ANÁLISIS  10 de agosto de 2018

La falacia de “lo que le interesa a la gente”.

Tal como lo fue en su momento; el concepto definición de “El pueblo” , o “la ciudadanía”, se escucha y mucho, contaminación reciente mediante, por parte de politólogos y supuestos teóricos de lo político (en verdad sofistas, que trafican en el sitio medio, sin que se animen a proponer un camino tercero o diferente, que subsanen las carencias de lo práctico o de lo abstracto, es decir se granjean ingentes recursos en ese no lugar, en la paresia del medio) la prolongación de esta idea, que supuestamente poseen una verdad revelada, tras frotar un talismán en una impostada postura de gurúes, que saben a ciencia cierta lo que le gusta, quiere, pretende o le interese a la gente. El político o funcionario, compra esta idea, básicamente porque le es funcional al “piloto automático” con el que se lleva su sueldo, siempre fornido, suntuoso, para administrar la cosa pública o representar a los representados (obligados por el pacto tácito mediante) sin que tengan que hacer demasiado, más que responder, cuando, muy oportunamente, desde algún lugar le llega alguna idea, con esta frase-verdad, alumbrada por esos “mágicos” (que antes engañaban con las encuestas) que determinan que nada o casi nada, es del interés de la gente. Como para fulminarlos, conceptualmente, sí esto se correspondiese con la verdad, entonces debiéramos disolver lo público y por ende, resignificar la función del político o del funcionario…

Nadie puede responder, que hacen o mejor dicho que podrían hacer en un partido político determinado, un martes a las seis de la tarde. Si todo ya está definido de ante mano, si sólo aquellos que ejercen cargos, sentados en los pupitres simbólicos del poder, son los que tienen voz y voto, y el resto obcecada, cómplice o hasta rebeldemente debe obedecer, con el grito estrepitoso del silencio, pues tenemos la política en ningún lugar y en todos los lugares a la vez.

Esto que parece filosofía barata o de manual, es en verdad sentido común, sí la política no está en los partidos, ni en las calles, ni en los lugares en donde se pavonean solo  los exponentes simbólicos de la misma, pues entonces anida y reina en todos y cada uno de los lugares en donde doblemos nuestro rostro.

“En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía forma de tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el Napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella…¿Por qué entregarse a la gran costumbre? (Cortázar, Rayuela)

 

 

Con la política, el ciudadano siente exacta y precisamente lo contrario. Percibe que para ser atendido, contemplado, amparado, escuchado, contenido, tal como lo indican esas letras muertas que dan en llamar leyes y normativas y que supuestamente conformarían la base de un estado de derecho y de una comunidad democrática, tiene enfrente, y no como aliados, como servidores, a la clase política, presta a mutilar las expectativas y las posibilidades del tipo común, por esta lógica que determinamos como título. El ciudadano, si bien no exterioriza a los cuatro vientos esta injusticia, la siente, la palpa, la respira, la lleva cuál karma esotérico, y la procesa en una dimensión ajena a la comprensión y al entendimiento del político.

Resulta muy sencillo, y aquí haremos uso de la suma y de la resta, en vez de acudir a esos enemigos de esta tardomodernidad que son los libros y los pensadores, dar cuenta de la realidad inobjetable de que la ausencia o la presencia del estado maligno para muchos es debido a la omnipresencia positiva del mismo en muy pocos.

Sí un legislador, cobra 20 veces el haber mínimo, está ocupando en las grillas de economía de ese estado el lugar de los que en teoría tienen la garantía de tener las mismas posibilidades y de encontrar ingresos mediante la idoneidad y sin que pesen prerrogativas. Si ese mismo legislador dispone de un cupo, espacio o presupuesto para designar a trabajadores por el monto de 15 sueldos mínimos y si a eso se le agrega que el mismo estado, le abona los servicios en su oficina, los gastos de traslado (vehículos, nafta, pasajes) como así también comunicaciones (celulares, fijos, wifi, computadoras) por lo que en términos concretos le representa al tesoro una erogación similar a la que realiza un empleador para al menos 40 de los trabajadores, terminamos de completar el cuadro de situación sin que aún signifique nada.

Comienza a significar para el ciudadano común que sabe perfectamente de esto (¿Algún medio de comunicación le ha preguntado a algún legislador cuánto gana en términos reales y cuanto en estos ítems de representatividad y nombramientos?) cuando nota o mejor dicho cuando percibe, la presencia del estado en ese tipo, que además no le resuelve ni le facilita su vínculo con el estado. Es decir lo nota efectivamente cuando lo ve bajar de su auto caro, cuando se entera su mujer en la peluquería que la mujer del legislador cobra sin ir a trabajar, cuando entra a su red social y ve las fotos de las vacaciones de este, de sus inmuebles permanentes y de descanso, al salir a pasear y verlo de pasada en los lugares más caros, descorchando los espumantes más costosos, en tantas situaciones tan cotidianas en donde esa obviedad de la omnipresencia del estado en estos pocos es condición necesaria y suficiente para que el tipo común y de a pie, se le incremente la presión impositiva, se le acorten los plazos de pago y tenga que escuchar lo que le dicen, hablar cuando se le permite y votar de acuerdo a como lo condicionan.

Hace mucho que destacamos que no es una cuestión de izquierda, derecha, de conservadores o progresistas, de tal o cuál partido, estos son simples enmascaramientos para la gilada, porque se necesiten algunos cuantos bobos que se crean el discurso de enserio, mientras los pocos vivos se disputan el poder en términos reales, y en el medio, el tipo que menos mal, tiene a un Francisco, que en el mundo de la religiosidad católica, al menos le allana su relación con dios, no me va a decir, caro lector, que usted aún no se dio cuenta, nuestros políticos le deben la vida al ex cardenal, no por casualidad no visitan a cada rato de todos los pelajes, sin él, la ciudadanía hubiese obrada de otro modo, ante tamaña injusticia que vive a diario, con la complicidad de las leyes perversas que dicen una cosa, pero en el ejercicio de la realidad son una burla para el tipo común.

“Los miembros de un estado, unidos con vistas a la legislación, se llaman ciudadanos y sus atributos jurídicos, inseparables de su esencia, son los siguientes: la libertad legal de no obedecer a ninguna otra ley más que aquella a la que ha dado su consentimiento; la igualdad civil, es decir, no reconocer ningún superior en el pueblo, solo a aquel al que tiene la capacidad moral de obligar jurídicamente del mismo modo que éste puede obligarle a él; en tercer lugar, el atributo de la independencia civil, es decir, no agradecer la propia existencia y conservación al arbitrio de otro en el pueblo, sino a sus propios derechos y facultades como miembro de la comunidad” (Kant “La Metafísica de las Costumbres”).  

No es necesario haber leído a Raymond Aron, como para coincidir en que “La verdadera democracia no se agotará con la participación episódica en los asuntos públicos por medio de elecciones o de representantes elegidos, solo se realizará por la fusión entre el trabajador y el ciudadano, por el acercamiento entre la existencia popular y el empíreo político”.

Tenemos que volver a los libros, para entender porque desde estas columnas se lucha contra aquellos que pretenden establecer como norma, que desde tiempos inmemoriales (lustros, décadas, mandatos interminables o calesitas ensortijadas) se puede seguir siendo democrático y representar con legitimidad a la gente, por más que se haya obtenido la legalidad de los votos. Vuelve a decir Raymond Aron; “La democracia es esencialmente la negación de la aristocracia, la desaparición de las órdenes privilegiadas, la supresión de las distinciones de estado, y paso a paso, la tendencia a una igualdad económica, a una uniformidad de maneras de vivir. En la democracia el trabajo se convierte en actividad honrosa, normal para todos y cada uno de nosotros. Criados o presidente, todos perciben igualmente un salario se le paga para mandar, como a los otros para servir”.

Por Francisco Tomás González Cabañas

filopolitica.blog

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