POLíTICA   30 de mayo de 2018

Gobierno itinerante, gobernados atontados.

Estos gobiernos millennials (se usa este neo-gentilicio para señalar a los que nacieron después del presente siglo) que toman muy en serio que la gobernanza es la gesta menor de repartir preservativos, cuando no sex toys, y turbar la más media pública con avisos de buena onda y paz, creen estar consolidando lo democrático, haciendo que sus principales figuras en la cúspide del poder, a diferencia, contraposicional del otrora caudillo o líder carismático, le saquen los mocos a los niños que siguen empobrecidos, barran las letrinas en donde nadan las angustias de los jubilados y demás acciones demagógicas prestas para el modo red social, en donde acólitos y enfermos de positivismo, que enajenan la posibilidad de crítica constructiva, con desdén y malicia, incluso, acusan a los que no se alinean en tal enfermedad, de apodar con la tilinguearía de “mufas” o de mala ondas (usan términos más edulcorados como vibra y demás) para apostrofar lo político y transformar en errante la dinámica del poder.

Este se disuelve en la inconsistencia de los gabinetes, como de las sesiones itinerantes, en esos programas que no hacen más que reconocer la inutilidad del estado, que reza, precisamente el estado en tu barrio, en tu plaza, en tu maceta. La política, nunca dejó de ser la definición de prioridades, lo otro, es decir este apostolado de la repartija de estampitas, de promesas, esta hiperkinesis en que, cuál adictos, caen irredentos, la mayoría de nuestros políticos, que se pisan por hacer lo mismo (es decir distribuir y no convencer, ponerse el cassette y no seducir) para luego redistribuirlo en la picadora democrática en que transforman, con estas emanaciones,  los medios de comunicación, no hacen más que socavar la posibilidad de que vivamos o lo intentemos en una comunidad mejor, o en donde se planteen estas cosas, estos deseos, estas aspiraciones y que se contrapongan las mismas, para luego, que se definan las prioridades para llevarse a cabo, es decir que se haga política y no una parodia, itinerante o no, de la misma.

  ¿De verdad, a alguien con razón y sentido, se le puede ocurrir que un gobernante, tendrá éxito, si trasviste, tránsfuga y pervierte su función, sirviendo un guiso, o recorriendo una obra? Cómo sí el pueblerino o el citadino, tenga que estar obligado a esperarlo todo de ese gobernante. Bajo este condicionamiento, bajo esta postración, disfrazada de calidad democrática y contacto con la gente, se inocula un veneno de peligrosidad inimaginable en las capas sociales, transmitiendo la confusa idea, de que el gobernado, debe esperar, alelado, que le llueva la discrecionalidad, la arbitrariedad del gobernante. Práctica injusta para este también, que lo pone en el ridículo de andar abrazando, saludando y haciéndose el prócer, con cuanto malandra tenga enfrente por el simple hecho de ser ciudadano o en verdad habitante. En vez de pregonar por una clase política que piense, que analice, que evalué, que se nutra de los mejores, la estamos llenando de alcahuetes y urreros del poder, que lo único que hacen es cebar buenos mates para que sus circunstanciales jefes se vean rozagantes en tan perversa maquinaria de un poder estupidizante y estúpido, que lenta pero progresivamente se está llevando puesta nuestra humanidad, a la que la priva de su elemento principal; la libertad para pensarse, cuestionarse y con ello intentar ser mejor, o al menos no empeorar como tal.

La política es inmoral puesto que sostiene lo moral, recreándolo y haciendo de ella un verdadero círculo hermético, en el cuál todos se ven obligados a participar. Representa la generalidad de las acciones individuales e intenta instituir una justicia, que por ser una creación artificiosa del hombre, nunca llega a un estado de lo que realmente significaría lo justo.

No es novedad que los seres humanos nos sostenemos por intermedio de mitos, de verdades a medias, de mentiras legendarias, de expectativas inciertas por las que construimos senderos que creemos o sentimos seguros, pero que en verdad no existen. La comunidad encontró en la política, el ejercicio menos conflictivo para su cotinianeidad, a su vez, la política encontró en la democracia, el sistema mediante el cual se nos hace creer que todos somos iguales ante la ley y que contamos con las mismas expectativas; sí eso no es violentar, no a la verdad, sino al sentido común el significado de la violencia, ha variado mediante la palabra, que se introduce para combatir violencia con violencia.

Existen siempre los cultores del poder ocultista, de una suerte de “paranoiquismo” social, en donde un grupo de señores malos, manejan a miles de millones de pelotudos (que seríamos usted y yo), moviendo las piezas de la realidad como si fuésemos un gran tablero de ajedrez de esta suerte de liga internacional de tipos súper-poderosos (alguna vez arriesgaremos que los abonados a esta forma de entender el mundo, inconscientemente añoran la infancia atestada de dibujitos animados que cincelan la realidad del infante con esta paleta de colores y de situaciones) que no tienen otra cosa que hacer que cagarse en nuestras vidas, normales y burdas, y por tanto nos conducen continuamente a que no salgamos de las mismas.

Salirnos de nuestra comodidad, tardo-burguesa, del cine en el plasma, del juego en el celular, del dvd en la camioneta, de la casa de fin de semana con la consola de juegos, de la heladera que nos hace hielo, de la que nos prepara la comida, de las que nos satisface sexualmente, o lo que es mejor, si algo de esto no tenemos, creer que en verdad somos infelices porque algo de este listado nos falta, o incluso otros listados que no forman parte del presente, es el estado de engaño perfecto. La mayoría no piensa en su situación de felicidad, le impusieron pensar o sentir que será feliz, con todos los objetos materiales que tiene el otro que lo ve por tele, incluso lo inmaterial, la fama del que sale en las pantallas y llena los huecos de las siestas interminables, y eso sí que es un triunfo de un sistema sino demoníaco, violento.

El mismo sistema que genera una red social, tan virtual como real, en donde hembritas que apenas debutan con la menarca, entangadas o vestidas como las meretrices de antaño, tengan miles de seguidores, mientras intelectuales que analizan la realidad a diario, siquiera lleguen a la decena de personas que expresen estar interesadas en las estupideces que escriba. Pero claro, la semántica de género, dirá que la justicia es igual que venganza, de allí que todo lo que huela a hombre, tenga que pagar por ser tal, y a lo sumo, el que diga que no crea en la corrección política de estos tiempos, polleras y machirulos, mediante, se comerá, como mínimo un escrache, que lo socializará como violento, abusivo, cosificador o violador.

Este sistema que ha encontrado en la política, la forma menos problemática del día a día de la mentira necesaria de la humanidad, hizo surgir a la democracia como alter ego de un sistema perfecto. En el mismo todos debemos decir, sentir y trabajar en una igualdad inexistente, en una similitud de condiciones para la letra muerta de lo que llaman ley, que luego será interpretada, por otro grupo de privilegiados que nos dicen cuanto les corresponde de castigo al que hizo expresa la ruptura con el pacto social, con el que se salió del acuerdo tácito del que está todo bien.

Es que es esto mismo, lo que sucede con los famosos linchamientos, se suman desde otros sectores sociales, los que dicen “no está todo bien” pero la forma de verbalizar esto mismo es con el boleto del pasaje al acto, así como el pobre, tan bien entendido por el garantismo, tras generaciones de no tener trabajo, de no tener techo digno, de no tener pasado, presente ni futuro, sale a mostrarle a la sociedad su desaprensión, su no pertenencia, su grito temeroso y temerario, para lo cual necesita enmascararlo de violencia, ahora son los de otro sector, lo que están diciendo que este sistema, que este acuerdo tácito no le está sirviendo, no les está cerrando.

Es esto los que le preocupa a los preocupados, esos mentirosos que se dicen estar al lado de los más débiles, esos que los defienden con suntuosidades en las manos, con onerosos sueldos del estado, en verdad están preocupados, porque no son esos personajes estereotipados (los negritos de mierda) los que muestran la ruptura con el sistema, son sus iguales, los que tienen mayor poder de incidencia social, las clases medias, que cuando encuentran formas de canalizar sus desencuentros, suelen hacer tronar el escarmiento.

Probablemente estemos viviendo (lo haremos teoría social y lo presentaremos en los claustros gobernados por las mentes pro-sistema, por más que sea una contradicción en sí misma) un estado de efervescencia en donde sectores más influyentes, y sobre todo fundadores, históricamente, del sentir y vivir democrático,  sientan que esto mismo ya no los protege, ya no les sirve, y por tanto podrían pensar en ir cambiándolo.

Y cambiar la ecuación democrática, sería simplemente poner en blanco sobre negro, que para esta democracia en la que nos hace vivir la clase dirigente (a la que sí le sirve vivir en estas condiciones, porque son los que más cobran, los que más beneficios tienen, etc.) la igualdad ante la ley y ante las oportunidades, es una mentira cada vez más flagrante y cada día menos verosímil.

 “Cualquier palabra es violencia, una violencia tanto más temible cuanto más secreta, es el centro secreto de la violencia, violencia que se ejerce sobre aquello que la palabra nombra y puede nombrar  sólo privándolo de la presencia;, esto significa que cuando hablo habla la muerte (esta muerte que es poder)…siempre orden, terror, seducción, resentimiento, adulación,  iniciativa;  la palabra siempre es violencia, y quien pretende ignorarlo y tiene la pretensión de dialogar añade la hipocresía liberal al optimismo dialéctico, según el cual la guerra es simplemente una forma de diálogo”. (M.Blanchot. “L`infinito intrattenimiento”)

“El discurso, si es originariamente violento, no puede otra cosa que hacerse violencia, negarse para afirmarse, hacer la guerra a la guerra que lo instituye sin poder jamás, en tanto que discurso, volverse a apropiar de esa negatividad. Sin deber volvérsela a apropiar, pues si lo hiciese, desaparecería el horizonte de la paz en la noche (la peor violencia, en tanto pre violencia). Esta guerra segunda, en cuanto confesión, es la violencia menor posible, la única forma de reprimir la peor violencia, la del silencio primitivo y pre-lógico de una noche inimaginable que ni siquiera sería lo contrario del día, la de una violencia absoluta que ni siquiera sería lo contrario de la no violencia; la nada o el sinsentido.( “Derrida. Violencia y Metafísica) 

 

 

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