ANÁLISIS  4 de octubre de 2018

¿Reside el poder político real en el mismo y unívoco lugar que señala la formalidad del sillón de Ferré?

Los últimos acontecimientos, desde la última elección a esta parte de la política doméstica van en el sentido de enfrentar o hacer convivir el pragmatismo y la convicción, especulaciones varias y ópticas cerradas (de lo ocurrido en 2005), que se esgrimen y mucho, no ayudan a nada ni a nadie, quizá lo más prudente sea tan sólo definir estas dos avenidas conceptuales de la política y luego dejar que cada vehículo discurra, y finalmente la gente, vuelva a elegir, visto esta que los analistas y quiénes se forman en opinión ganan demasiado poco arriesgando y mucho más con el silencio. Es decir la concepción a la democracia europea que contempla un poder real, que ejerce un primer ministro votado y otro figurativo de los presidentes elegidos por el parlamento, apoyado en los monarcas o la democracia a la estadounidense que concentra todo en un solo lugar, el presidencial, más allá de respetar un parlamento fuerte.

 

Sí bien el parámetro no es el éxito, tampoco lo es hacer la heroica, declararse libre e independiente, para después jugarla de víctima, La definición de inteligencia es la adaptarse lo mejor posible a un lugar. Los ministros, como elenco estable, que heredó el gobernador votado, pero no elegido por internas tal como lo reclamaba públicamente su propio gobernador, es simplemente el “primus interpares” de un concierto de hombres (no mujeres dado que ministras, apenas una) que deben respuestas al poder real, al político, que desde hace meses anida en el senado.

 

Todo sigue igual, no sé porque algo tendría que cambiar, sí los mismos de siempre, no han perdido sus prerrogativas. Sí los olvidados eternos, no pueden o no quieren, otra realidad. Otra vez, ¿para que hacer la heroica?, ¿de que ficción literaria, habrá salido eso de la moral, de la dignidad?, ¿en que lugar del planeta, o del alma, se premian las supuestas buenas acciones? La desventaja de no creer en un más allá, ¿que sentido tendría ir por el bronce, en una provincia que no sale del barro?

Las mismas noticias que en los veinte noticieros, que en las treinta y seis páginas de Internet, que en los cientos programas de radios, gacetillas impresas, que también inundan correos, museos de minucias diarias, como alguna vez lo definió un escritor argentino.

 

Un nuevo programa, que no se va a terminar de cumplir, o quizá sí, pero que no solucionara ciertos problemas de fondo, que acarreamos desde tiempos antediluvianos, pero vamos, es un nuevo intento, como sí fuera un muro, que se alza, con la posibilidad de que se caiga, para luego volverlo a levantar. El mito de Sísifo, era así, nada más que con la piedra, con razón, los griegos fueron los primeros demócratas, y aún hoy, no podemos encontrar una versión superada de organizarnos políticamente.

 

Tenían razón las señoras de antaño, entre los que no piensan y los que pensamos en una sociedad que no quiere pensar, no existen diferencias.

 

El bien político es lo justo, es decir el bien común; pero a todos les parece que lo justo es una igualdad y hasta cierto punto coinciden con los tratados filosóficos en que se ha precisado sobre las cuestiones de ética (pues dicen que lo justo es algo y para algunos y que debe ser igualdad para los iguales). Mas, de qué es igualdad y de qué desigualdad no hay que pasarlo por alto; pues esto implica una cuestión y una filosofía política.

 

Es posible que alguien afirme que, de acuerdo con la superioridad en un bien cualquiera deben distribuirse desigualmente los cargos, si en las demás cosas los ciudadanos no se diferencian en nada, y son semejantes. Pues los que son diferentes tienen distintos derechos y méritos. Ahora bien, si eso es verdad, el color de la tez, la estatura o cualquier otra excelencia, supondrá para los que aventajen en ellas una superioridad en los derechos políticos. ¿Acaso es superficial este error? Pero es evidente en las demás ciencias y disciplinas: entre flautistas iguales por su arte, no hay que dar la ventaja de las flautas a los de mejor familia (pues no van a tocar por ello mejor); sino al que sobresale en la ejecución, hay que darle la superioridad de los instrumentos”.

 

Hipocresía, porque las clases altas y el puñado de personas que pretenden alcanzar la cúspide de la pirámide social, viven para el afuera, viven por el que dirán, por la apariencia. Leer una obra de Teatro de Lorca o de Ibsen, reflejan taxativamente lo que ocurre en nuestra tierra. La disolución de hecho de matrimonios, que se mantienen por las formas, sea por la homosexualidad encubierta del hombre o por la infidelidad de la mujer, no tienen que ver con la aceptación o la comunión con los principios cristianos. Si fuera por esta razón, no existirían tantos abortos, y por ende aborteras o no se daría el éxito fulminante que tienen en nuestra tierra santos paganos, o no aceptados por el magisterio clerical, o no tendrían tanto trabajos los pais, las mais o payeseras. Y si bien esta crisis de valores se da a nivel internacional, la misma no ataca con tanta virulencia como en nuestro terruño. Acá, es conocido por todos (vox populi, vox dei) que a un policía o a un docente, o cualquiera que tenga que aplicar una norma, le tiembla la pera (o se pone nervioso y no lo puede hacer) sí el afectado es alguien que tenga un apellido tradicional o pertenece a una familia patricia. Lo mismo ocurre en los trabajos, el curriculum de un "don nadie" no es visto con los mismos ojos que si la solicitud proviene de alguien que viva dentro de las 4 avenidas.

 

A esto se le suma la característica machista de nuestra sociedad, donde una mujer que no se ha casado antes de los 30 años, o es una atorranta o le gustan las mujeres, o donde las chicas de barrio (sea solicitando empleo o yendo a un centro de diversión nocturna) es considerada un objeto sexual, presto para saciar las necesidades de algún varón que tenga un vehículo. Y lo peor es que la reacción es furibunda y venganza a la feminista que no es cambiar ni deconstruir el concepto, sino invertir géneros.

Sin más, si se deja guiar, por quienes piensan la política desde otro lugar, por el sólo hecho de pensar, su gestión, su obra, su construcción, será diferente y todos le recordaran, por siempre, pese a que no lo mencionen a diario, y en los diarios, cuando, en ese fractal de tiempo, le sea otorgada la placidez del poder.

 

Lo cotidiano, aquello que se lleva puesto a los estrechos de mente y que recién dan cuenta al fin de su mandato, es sólo circunstancial, el tiempo no pasa, nosotros transitamos en él.

 

En un día a pleno, en funciones, en vez de encargarse de decidir sobre a quién recibir, a quién llamar, o a quién enviarle una soberbia señal de poder, usted logra que sus riendas le cambien el destino a una sola persona, en una año serán la mitad de mil y en cuatro la mitad de diez mil, sí a eso le suma la familia y las amistades, cuando su período vaya concluyendo, no necesitará lanzarse a la reelección, la pedirán por usted, le irán a golpear las puertas, no a usted, clamando por que se quede.

 

En definitiva la construcción política, no difiere demasiado de la conquista de una mujer, sí a una dama, la apura, la aprisiona, la atosiga, le pregunta todos los días sí su amor es correspondido, no logrará más que distanciarse, ahora en cambio sí se abre de corazón sin pedir nada a cambio, un buen día la tendrá a sus  pies, suplicándole que nunca la abandone.

Dependerá de usted si quiere el favor del millón de correntinos o de uno solo. Esta es la única elección que debe hacer desde el sillón en donde lo pusieron, tanto los votantes  y quién  lo promovió, pensando o especulando que tal vez usted, no tenga el fuego sagrado de ir por el poder real, sino se quede, con las luces de la carroza, como la bastonera más bonita tirando besos y saludos, pero nunca jamás, manejando la comparsa, ni mucho menos, el carnaval, para el millón de correntinos.

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