ANÁLISIS  7 de junio de 2018

Las mujeres correntinas van a las calles, cuando deberían ir a las poltronas del poder.

Empoderadas, tal como les gusta definir el estado por el que atraviesan, en “sororidad” desafiando la matriz (que término tan contradictorio en este contexto) del poder “machista” o que sustenta el “machirulaje”, en nuestra comarca, las réplicas de los combates por la perspectiva de género, se multiplican en marchas y manifestaciones que ganan en número de adherentes, como de calles transitadas para hacer propio el espacio público. Sin embargo, referencia Ibérica obligada, como lo es desde nuestra historia misma, desde España, el reciente gobierno de Pedro Sánchez, sacudió el tablero de “género” entronizando a 11 mujeres como ministros de un total de 18. Tal vez, se precise, que en poderes como el judicial (no existe ninguna ministra en el STJ) y el ejecutivo (el Gobernador Valdés, en vez de aumentar la cantidad de mujeres en su gabinete, las redujo, dejando sola a Benítez, entre los 11 hombres que la acompañan en las distintas carteras) las mujeres, además de las calles (¿cómo consecuencia de esto o a pesar de esto?) ganen, por sobre todo, espacios en las poltronas en donde la cosa se decide, se define y el poder se expresa, cabalmente.

En el único poder del estado, podríamos proyectarlo a toda Argentina, que la mujer tiene consagrada la igualdad desde la perspectiva de género es en el legislativo. No solo que en partidos, como en “cupos” la mitad de las listas debe ser integrada por hombres y la otra mitad por mujeres, sino que además existen institutos como “la banca de la mujer” y conmemoraciones de gestas, como las del 8 de marzo y del ni una menos, que visibilizan una situación que nos atraviesa a la sociedad en su conjunto.

Pero claro, de los otros poderes, el judicial como el ejecutivo, no sólo que no se habla o no se dice nada, con respecto a generar políticas de igualdad desde una perspectiva de género, sino que hasta se podría decir que se empeora. Es el caso del ejecutivo provincial que hasta diciembre, contaba con dos mujeres entre sus carteras y ahora solo dejó a una. Sí le sumamos los entes autárquicos, descubriremos que sólo se suma otra mujer más, es decir en casi 20 lugares que el gobernador tiene para ejercer la igualdad desde una perspectiva de género, aplica, apenas el 10%.

El goce falocéntrico (lo expresamos también, en otro artículo que dimos en llamar “La fase del falo debiera ser la fase de la vagina. Deconstruyendo a Freud”)  eyaculatorio, es patrimonio, o mejor dicho potestad del hombre, que puede compartir acres con su coyuntural acompañante, que bien puede ser mujer, pero de lo que se desprende del acto sexual, lo que va más allá y construye, amor y más luego, institucionalidad y por ende poder, es el reinado de la mujer, el síntoma de la humanidad, que a decir de Heidegger, es lenguaje, en su búsqueda irredenta ante el olvido del ser, aquella esencialidad que derrapo en las costas griegas, es la mejor invención del goce femenino, sexual y político, que reside en el habla, en el habla sin comprender, pero que ejerce poder, un poder sin finalidad ni sentido, pero poder al fin.   

Sí no fuese por todo lo que logra la mujer después que abrió la piernas, seguramente el hombre (en este caso entendido como el género masculino) continuaría la zaga de aventuras bélicas, como las que forjaron nuestra historia, y que de un tiempo a esta parte, devinieron en los combates a control remoto, las simulaciones tan bien narradas por Baudrillard, que constituyen nuestro actual mundo post, ya ni siquiera post-moderno, sino post como apocope de posteo, en la batalla virtual, en la que se dirimen los conflictos por tener mayores me gusta, en esta suerte de cosificación viscosa en la que parece sumergirse la mujer, para que el hombre crea que la somete, cuando en verdad si quiera se pregunta si su vida de sábados y domingos de futbol y el resto de la semana de oficina, con el crucifijo en el zaguán no constituyen una suerte de presidio que lo resguarda de la aventura de lo incierto, de los combates de otrora, en donde entre tanta guerra, compartía lechos con los propios, poniendo en riesgo con ello, es decir jugándosela en los extremos del Eros y el Tanátos, la continuidad de la especie, algo que sin duda y nos guste o no, se lo debemos a la mujer, que envestida, o arropada en este poder, ha usado al hombre para hacernos creer que podemos tener dominio por sobre lo público o decisión de lo político.

Sí la adopción del sistema político-social actual, tiene algún rostro de género, una referencia a una forma de entender la perspectiva de lo humano, está más cerca de serlo desde la mirada femenina, la que aboga por institucionalidad, acumulación y conservación de las cosas dadas.

Tal vez la sabiduría de la mujer no deba ser conceptualizada como algo  cercano a su útero, sino lo que sale de sí, que es todo aquello que significa humanidad, independientemente del nombre y de la forma que represente cosa distinta a lo que es en su dimensión más exacta de lo humano. Sería propicio que desde lo femenino se hable de esto mismo, de lo político en cuanto tal, y desde lo masculino, escuchemos aceptando que no tenemos todas las herramientas como para interceder en un plano que no sea el del trazo grueso, de lo teórico, o de la implementación más directa y rudimentaria, pues en lo estratégico y táctico impera la mujer, en un mundo, que de ser a imagen y semejanza de ella, debiera ser mucho mejor de lo que ha sido y es.

 

 

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Concha.

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