ESPECTÁCULO   25 de noviembre de 2017

Un Latin Grammy para la democracia.

Los otros días haciendo zapping televisivo me tope sin querer, o tal vez por cuestiones del destino o del azar, dependiendo con que óptica metafísica se mire, con los premios Latin Grammy en la Ciudad de Las Vegas, lo que pasa en Las Vegas queda en Las Vegas dicen los americanos, como si fuera una ciudad franca en todos los sentidos del vicio humano, como el banquete de Platón pero del siglo veintiuno y con culpa.

El súper show, con alfombra roja incluida, que acostumbran a brindar en este tipo de eventos, normalmente anuales, donde no dejan que suceda el mas mínimo error, una suerte de maquinaria comunicacional, publicitaria, perfecta y contundente. Mientras se desarrollaba la gala de premiación pensaba en silencio que espectacular seria que la democracia tuviera semejante sofisticación de difusión.

Imagínense por un segundo que la democracia, sobretodo, su práctica fundamental pueda abarcar tanto, como la canción despacito de Luis Fonsi, que llegase a sitios recónditos de países y ciudades, atravesando todos los estratos sociales existentes y los inventados. Que la democracia fluya como canciones de Shakira o tenga la misma fuerza que Residente o Calle 13, que sea aún más importante e impactante que jijiji de los Redonditos de Ricota o I Can't Get No Satisfaction de los Rolling Stones, piénsese un presente donde la democracia en su más amplio sentido y ejercicio, -y no aquel meramente simbólico que se confunde maliciosamente con el sistema político-, tuviera la misma pasión irrefrenable de los fans de los Beatles en los años 60.

La democracia carece de la publicidad del entretenimiento ya sea de la música, el cine o las telenovelas, de toda esa maquinaria puesta al servicio de la industria con el objetivo claro de penetrar cualquier frontera, cualquier sistema, ideología, hegemónica imperante e instalarse como píldora de la felicidad o, tal vez los dueños de la democracia no quieren semejante despliegue por temor de perder el control social que la democracia como abstracción y al mismo tiempo ausencia genera, mientras los caciques, por debajo y a oscuras reglamentan su ejercicio exclusivamente para el sistema político, que sostiene y mantiene con vida al “demócrata” de atril o dirigencial y providencial que recae en terapia intensiva cada 10 años.

Cierto es que las técnicas y las tácticas de la comunicación de entrenamientos se coló en la cotidianeidad pero solo y exclusivamente en los niveles de comunicación político-partidaria, sirvieron y sirven para crear o inventar candidatos, para darle cierto contenido a una gestión-  administración pública, pero nunca avanzo sobre la democracia y su praxis, ya que en ese territorio no hay dueños, caciques, lideres o dioses, por lo tanto es inútil, anti-sistema y auto-destructivo dar poder al ciudadano que puede ejercitarlo contra el sistema político, garantizador, entre otras cosas, de control, estabilidad a sus protagonistas y la frutilla del postre, da impunidad.

Como diría Miguel Urbano Rodrigues, esta ausencia provocada hace que las grandes mayorías eviten tomar conciencia de la caricatura de democracia que sirve de apoyatura a sistemas de poder que excluyen en la práctica la participación del pueblo en las decisiones de las que depende su presente y su futuro.

 

Por Carlos A. Coria Garcia.

 

 

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