o de lo africano, que son sinónimos de enfermedades y locuras poco civilizadas o si se prefiere de culturas marginales. Claro que esta marginalidad, es tal, por contrastar con la sociedad occidental. Olvidando así al leproso, dice Foucault, sigue la estructura que permanece aguardando quien la llene, y serán entonces los pobres, los vagabundos, los muchachos del correccional y las cabezas alienadas quienes pasarán automáticamente al sistema de exclusión. El autor francés, continúa con un maravilloso análisis acerca de la definición de la locura, es decir tanto a nivel psicológico cómo post-estructuralista, pero a razón de la argumentación y al tema que nos ocupa, vale decir que lo que Foucault va perfilando, con su sello propio, es la disputa misma entre aquellos que por diferentes circunstancias, sean locos, o jóvenes, “ lo común entre un loco y un joven es simplemente su no aceptación de los principios morales sociales establecidos por sus mayores. El joven como el loco asume posturas impensadas para una sociedad y entonces está marginado”, por tanto se ven enfrentados con lo que se denominaría las pautas del poder reinante o las estructuras de poder. “ La reclusión individual en su triple función de ejemplo de terrible instrumento de conversión y condición para un aprendizaje”, expresa el intelectual francés, para continuar diciendo “ Una adopción meticulosa del cuerpo y del tiempo del culpable, un encuadramiento de sus gestos, de sus conductas, por un sistema de autoridad y de saber...El enderezamiento de la conducta por el pleno empleo del tiempo, la adquisición de hábitos...No se castiga para borrar un crimen, sino para transformar un culpable”.

Es decir el planteamiento de Foucault, consiste básicamente, apoyado además en otra serie de textos como; Vigilar y Castigar, Las Palabras y las Cosas, Historia de la Sexualidad, La verdad y las leyes en las formas jurídicas, en el estudio de la actuación de las normas tanto morales, sociales, jurídicas de los sectores dominantes, o los sectores rectores y reinantes en el poder, o sea los sectores dirigentes e institucionales y de cómo, en el que caso que lo hagan, transforman a sus elementos sociales, que transitan por fuera de la ley.

El sociólogo, también Francés, Jean Baudrillard, en su texto intitulado Estrategias Fatales, realiza un análisis acerca de la inseguridad; “El problema de la seguridad, como sabemos, obsesiona a nuestras sociedades y ha sustituido desde hace un tiempo al de la libertad. No se trata tanto de un cambio de filosofía o de moral como de una evolución del estado objetivo de los sistemas.

 

-          Un estado relativamente laxo, difuso, extensivo del sistema produce la libertad.

 

-          Un estado diferente del sistema (más denso) produce la seguridad ( la autorregulación, el control, el feedback)

 

-          Un estado ulterior del sistema, el de la proliferación y de la saturación, produce el pánico y el terror.

Para reparar, para hacer cesar el escándalo de la muerte accidental, se instalan los grandes sistemas de terror, o sea de la prevención de la muerte accidental mediante la muerte sistemática y organizada”. Lo que nos transmite Baudrillard, consiste básicamente en las terribles experiencias que padeció la humanidad, con las persecuciones sangrientas en nombre de una ley, como las cruzadas Cristianas, las brigadas rojas Garibaldinas, la caza de brujas, la triple A.

La narradora argentina María Elena Walsh, en una carta de lectores del año 1991, en pleno auge de la discusión por la posible instauración de la pena de muerte, transmitía poéticamente “ ...Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna unitaria. Me fusilaron en cinta, junto a mi amante sacerdote, a causa de una interna federal....Fui enviada a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien...A lo largo de la historia hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la humanidad retrocede en cuatro patas”. La calidad literaria, pese a no citar completo el poema, no deja de sorprender, pero argumentativamente es sumamente válido como para refrendar las penurias que conlleva el tratar de castigar al punto de la muerte o la denigración, en vez de enseñar, educar y reinsertar con las condiciones más aptas a la población recluida .                      

Argentina, inserta en nuestra Latinoamérica, posee, por diversas circunstancias que formarían parte de otra investigación, una raigambre cultural, social y jurídica claramente occidental. Nuestro modelo Constitucional, que mantiene el espíritu de la constitucionalidad francesa, nuestras costumbres culturales, tanto musicales, artísticas y  literarias, como nuestros usos sociales, vestimentas, modas y comportamientos, nos señala que a las claras somos una Nación y una Sociedad puramente occidental.

El filósofo alemán Martín Heidegger, distinguía etimológicamente las diferencias sustanciales entre Oriente y Occidente. “ Oriente, es el lugar en donde sale el sol, Occidente es el lugar en donde se oculta”, luego el filósofo prosigue con un extenso y concienzudo análisis en donde desde este punto de partida etimológico se van extendiendo las comparaciones pertinentes, como para a grandes rasgos y de manera muy genérica, en este análisis, concluir en las abismales diferencias culturales, sociales y de pensamiento entre occidente y oriente, tratando de acercar, siempre en el caso de Martín Heidegger, las posiciones entre los dos grandes bloques geográficos, para aunar criterios de entendimiento y evitar confrontaciones mayores.

Desde el punto de vista Religioso, las diferencias sustanciales entre Oriente y Occidente se profundizan al punto tal de que el análisis del autor Samuel Huntigton, “ El choque de las civilizaciones”, se vieron materializadas como profecía auto-cumplida en los lamentables atentados perpetrados en la Ciudad de New York y Washington , el fatídico 11 de septiembre de 2001. Tras estos fatídicos sucesos, grandes comentarios de célebres intelectuales Norteamericanos perciben el trasfondo de tanto horror, que no por casualidad coinciden con las aseveraciones de nuestro análisis, es el caso del afamado escritor Norman Mailer, en una entrevista concedida al Times, “Ahora bien, pensemos en la invasión cultural occidental en las sociedades musulmanas. Su reacción es que la tecnología moderna y el capitalismo corporativo amenazan al Islam, que todo lo norteamericano va a destruir la base del Islam”.    

De todas maneras lo que se quiere dejar en claro, es nuestro profundo espíritu occidental, y como de alguna manera el enfrentamiento con las concepciones culturales, sociales y religiosas de oriente, se van recrudeciendo.

Retomando las investigaciones de Foucault, lo que se quiere recalcar es precisamente las formas y el fondo de nuestro comportamiento, desde el punto de vista institucional o de los sectores de control y poder, que marcan a las claras nuestras reglas y métodos que como sociedad aplicamos a diario. Sería una interminable discusión, prácticamente bizantina, el calificar desde el punto de vista moral, social y político, nuestro comportamiento occidental, más si consideramos que nuestra Nación se ve circunspecta y posee un papel más expectante, por claros motivos económicos, geográficos y políticos, ante los lineamientos dictaminados por los países a cargo de las grandes decisiones occidentales. Por tanto, y ante el recrudecimiento del lamentable enfrentamiento entre occidente y oriente, sería demagogia pura el insistir en modificar de forma repentina nuestras claras y prístinas pautas occidentales.

Se pretende entonces aceptar y reconocer nuestras pautas institucionales ante lo que se denomina, lo marginal, lo anormal y lo que por ende debe ser controlado.

Ahora bien, asumido esto, y amparado por exhaustivos análisis intelectuales de eruditos, y apartados de la demagogia fácil, del discurso sencillo de barricada, debemos preocuparnos en mejorar nuestros sistemas de control y nuestras instituciones, por tanto nos vemos en la obligación de discernir que significaría “mejorar”, nuestros sistemas de control y carcelarios.

Tal como nos indica nuestro código penal vigente los recluidos en los sistemas carcelarios de nuestras penitenciarías, deben contar con asistencia espiritual, con oportunidades laborales, con asistencia médica y con posibilidades educativas. La declaración de las Naciones Unidas de 1985, en los anexos, en los artículos 14 a 17, en donde se establece la permanente asistencia material, médica, psicológica y social a la víctima. En nuestra Constitución Nacional, en su artículo 18, “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlo más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”. El Pacto de San José de Costa Rica, incorporado a la Constitución Nacional, en su artículo 5, inciso 6, exclama “Las penas privativas de la libertad tendrán como finalidad esencial la reforma y la readaptación social de los condenados”. A las claras notamos, pese a  que toda nuestra jurisprudencia acompaña, lo que se dice en la teoría no se da en la práctica, pues a los internos de cada una de las penitenciarías se los trata bajo el concepto y de alguna manera bajo el lema del castigo, confundiendo y trastocando, lo establecido por el código penal y nuestro espíritu occidental de control y reconversión o reinserción de aquellos que infringieron la ley.

Nuestra mentalidad intrínseca y profunda no tiene nada que ver con una suerte de ley del talión de ojo por ojo y diente por diente, por tanto y ante el asombroso y preocupante aumento del delito, debemos encargarnos de reconstituir las conductas institucionales tendientes a reinsertar a la población de reclusos.

Preferimos no introducir a la argumentación datos de la realidad cotidiana por dos motivos sustanciales: Primero porque sería muy poco objetivo el comentar determinados sucesos que afectan de manera cruel tanto a los reclusos, como a los familiares de las víctimas que sufrieron las crueles acciones de los Victimarios recluidos. Segundo porque tras la conmocionada opinión pública, tanto por los consuetudinarios actos espeluznantes de los delincuentes, como por los sufrimientos inhumanos de los condenados, operan determinados intereses diversos, que aprovechan el dolor de las víctimas, o para sacar algún tipo de provecho oscuro o simplemente por supina ignorancia y falta de capacitación en los análisis de un tema tan urticante.

No hay ninguna fuente en el documento actual.Por tanto, para ser fiel a nuestras leyes, para encontrar nuestro espíritu social y occidental, para construir educando, brindando oportunidades y con seriedad todo los cambios a la legislación penal deben partir de la base de nuestra realidad de perspectiva, del punto de partida que tomamos para ser pasibles o no de un delito, y de tratar de reducirlo sin pensarlo desde una vereda que no sea la nuestra, la de las meras etiquetas del mercado de vanidades intelectual, ni tampoco de una reacción emocional ante el padecimiento de un ilícito, que se debe reconocer como natural en un cierto número, pero no por ello debemos renunciar a bajar las tasas al mínimo y combatir, por más que sea imposible de lograrlo, como si pudiésemos y quisiésemos hacerlo.

Las acciones políticas, cuando no son claras, no son detalladas o precisadas, es decir obedecen a una lógica oscura, o proveniente de la emotividad de un líder político y no del ejercicio de la razón y los debates y análisis entre varios, se ocultan, sólo por un tiempo en la “cabeza” o en la sinrazón de ese dirigente, funcionario u hombre de poder, pero sólo por un tiempo, dado que al tener su base en algo público (una acción política lo es) en vez de tapar al político lo que hace es evidenciarlo en sus debilidades personales, en sus miserias, en sus dramas, en sus tragedias, en sus karmas individuales.

Hombres y mujeres, “con responsabilidades importantes”, que deben tener sus miserias internas, que al dedicarse a la actividad pública, muchas veces se transforman en mugres públicas.

Sí son adictos a las bebidas, si golpean a sus mujeres, sí tienen afición por el juego, sí son avaros, sí son soberbios, si son mentirosos o lo que fuere.

Hay de todo, como en cualquier empresa o casa de familia. Sí las miserias personales no interfieren en su desarrollo como gobernantes o funcionarios, es sólo una comidilla de curiosos o chismes de pasillo, más allá de un problema personal, en el ámbito privado del sujeto, claro.

Queda al margen la discusión sí el hombre de estado, tiene que predicar con el ejemplo, y hacer de su vida un testimonio, por intermedio de sus acciones, y por tanto, gran parte de su vida privada, es precedente de su comportamiento público. Queda afuera también la aporía sí el poder corrompe (una persona honesta, se convierte en lo contrario al acceder) o sí el poder devela (alguien que se queda con 10 centavos de un vuelto mal otorgado, es un corrupto en potencia con intenciones de desfalcar al estado). Nos ajustamos a la realidad, todo puede ser, hasta que en el ámbito público, no se desate un escándalo, no importa sí el que accedió es pederasta o criminal, sí fuera de modo contrario, al menos se debería hacer un test de personalidad a los funcionarios. Incluso el derecho, lo manifiesta con claridad “todos son inocentes, hasta que se demuestre lo contrario”.

Regresando al punto de la reflexión primigenia, todos tenemos nuestras miserias. Los que escribimos, quizá tengamos prejuicios, o preconceptos, con respecto a los que mencionamos en nuestros escritos, algunos lidiamos con eso, para buscar superarnos, otros se quedan con la inquina, buscan la miseria personal del otro, publicarla, para sacarla del ámbito privado y humillar con ello a la víctima.

Si gobernaran sin dormirse en los laureles, sin creerse en los hacedores de la historia, sin necesidad de pisotear al rival, sin tanta complicidad de timoratos, prestos a la pleitesía, si verdaderamente  combatieran a la pobreza, la desigualdad, la injusticia y la corrupción, sin mirar color o apellido, a nadie se le ocurriría observar, cuanto sale la ropa que visten, si son fieles a sus parejas, si se pasan con el escocés o sí necesitan de un papagayo por las noches. 

Las miserias de los hombres públicos, no tienen correspondencia con cuán miserables sean, o si son publicados sus mundos privados, en una relación proporcional a como se desenvuelven en sus funciones, tiene más razón de ser con no dejar que la política ingrese a sus casas, evitando el nepotismo, el amiguismo, la cofradía, ejerciendo ciudadanía mediante la claridad, la transparencia de lo normativo, propugnando licitaciones y no acuerdos, avalando capacidades y no amigos, discutiendo ideas y no personas, de tal manera no existiría posibilidad alguna de que lo personal de un política fluya como miserabilidad pública.

A decir del texto“Caballo Pegaso” de Giordano Bruno que dice así lo tomamos como conclusión : “Necios del mundo han sido los que han formado la religión, la ceremonia, la ley, la fe, la regla de ida; los mayores asnos del mundo (que son los que privados de otro sentido y doctrina y vacíos de toda vida y costumbre civil se pudren en la perpetua pedantería) son aquellos que por la gracia del cielo reforman la profanada y corrompida fe, medican las heridas de la llagada religión y suprimiendo los abusos de las supersticiones reparan las rasgaduras de sus vestiduras; no son aquellos que con impía curiosidad van y fueron siempre escrutando los arcanos de la naturaleza y computando las vicisitudes de las estrellas. Mirad si tienen o tuvieron jamás el mínimo interés por las causas secretas de las cosas; Si tienen algún miramiento por la disipación de reinos, dispersión de pueblos, incendios, derramamientos de sangre, ruinas y exterminios; si se preocupan de que el mundo entero pereza por causa de ellos con tal de que la pobre alma quede salvada, con tal de que se construya el edificio en el cielo, con tal de que se reponga el tesoro en aquella bien aventurada patria, sin preocuparse lo más mínimo por la fama, bienestar y gloria del estar”.

 

Por Francisco Tomás González Cabañas.

 

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