POLíTICA   5 de junio de 2018

La Selección Argentina hace décadas que juega con la camiseta manchada con sangre.

Históricamente Junio, cada cuatro años es el mes de inicio de los mundiales de fútbol y anualmente, el llamado mes del libro, como en Argentina, los sendos días del periodista y del escritor. Existen normativas que fatigan la lectura, o la estimulación de esta, pero que en términos reales, no se aplican ni por asomo. El acoso y la discriminación, injusta como dolorosa, que otrora vivían colectivos como los de una sexualidad diversa o no obcecadamente heterosexual, los sobrepasados en kilogramos de acuerdo a la estética imperante, lo padecen en la actualidad, los que escribimos, como los pocos que leen algo más que la media. No solo que los prestamistas, tienen más prestigio que los poetas, sino que, gradualmente, escribir ya pasa a ser una actividad, ociosa, cuando no peligrosa, fronteriza, de románticos pelotudos en el mejor de los casos o de irreverentes por exceso que no se adecúan al sistema, unívoco y atroz, de la oferta y de la demanda, que nos cosifica en grado sumo y sagrado. Dado que con la palabra, podemos recordar, que aún nos consideramos campeones del mundo, mediante un gobierno de facto, que comprobadamente violó, torturó y mató en nombre del gol y hasta posiblemente, sobornó rivales, en el colmo de la perversidad demagógica de la que se siguen nutriendo la mayoría de los que no leen.

Porque esa posición de contreras de pintarse la cara de verde para parecer raro, tampoco es saludable para el cuerpo social, pero tampoco lo es el endiosamiento del opio en que han transformado a la pasión futbol, en el fabuloso negocio que es, donde a la mejor definición Borgeana, once tipos que corren detrás de una pelota, valen, en todos los sentidos, más que miles que se levantan temprano a sostener con la gota de sudor y esfuerzo a todo un país.

Una cosa no quita la otra, pero que el gritar un gol, o porque no el clímax de levantar una nueva copa del mundo, si tanto respetamos los derechos humanos desde la institucionalidad, deberíamos devolver la copa del 78 dado que tal acto simbólico, como necesario no nos debe alejar de tener presente algunas cosas.

 

Entre ellas, que no es inocente, nada en el mundo lo es, la fortuna desproporcionada, sideral y desigual, que ganan ciertos tipos por pegarle a una pelota, no existe ningún argumento que se precie digno de ninguna religión que pueda sostener las cifras que manejan los protagonistas de nuestros gritos de gol

 

Consideramos que ciertas realidades, al menos las que pretendemos develar, se pueden vislumbrar, con mayor claridad, si la contraponemos, si la forzamos a una adversidad que pudiera resultar tan contrastante para que se dilucide lo que pretendemos transmitir

 

Existe una desproporción comunicativa que vuelcan los medios hacia actividades como las deportivas y del mundo del espectáculo en detrimento a los filosóficos, en supuesto cumplimiento de una demanda “social” e incluso normativa.

 

No ser cómplices del ninguneo al saber y el conocimiento

 

Algunas cuestiones son necesarias atravesarlas con el cuerpo, sentir el corte desgarrador en la piel, como para ratificar lo que siempre creímos o intuíamos. Entender más luego que en verdad es mentira ese discurso que avala, promueve y anhela la cultura y la dedicación intelectual de los ciudadanos de una comunidad, que mientras sea de la teoría por la teoría misma, o en verdad como vara, para que alguien desde una posición de poder baje línea, por sobre quién tiene abajo, funciona perfecto, con una fluidez discursiva y una difusión en los medios inusitada.

 

Ahora, si por esas casualidades del destino, uno toca, el mundo del conocimiento intelectual internacional, siendo aceptado, tras el envío de artículos que son rigurosamente evaluados, en congresos, simposios y encuentros de la filosofía en sus diferentes campos, en más de seis de los mismos, es mejor no decirlo, no reconocerlo, no mediatizarlo, dejarlo pasar, no darle importancia. Insisto, no es una cuestión de vanidad, tampoco de sentirse o pretender una heroicidad de comic, es simplemente una reflexión, que es básicamente a lo que uno se dedica, como no hacerlo entonces si estas situaciones le tocan de cerca.

 

Y esta cercandad, es casi una obligación, pues con asombro veo como sociedad, alabamos, al punto casi de insubordinación estupidizante, a nuestros deportistas y cantantes, que más allá de que se merezcan nuestro reconocimiento y aplauso, no creo que sus logros ameriten que nuestras hijas sean sus juguetes sexuales o que nuestros niños lo único que pretendan en la vida sea patear una pelota

 

No se trata de disputar nada con nadie, simplemente de preguntar en voz alta, porque tanta foto, tanta difusión, tanta idolatría hacia ciertas actividades, y a contrario sensu, porque la invisibilización absoluta, ante quién trabaja con los músculos del cerebro, sí de actividad hablamos y porque no de vida sana

 

A ¿Qué clase de discursos estamos bajando? ¿Qué le estamos diciendo a las generaciones que vienen por detrás? ¿Qué aplaudimos y que dejamos de aplaudir?

 

No caben dudas, sea por acción u omisión las referencias culturales que se trazan desde el poder político y dirigencial, se construyen bajo los estereotipos, del hombre-jugador de futbol, la mujer-modelo-botinera, de lo contrario no existirían tantos programas, es decir dinero público, volcado a las actividades que consolidan estos paradigmas referenciales que replican el éxito, cuando alguna mujer de sinuosas curvas, caza a algún joven nuevo-rico de la televisión, exteriorizando para ello, la desnutrición cultural que tal acceso le exige y repitiendo, como si fuesen dioses olímpicos el golpe que ciertos afortunados le dieron a una pelota, hasta el hartazgo repetitivo, de hacerlos aún jugar al borde del geriátrico en donde perduran cosificados, bajando la línea del hacer por hacer sin pensar, camuflado en el mens sana in corpore sano.

Por @frantomas30

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