23 de noviembre de 2017
El gabinete perfecto.-
“Hemos superado un punto de no retorno, más allá del cual las cosas se desarrollan de acuerdo a con una curvatura diferente. Ya no se trata de desarrollo lineal. Todo se precipita en una turbulencia que hace imposible su control, incluido el control del tiempo, pues la simultaneidad de la información mundial, esta transparencia de todos los lugares recogidos en un solo instante, no deja de tener analogía con un crimen perfecto perpetrado contra el tiempo”…La incertidumbre se ha filtrado en todos los aspectos de la vida, una incertidumbre ligada al carácter irreconciliable de los datos presentes…Mediante el juego mismo de las apariencias, las cosas se alejan cada vez más de su sentido y se resisten a la violencia de la interpretación” (Baudrillar, J. “El intercambio imposible”. Página 26. Ediciones Cátedra. 2000. Madrid).

Son cientos, en verdad miles, los que se encuentran en ascuas, dado que la pertenencia (ingreso o continuidad) en las plantillas del estado, les significa algo más, en verdad casi todo más, que el mero y huero ingreso mismo, tal participación en la cosa pública, se engloba en los viejos y conocidos eufemismos de los equipos técnicos, de la idoneidad requerida por mandato constitucional y todo el aquelarre semántico que luego se da de bruces con la realidad, cuando los designados por los poderosos elegidos por voluntad popular, nombran a quienes desean y consideran, haciendo uso de lo más granado y palmario del poder discrecional.

En nombre de este uso feroz, de la pulsión política, es que la constitución de un determinado gabinete, se hará de acuerdo a la visión de quién lo conforme; se priorizará la juventud, la experiencia o ambas, la cuestión de género, la perspectiva política o la solidez técnica, las mil y un variantes que sólo tiendan a justificar la decisión, dado que nada se podrá entender como lo irrefutable, lo pura, eminente y acabdamente democrático.

La constitución del gabinete perfecto apunta (la idea imposible al menos de tal cosa y salir a sostenerla ante la comunidad mediante los medios) a combatir aquella perspectiva intolerable de lo incierto que nos hablaba el intelectual francés Baudrillard, como nuestro ensayista correntino, Francisco Tomás González Cabañas, cuando afirma, en su obra “La democracia incierta”: en nuestras democracias actuales, se debería empezar a pensar en que los ciudadanos, en vez de elegir a personas que encarnen proyectos, ideologías, o letras muertas de lo establecido en partidos políticos, votemos directamente, proyectos, propuestas, modelos o formas de hacer las cosas y que la ejecución de las mismas, pase a ser un tema totalmente secundario, esto sí podría denominarse algo que genere una revalidación de lo democrático, pero no estamos en condiciones de hacerlo actualmente, primordialmente por lo que veníamos diciendo con anterioridad, el gobierno de ese pueblo, está en manos de uno sólo, a lo sumo, en cogobierno por un legislativo (con flagrantes problemas en relación a la representatividad, que sería todo un capítulo aparte el analizarlo) y supeditado a un judicial, que siempre falla, de fallar en todas sus acepciones, liberar la opción de ese pueblo, para que elija su gobierno, mediante las ideas que se le propongan, sin que sea esto eclipsado por la figura de un líder o lo que fuere, en tanto y en cuanto siga siendo uno, recién podrá ser posible, cuando su vínculo con la vida y la muerte, no tenga que ser anatematizado mediante la creencia o no creencia, que como vimos son las dos caras de una misma moneda, en un ser único y todo poderoso, creador de este mundo y de todos los otros, los posibles como los imposibles. Lo más correspondido o correspondiente con lo que planteamos desde un inicio es no brindar una conclusión, o síntesis de lo expuesto, ni cómo corolario, ni mucho menos como una explicación acerca de algo que nos brinde una nueva batalla ganada, ante la eterna disputa a la que estamos condenados a salirnos perdidosos, aceptar el poder de lo incierto, sin que ello signifique claudicar en lo que deseamos, por más que esto mismo nos debata en contradicción con lo que pensamos y queremos epidérmica o sentimentalmente, podría ser una senda en el bosque, de los tantos existentes y a existir que nos llevarán a un lugar determinado, lugar que seguramente estará controlado por algo o alguien (conceptualmente) y en el caso de un no lugar sin este requisito, nuestra mente estará creando o recreando algo, para hacernos sentir, esa sensación de certeza, que podrá ser la muerte, como cesura del todo, la añoranza de la vida intrauterina como reflejo condicionante de un estado de conciencia, o la verdadera práctica de la filosofía, o mejor expresado la faz ontológica, el aspecto más crudo de aquello que le brinda sentido, haciéndole perder sentido a quién lo ofrece a esos otros que por intermedio de ese discurso o interpretación pretende controlar para no ser controlado por esa necesidad sustancial de la certeza o lo cierto.  La institucionalidad es la certeza que termina con la incertidumbre, que por definición y correlato lógico, debe estar manifestado o abrevado en lo incierto de lo democrático. La democracia incierta no debe atemorizar a nadie, y menos aún ser negada o tapada. Cuando los votantes asuman que todo puede pasar, es decir que elijan verdaderamente, sin condicionamientos de ningún tipo, estarán construyendo bajo las certezas de sus pretensiones, mientras tanto, seguiremos en la atrapante incertidumbre de la democracia, que como tal nos podrá otorgar, resultantes varios y de índole tan variada, como también, incierta, probablemente como reflejo de la vida misma, pero esto ya sería una cuestión metafísica como nos enseñó Anaximandro con su famoso to apeirón, intraducible y trasliterado como lo indeterminado”

Un gabinete perfecto debería tener al menos un integrante que se sepa ante sí y sin temor de reconocerlo ante los demás que no todos es perfecto, ni que esa imposible perfección vencerá algún día a lo indeterminado. La política como escuela de ciudadanía lo mejor que le puede mostrar a sus integrantes de una comunidad es a vivir con la indeterminación, y en el mejor de los casos, pretender vencerla, a sabiendas que no será posible, pero sin renunciar al enunciado.   

 

 

 



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