ACTUALIDAD  15 de abril de 2018

Vídeopoder en tiempos mediáticos.

Con el enorme desarrollo actual de las “redes sociales” los manipuladores han hallado un nuevo campo de acción torcida, el cual se presta muy bien para guardar un factor que interesa sobremanera al manipulador de personas, grupos o sociedades enteras: el anonimato.

Además de que  las redes potencian enormemente el impacto colectivo que tanto interesa a los “Hidden Persuaders” y a quienes defienden el uso del poder para cualquier objetivo que se proponga un dominador en control de la situación. Las “redes” sin embargo no tienen en sí el menor poder preventivo sobre estas anomalías en el uso subrepticio del poder ya que nadie es allí una auténtica autoridad formal o informal. Se trata, pues, de un campo abierto a los designios de cualquier manipulador. Más aún, con la irrupción de la televisión y de las redes digitalizadas o telemáticas en el campo de las luchas políticas y electorales, ha traído un cambio cualitativo en las relaciones de poder en las democracias. Principalmente porque ha puesto al descubierto el enorme potencial manipulador de los mass media, de sus dueños y directores; un poder con el cual se logra mejor que con otros el predominio de la imagen y la forma sobre el contenido y el fondo de los mensajes que se lanzan al público. Por esto es que ahora hablamos del surgimiento de una “sociedad del espectáculo”, así como de una política transformada casi en un apéndice de la industria cultural del entretenimiento y la farándula. De allí la tentación de los comunicadores televisivos, y en particular de los propagandistas y mercadólogos políticos contemporáneos, por recurrir al uso de la manipulación simbólica y subliminal en la televisión y otros medios masivos (incluida la Internet), en vez de agudizar la persuasión y el descernimiento del público masivo (en general, de la ciudadanía) con base en argumentos y análisis sopesados de hechos, tendencias y tramas de coyuntura.

El nuevo vídeopoder lleva la manipulación y a sus distintas formas de desinformación y tergiversación intencionadas y planificadas, a escalas masivas; haciéndola más sugestiva, sutil y efectiva que en el pasado, cuando la prensa y la radio dominaban el escenario. Cuando la manipulación sugestiva e inconsciente se vuelve consustancial con el uso del poder y la influencia personal en cualquier campo de la actividad humana y social, profesionalizándose al máximo de su potencial, se presta entonces como una excelente arma técnica para la conspiración. La manipulación desenfrenada de gustos y preferencias, de actitudes y demás componentes profundos de la psique individual y colectiva, ya no es un instrumento deleznable solo en manos de los dirigentes de regímenes autoritarios o totalitarios, como el nazifascismo. Si bien es cierto, fue en éstos donde los métodos de la propaganda masiva fueron perfeccionados y se emplearon con audacia sin límites durante la primera mitad del siglo XX –en especial por el Tercer Reich–, en las democracias de masas se ha vuelto casi una norma la aplicación de esos métodos en los procesos electorales posteriores a la II guerra mundial, para lo cual son incesantemente perfeccionados en laboratorios de técnicas subliminales y de la publicidad mercadológicamente orientada.

Los juegos mediatizados en las vídeocracias de nuestro tiempo, recorren espacios ensanchados como nunca antes; y tienen mayor potencia y alcance sobre las realidades sociales y políticas que cualquiera de los imaginados a finales de la Edad Media. De igual manera se expanden y agravan sus posibles implicaciones éticas, cuando la manipulación, mediante los hilos ocultos del poder, salta ya por encima de las fronteras nacionales, universalizándose en la “aldea global” que presagió Marshall McLuhan a principios de los años de 1960.

A la democracia representativa le basta, para funcionar, que exista una opinión pública que sea realmente del público. Pero cada vez esto es menos frecuente, ya que la videocracia está fabricando una opinión masivamente heterodirigida que refuerza en apariencia, pero que vacía sustancialmente, la democracia como gobierno de opinión. Porque la televisión se muestra como portavoz de una opinión pública que es en realidad el eco de su propia voz. Herstgaard ha escrito: "Los sondeos de opinión mandan. Continuamente se pregunta a 500 estadounidenses para que nos digan, a los otros 250 millones de estadounidenses, lo que debemos pensar". Y es falso que la televisión se limite a reflejar los cambios en curso en la sociedad y en su cultura. En realidad, la televisión refleja cambios que, en gran medida, promueve e inspira.

 

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