CULTURA  14 de julio de 2018

“Estamos transformando al libro en el prostíbulo donde se cosifica y mercantiliza al pensamiento”.

En la presentación de su obra “Interdicciones políticas, filosóficas y psicoanalíticas”, Francisco Tomás González Cabañas, presentado por Carlos Coria García, gráfico con poética precisión por donde pasa la compulsa cultural del momento en occidente: “Mediante el número, venimos totemizando, sacralizando los ámbitos conceptuales donde agoniza lo que va quedando de nuestra humanidad, creemos en la democracia porque nos dicen que uno tuvo más votos que otros, creemos en los libros por la cantidad de páginas que tienen, por la cantidad de títulos mediante notas numéricas, que obtuvieron los que los escribieron, o por la cantidad de público que asisten a las presentaciones de los mismos, en la retahíla de estas multiplicaciones pornográficas de me gusta, de aceptaciones, del compartir, en donde todo se lee bajo el resultante aritmético, prostituimos nuestra posibilidad de pensar, de expresar lo que sentimos, censurando nuestras perspectivas, poniéndonos bajo el número-amo, que nos enajena, que nos convierte en meros receptáculos de las emanaciones de lo que le sobra al mercado, somos las prostitutas acodadas en las barras de las whiskerías, esperando vender nuestra dignidad, por los mendrugos en los que terminamos de cosificar la experiencia de lo que seriadamente, nos convencen que es la vida, una cifra, antes que una emoción, que un concepto, que una frase, que una imagen, que una palabra”.

Fue en la Ciudad de Esquina, como en su momento fue Madrid, o Guadalajara, cualquier rincón occidental, es propicio, para que Francisco Tomás González Cabañas, desate o pretenda hacerlo, los nudos gordianos en que venimos encerrando, problemáticamente nuestra experiencia política de lo humano. Con la excusa de una presentación cultural, llega sin el objeto por antonomasia; el libro. Le sobran, de allí que no los necesite. Recuerda una máxima, que no por básica y elemental no resulta demoledora; los escritores no escriben libros, escriben palabras. Los libros, son producto del trabajo de los editorialistas, de compiladores, pueden ser recopilaciones de charlas, de amontonamientos de esas palabras al viento, que otro, no el escritor, las subsume en el objeto libro. Sin embargo, en algún momento, tal como sucedió con la democracia, el síntoma se transformó en la enfermedad, el fin se apoderó del medio y el fetiche numérico, a decir de los españoles, es “nuestro puto amo”. Ya no importa que se ponga, que se encierre en el papel, sea en el clásico o en el electrónico, en la actualización del estado, en responder esa pregunta inquisidora de que estás pensando o que está ocurriendo de la red social, necesitamos el número, la cantidad que nos indica que existimos gracias a las falsas aprobaciones de esas masas, que no son más que eso, la transfiguración de lo humano, la trampa, más insidiosa y fenomenal en la que hemos caído.

Tal como las víctimas de trata, que caen en las redes prostituyentes, no sólo que sin clientes no habría trata, sino que sin aplaudidores vanos, complacientes, de ferias, eventos y zonas de confort en donde lo cultural se presenta como festivo, como orgiástico, no habría tanta pobreza, escandalosa, vergonzante, sideral, inhumana, como la que pueblan nuestras calles, nuestras esquinas, nuestras piélagos y reductos de marginalidad en donde queremos poner, falsa y estúpidamente, en condición de migrante, a la incapacidad que demostramos de hacernos cargo de que las injusticias e inequidades que nos propinamos.

Finalmente, en la noche de julio, González Cabañas, público mediante, se pregunta ¿Para qué escritores en tiempos donde se bastardea la palabra, en donde se la subsume al número que nos tiraniza bajo su yugo totémico y totalizante?

 

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