ANÁLISIS  1 de septiembre de 2018

¿Cómo terminará la crisis?

“La esencia del hombre moderno es la ausencia de pregunta. En el lugar de la pregunta, la respuesta se anticipa bajo la forma de una certeza que cierra la puerta al inconsciente. El inconsciente es la distancia que existe entre nuestros actos y nuestra comprensión de su sentido. Esa distancia, que en el hombre freudiano constituía el núcleo de su conciencia desdichada y lo impulsaba a rescatar el imperativo délfico en la forma renovada del análisis, está a punto de cerrarse. Es por ese motivo que la psicosis, en singular, más allá de sus variaciones que pluralizan la forma en que se presentan ante la mirada del clínico, es a partir de ahora el modelo del hombre. Y es por ese motivo que Lacan, misteriosamente, predijo que la psicosis es la normalidad, es decir, la norma. Porque la normalidad, la normalidad como triunfo absoluto de la cosmovisión que rige la era actual, ya no es solo el resultado de una construcción ideológica, sino también el producto de una verificación empírica: el hombre va dejando de creer en su síntoma, va dejando de suponer que el síntoma tiene algo que decir”. (Dessal, G. 2018)

"De todos los diagnósticos, la normalidad es el más grave, porque ella es sin esperanza ". (Lacan, J.). ¿Usted que controla? ¿Qué pretende controlar? ¿Ejerce poder? ¿Siente el poder que ejercen sobre usted? Consideramos que son preguntas obligadas que debemos hacernos antes de emitir un comentario, sí lo queremos realizar con un tamiz de razonabilidad.

 

Presente en el pensamiento del Francés Michael Foucault, definido según las corrientes de pensamiento como un “post-estructuralista”. Este verdadero arqueólogo del saber, reconocido como un verdadero erudito y teórico en el campo filosófico, desarrolló una prolífica carrera literaria, innumerables textos de su autoría son considerados lugares obligados, tanto para estudiantes como para profesionales ligados al ámbito intelectual. En una de sus obras, más concienzudas, más trabajadas y polémicas a la vez, intitulada “ Historia de la Locura”, dividida en tres grandes tomos, Foucault se encarga de realizar una verdadera arqueología, desde el punto de vista del Poder, entendido este como la puja entre los sectores dominantes y dominados, y su relación con las denominadas estructuras de Control.

 

El carril de la investigación es la condición de la locura, es decir, independientemente de las definiciones psicológicas pertinentes, el estado de anormalidad de un sujeto desde el punto de vista de las estructuras sociales, o a decir de Foucault, de las estructuras de Poder.

 

La locura, se basa entonces, en una propuesta estructural de que los hombres están sometidos a las estructuras y no a la inversa, y que el paso de la historia de la locura se ve delimitado por un marco propio de éstas, que establecen modelos propios de relaciones que son diferentes manifestaciones de un mismo sistema estructural. Foucault inicia de esta manera un recorrido cronológico, a lo largo de la historia de humanidad, llevando como centro de la investigación a la locura. Expone que al final de la Edad Media la lepra desaparece del mundo occidental y la margen de la comunidad y en las puertas de la ciudad quedaban leprosarios vacíos, por tanto la encarnación del mal, o de lo anormal, pasa de la lepra a la locura. Esto llevaría a pensar primariamente que toda conducta marginal, frente a la comunidad significa un acto de locura. Este análisis aparece para Foucault como una necesidad Europea de autodefensa, ante el miedo indirecto a contagiarse de lo oriental o de lo africano, que son sinónimos de enfermedades y locuras poco civilizadas o si se prefiere de culturas marginales. Claro que esta marginalidad, es tal, por contrastar con la sociedad occidental. Olvidando así al leproso, dice Foucault, sigue la estructura que permanece aguardando quien la llene, y serán entonces los pobres, los vagabundos, los muchachos del correccional y las cabezas alienadas quienes pasarán automáticamente al sistema de exclusión. El autor francés, continúa con un maravilloso análisis acerca de la definición de la locura, es decir tanto a nivel psicológico cómo post-estructuralista, pero a razón de la argumentación y al tema que nos ocupa, vale decir que lo que Foucault va perfilando, con su sello propio, es la disputa misma entre aquellos que por diferentes circunstancias, sean locos, o jóvenes, “ lo común entre un loco y un joven es simplemente su no aceptación de los principios morales sociales establecidos por sus mayores. El joven como el loco asume posturas impensadas para una sociedad y entonces está marginado”, por tanto se ven enfrentados con lo que se denominaría las pautas del poder reinante o las estructuras de poder. “ La reclusión individual en su triple función de ejemplo de terrible instrumento de conversión y condición para un aprendizaje”, expresa el intelectual francés, para continuar diciendo “ Una adopción meticulosa del cuerpo y del tiempo del culpable, un encuadramiento de sus gestos, de sus conductas, por un sistema de autoridad y de saber...El enderezamiento de la conducta por el pleno empleo del tiempo, la adquisición de hábitos...No se castiga para borrar un crimen, sino para transformar un culpable”.

 

Es decir el planteamiento de Foucault, consiste básicamente, apoyado además en otra serie de textos como; Vigilar y Castigar, Las Palabras y las Cosas, Historia de la Sexualidad, La verdad y las leyes en las formas jurídicas, en el estudio de la actuación de las normas tanto morales, sociales, jurídicas de los sectores dominantes, o los sectores rectores y reinantes en el poder, o sea los sectores dirigentes e institucionales y de cómo, en el que caso que lo hagan, transforman a sus elementos sociales, que transitan por fuera de la ley.

 

 

Retomando las investigaciones de Foucault, lo que se quiere recalcar es precisamente las formas y el fondo de nuestro comportamiento, desde el punto de vista institucional o de los sectores de control y poder, que marcan a las claras nuestras reglas y métodos que como sociedad aplicamos a diario.

 

Es decir lo que no se puede controlar, pero que surge, debe ser ocultado, reprimido o castigado, aquellos que prefieren transitar por el afuera del control, son estigmatizados, “loquitos”, librepensadores que de acuerdo a los títeres del sistema de control, acabarán agotados predicando en el desierto.

 

Tal como en la psicología, cuando plante la existencia del inconsciente como complemento del yo, de la estructura psíquica, que necesariamente habla, por intermedio de sueños y de fallidos, desemboca en patologías (o enfermedades) cuando ese inconsciente, no controlado e imposible de controlar es severamente reprimido y no tenido en cuenta o negado.

 

Seres constituidos con un temor profundo a la falta de certeza, racionalizamos nuestros sentimientos y creamos un sistema de vida, que se debilita cuando, necesariamente, se nos filtra del inconsciente, un sueño que no quisimos tener, una pesadilla, una frase que no pretendimos verbalizar, asoma con brillantez el sol que nos dice que no podemos, por más que nos esforcemos, en tener el control de nosotros mismos.

 

Pero vamos por el control, del sistema, de la sociedad, impulsados por esa debilidad innata, que cada tanto nos aflora y nos recuerda que no podemos controlarnos nosotros mismos. Vamos por el poder, para decirle al otro, que es lo normal, que es lo que tiene que hacer y que no, disfrazamos a un grupo que nos diga si no cumplimos la ley, a otros, con otros disfraces si estamos sanos o enfermos, todos formados por otro grupo que inculca conocimientos, para que estos inculquen a los inculcados, un diálogo donde la prenda de cambio es el trabajo sistémico que nos hace otorgar tiempo a un sistema de producción, para que nos digan que tenemos que decir, sí lo que decimos está bien o mal, sí corresponde, en el mejor de los casos, claro, cuando el tiempo no señale lo obligatorio, dormir, trabajar, comer.

 

Entonces utilizamos las salidas temporarias, otros sistemas que nos brinden la certeza que nunca podremos obtener pero que estamos condenados a buscar. Abrazando la tecnología que nos costará el exterminio de nuestros recursos naturales, construimos redes sociales, virtuales, donde, más allá de la comunicación y de la exposición pretendemos imposibles, como tomar cervezas, comer rosquetas, fumar cigarrillos, pertenecer a grupos, militar causas, todo, por intermedio de un click.

 

Cuando en una determinada mayoría, el amor real, duele tanto, que se prefiere establecer un vínculo cibernético, manteniendo sexo y despertando en los protagonistas sentimientos serios, por más que no existan intercambios de fluidos, esa mayoría genera una realidad, antes inexistente, que debe ser considerada como tal, independientemente de lo que parezca a ojos de quiénes se manifiestan en la vida con otros parámetros.

 

Los griegos que nos legaron la democracia, consideraban natural no sólo la homosexualidad, sino que se sospecha (al menos etimológicamente) que la pedofilia era socialmente estimulada. Foucault murió de Sida, dejándonos como herencia sus textos.

 

Quizá nuestros sistemas actuales, que nos movilizan a vivir tras una pantalla, desde la sexualidad, hasta el amor, pasando por la militancia política, sea una manifestación clara, de que en realidad lo que no controlamos, o se ha salido de nuestro control o de nuestras intenciones conscientes, es un sistema de político, administradas por meros oportunistas que ni siquiera reconocen que no se pueden controlar ellos mismos y por tanto difícilmente, desde lo consciente, puedan cambiar las cosas para bien en nuestra comunidad, los que no están en el manejo real del poder, los que no pertenecen al sistema, son los locos, los enfermos, los que en el mejor de los casos, pertenecen al mundo de las redes sociales, que en muy pocas oportunidades se cruzan con el mundo del poder fáctico que administran.

O el problema es el sistema, y por tanto debemos cambiarlo, o el problema somos nosotros, sin que ningún sistema nos genere resultados. A mitad de camino, solo estará el desasosiego, o la angustia, de no bancarnos las preguntas sin respuestas, la naturaleza de nuestro vacilar.

Por @frantomas30

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