ANÁLISIS  5 de enero de 2018

El ministro o el tercero en discordia entre el pueblo y el gobernante.

“Viene el prefecto de policía a pedirle al detective Dupin que le ayude. Estando la reina en sus cámaras reales recibe una carta comprometedora para ella, y eso en el momento en que el rey entra en la cámara. La reina deja la carta sobre la mesa, como por descuido, para no llamar la atención del Rey. Pero justo en ese momento entra el Ministro, que se da cuenta de que en esa carta, hay algo comprometedor y de que la Reina procura que el Rey no la vea dejando la carta abandonada sobre la mesa como si no tuviera importancia. El Ministro se acerca entonces a la carta, y ante los ojos asombrados de la Reina, que no puede hacer nada, la toma y se la guarda, depositando sobre la mesa otra carta que ha sacado previamente del bolsillo. Y desde este mismo momento, el Ministro comienza a chantajear a la Reina. Esta ve, que en sus propias narices, el ministro roba la carta, llama entonces al prefecto de policía, quien pone en marcha a todos sus efectivos para dar con la carta pero no lo consigue. El prefecto acude al detective Dupin. Este va la casa del Ministro. Le basta entrar y da una breve ojeada para darse cuenta que la carta está a la vista; es decir que el Ministro vio que la mejor manera de ocultar la carta era ponerla absolutamente a la vista de todos. Dupin toma la carta sin que el Ministro se dé cuenta y la que carta que deja de recambio dice “Destino tan funesto, si no es digno de Atreo es digno de Tiestes”.

Oscar Masotta nos dirá que: “La función del ministro es la definición misma del chantaje. ¿Pero que es un chantaje? Es un poder sobre el otro, pero un poder cuyo término está marcado de antemano (cuando se consigue lo que se quería o en todo caso cuando se hace uso del poder) esta definición del chantajista implica la cuestión del tiempo durante el cual no hace uso de su poder. Un chantajista es aquel que para conservar poder no debe usar aquello que se le da, porque en el momento que lo usa, cae fuera de la estructura, cae fuera del interés del otro…Sí por un instante el Ministro se siente omnipotente y genial, pensara que en verdad su genialidad depende de la imbecilidad del policía (que es quién ante no poder encontrar la carta, recién acude a Dupin) podríamos decir que se le caerían las medias de vergüenza, entendiendo psicoanalíticamente que si uno tiene vergüenza en realidad lo que desea es lo contrario: exhibir…El relato consiste en ver a donde va a parar la omnipotencia del Ministro, esta es realmente la estructura del cuento lo que realmente nos apasiona: ¿ a dónde irá a parar este tipo tan desamparado, cuyo único amparo es una mirada que lo ratifica en la imagen que él se hace de sí mismo?” (Masotta, O. “Lecturas de Psicoanálisis. Freud, Lacan. Paidós. 2015. Buenos Aires)     

“La carta no tiene propiedad, no es propiedad de nadie. No tiene ningún sentido propio, ningún contenido propio que interese, en apariencia, con respecto a su trayecto. Es pues, estructuralmente volante y ha sido robada. Y el robo no se habría producido si ella hubiese poseído un sentido, o al menos si la hubiese constituido el contenido de su sentido, si se hubiese limitado a tener sentido y a ser determinada por la legibilidad de ese sentido: “Y además la movilización del bonito mundo cuyos retazos seguimos aquí no tendría sentido si la carta se contentase a tener uno. Lacan no dice que la carta no tiene sentido, no se contenta con tener uno solo y esta multiplicidad posible parece originar el movimiento” (Jaques Derrida en “El Concepto de Verdad en Lacan”).

El cuento de la carta nos habilito a ello, lo concreto (el plano de lo real) es el robo, pero el valor es algo que ni siquiera el relato devela, pues nunca se sabe que decía la carta (si es que decía algo), pero su tenencia o su destino en manos de otros, genera poder a su tenedor, al punto que es objeto de deseo de un tercero que roba la carta al primer robador. Lo que da valor al supuesto o enigmático contenido de la carta es el sentido que se le pueda brindar a la misma, la finalidad, no su mera tenencia (es decir si esa carta terminara en manos de alguien que no supiera como utilizarla, la materialidad de la tenencia sería la misma, pero caería a cero el valor de uso de la carta).

Sin embargo en el plano de lo simbólico, el Ministro, tal como lo afirmó Masotta es el personaje central y el destino de la omnipotencia para ponerlo en términos psicoanalíticos, es lo basal.

Para nosotros, que le daremos a partir de esta, una lectura política. El cuento tendría la siguiente representación.

El único que sigue siendo el mismo es el Ministro. La Reina es el gobernante y el Rey el pueblo. El Ministro, que sólo es elegido por la Reina (el gobernante) y no por el Rey (el pueblo) chantajea aquella, presumiendo que la ayudara para contentar al Rey (al pueblo) o en su defecto para que este no se dé cuenta que algo le está ocultando (la carta en el cuento, las buenas intenciones o las cuentas, o el acceso a la información pública en nuestra relectura).

El ministro, opera a su vez, bajo el báculo de la adulación permanente ante la Reina (es decir no puede, o difícilmente pueda, sostener una posición que realmente aporte, desde otro lugar,  dado que debe obedecer a esta obcecación primigenia) dado que el volumen de su chantaje se acrecienta en la medida que es estimado, por su adulación, que le propina a la Reina, sin importar si esta, le esconde cosas, lo engaña o lo daña al Rey (el pueblo).

El Ministro, en el caso de que sea per se, es decir que hubiera resultado elegido por sus condiciones, por sus méritos o por su idoneidad, y que además pueda sortear, favorablemente la intriga palaciega que le suscita el responder, ciegamente, como chantajear a la vez, a su mandante, la Reina, que no es quién manda, final ni eternamente (el Rey o el pueblo), jamás podrá dar lo mejor de sí, que sería su conocimiento, su asesoramiento o su capacidad, dado que trabaja en relación directa con alguien, (la Reina o el gobernante) de quién se puede presumir que trabaja a favor del Rey (el pueblo) pero sin que esto quede clara o expresamente acendrado. En el mejor de los casos, la relación entre gobernante y pueblo (Reina y Rey), es una vinculación íntima, marital, en donde el Ministro opera como una suerte de tercero en discordia.

Finalmente la carta,  sí alguna inscripción tiene es la del destino funesto, para Atreo o Tieste (obra de Racine, una tragedia de hermanos que se hacen a la fuerza de matanzas y que finalmente se matan entre sí a sus propios hijos, habiéndose perdonado mutuamente por ofensas previas) que vendría a ser algo así como la representación del tercero excluido (dos proposiciones en las que una niegue lo que se afirma en la otra, una de ellas es necesariamente verdadera.)

En nuestra interpretación; O manda el pueblo o manda el gobernante, pero nunca mandará el ministro.

Sí algo pretende el gobernante, para seguir haciéndole creer a sus gobernados, que trabaja para este, debiera más temprano que tarde, disponer de un sistema en donde la ciudadanía tenga algo que ver con la elección de los ministros (gabinete ciudadano por ejemplo) de lo contrario se continuara con una relación  “patológica” entre estos tres que no es beneficiosa para nadie (al menos en el plano real, donde las democracias occidentales demuestran severos problemas para encargarse positivamente de resolver problemas urgentes y acuciantes, como la pobreza y la marginalidad).

Por Francisco Tomás González Cabañas.-

 

 

 

   

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