1 de diciembre de 2017
El poder es continuidad.
Todo aquel que ha ocupado un espacio de poder, pretendió conservarlo, lo conserva o hará lo imposible para atesorarlo, “ad infinitum”, pese a que jamás lo reconozca de la verba para afuera (no es necesario, tan solo alcanza para contar reelecciones, giros en las esferas del poder, alternar con otros cargos, o transferirlos a familiares o amigos) no dé cuenta de esta adicción o la viva con culpa oculta y ponga al servicio de relatos varios, configuraciones conceptuales y semánticas, para enmascarar lo obvio, al poder no se lo puede entender sin esa condición de que al ser inasible, inabordable, siempre es circunstancial y por ello, quién no lo tiene lo pretende, y quién lo posee, de la única manera que concibe para no perderlo es acumularlo o no renunciar nunca al mismo, por más que en algún giro del destino este finalmente se desplante con otros planes y abandone, a quién uso para demostrarle su indomabilidad siniestra.

“El poder configura diversas formas de continuidad. El poder capacita al yo para continuarse en el otro, para verse a sí mismo en el otro. El poder brinda al yo una ininterrumpida continuidad de sí mismo. El placer que proporciona el poder viene a basarse en este sentimiento de continuidad del yo”. Chul Han, B. “Sobre el poder”. Barcelona. Herder. 2016. Pág. 36).

El problema no es quien tiene el poder y se afana por conservarlo, en todo caso este es uno de los vicios más socialmente aceptado, al punto de que transfigura su condición narcótica, y la trasviste por una actitud servicial, una práctica angelada y solidaria. El político que trabaja con ahínco para seguir en su posición de poder, es un servidor, una suerte de samaritano que abarca todas las religiones, incluyendo a agnósticos y ateos. Ontológicamente, está justificado, podríamos decir que clínicamente es comprensible el grado de su adicción y como una abstinencia prolongada terminaría con su vida civil y dañaría severamente la otra. Una vez que ingresó al poder, no tiene otra opción que no sea el seguir conservándolo, con la vana ilusión de que jamás se le escurrirá de las manos.

El problema real lo tienen quiénes están fuera del poder. En verdad sin saberlo están salvados de esta condena, de esta adicción que terminaría con sus concepciones humanas, podríamos decir, no salvándonos de la polémica en grado sumo, que las ignorancia los salva.

Todos aquellos no solo que no lean esto, es decir que no tengan ganas de leer (cualquier cosa que sea leíble claro está), de informarse, de saber, que se les haya vedado tal posibilidad, no tienen facultada la posibilidad de pensar, están exonerados de tal experiencia de libertad política.

De allí que lo más que puedan hacer es ir a reclamar comida, o un plan, un programa, no porque coincidan (como lo hace ya el FMI en relación a la aplicación de la renta básica universal, que propone transformar la conceptualización del trabajo y la razón de cómo ganar el dinero) con alguna posición en relación a cómo aplicar el poder, sino porque se constituyen en ejércitos pagos de alguna expresión que bajo artilugios de izquierda o derecha, saca su rédito para seguir estando en la mesa de las negociaciones o la mesa del poder.

El ser humano de a pie que enarbola la bandera del color que sea, está siendo girado, tutelado, hablado, por algún vivo de escritorio que se lleva la tajada mayor a costa del accionar inocente en el sentido político, del tipo que hasta puede quemar un edificio, pegar a un policía o cualquier otro acto de desacato expreso y manifiesta a la democracia institucional.

Sin embargo el poder opera estratégica  y convenientemente, bajo esa concepción de continuidad.

“El poder incrementa su eficiencia y estabilidad ocultándose, haciéndose pasar por algo cotidiano u obvio. En eso consiste la astucia del poder. El poder que sin coerción ni amenaza opera sobre el automatismo de las costumbres no se puede restringir al siglo XIX, opera en toda sociedad que muestra cierta complejidad”. (Ibíd. 68)

Es decir las personas que continúan en el ejercicio del poder, lo hacen no sólo porque no tienen libertad de salirse de tal adicción (para ponerlo en términos crudos e individualistas) sino porque esto en el fondo es conveniente para la sociedad, para el statu quo.

Estamos concebidos para pensar en primera como en última instancia de que nacemos y más luego moriremos bajo límites más estrictos que los Kantianos, que una suerte de predestinación nos dio cierto mandato, cierto rol, del que no podemos, ni mucho menos, debemos, desacatar, subvertir, desobedecer, cambiar.

Pecamos ante la sola posibilidad de anhelarlo, y nos convertimos en sacrílegos sí lo verbalizamos, en rebeldes irresolutos sí lo expresamos, y en desagradecidos ante lo dado.

Nos debemos, imponer, impiadosamente, la resignación, como nos la otorgan ante la muerte de un ser querido, para blindar nuestra manifestación, para exonerarnos la posibilidad de ser humanos, de ir por la libertad política de pensar, de pretender también aquello que no lo tenemos y que constantemente nos lo dicen que no es para nosotros, que no nos corresponde, que ni lo soñemos.

El poder es continuidad y continuidad es perseverancia, es ir una y otra vez para horadar el imposible, para infatigablemente subir la piedra hasta la cima, tal como Sísifo, por más que vuelva a caer, sin que mellen las risas de los espectadores, de los cancerberos pasivos, que no se animan a dejar su rol y a creer en ellos mismos, para quién además trabajamos en esta continuidad de que el logos represente y signifique otra cosa, desbordándolo de conceptos y definiciones.

 Por Francisco Tomás González Cabañas.-

 



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