11 de noviembre de 2017
Luna de miel entre tus manos
Apenas asume un nuevo gobierno por la vía democrática o finaliza una elección, comienza un período al que se llama “luna de miel”; una etapa que se considera que dura unos 100 días. En esos tres meses y diez días, la ciudadanía y la clase política, viven una especie de “ceguera de amor”, que la impulsa a considerar al nuevo gobierno, especialmente al titular del Ejecutivo (o de los ejecutivos), como una especie de príncipe encantado, depositario de todas las virtudes y sobre todo, poseedor de todas las soluciones para todos los males que aquejan a la comunidad.

Sí bien el año político finalizara el 10 de diciembre (no casualmente día de la restauración  de la democracia) cuando los gabinetes (las designaciones que son la novela de los noviembre en los años de nuevas autoridades) junto a sus jefes, juren, a esto es donde queremos apuntar, tenemos una provincia “politizada” (en el sentido precisamente que se trabaja mucho en la “cantidad política” pero no en calidad democráitica, cómo si en la metáfora de la luna de miel, importara la cantidad de veces que la pareja se ama y no la calidad de esos encuentros amatorios) pero entendida esta desde su lugar más básico, más instintivo, casi animalesco, no queremos dejar de plantear este concepto de Luna de Miel, pues forma parte de la armonía entre los representantes y representados.

En esa ruin primitividad en la que discutimos o hacemos política desde nuestra correntinidad, importa no lo que se diga, sino desde el lugar en el que se digan las cosas. Es decir, siempre tendrá más valor lo que exprese el hermano de, el primo (no tanto la mujer de, por nuestra cultura machista) o el amigo de, por más que sea una burrada (nos han gobernado, por esta sola condición, tantos en todos los niveles, que mejor sería buscar quienes no llegaron por tal condición) por ende prepondera la valoración de la autoridad fundada en el arropo, en el uniforme (lo simbólico del poder, de allí el manejo en el medioevo de los clérigos, en los tiempos tormentosos los militares y la imposición de la moda ejercida por los adinerados) en esa exterioridad, en lo de afuera, nunca en el planteo esencial, de fondo, en lo sustancial.

Discutimos desde tiempos inmemoriales, lo seguimos haciendo de hecho tras esta última elección, si el sello de fulanito, saco en Tatacúa 50 votos y se le dio para tal localidad 200 bolsitas de mercadería y 2000 pesos de vale de nafta, o sí sacaron tantos votos y encabezaron o no una lista legislativa, que es lo mismo, en este y en todos los casos (lo más trágico es que este párrafo fue escrito hace cuatro años atrás y no se modificó en nada, el desafío está que no signifique o represente lo mismo dentro de otros cuatro años, dependerá de que trabajemos más en la calidad que en la cantidad democrática).

Es importante que se entienda que es lo mismo, que estos o muchos de nuestros popes, piensan, creen que están escribiendo con bronce las páginas de la historia de una provincia, cuando en verdad discuten exactamente lo mismo que sus segundas, terceras o cuartas líneas, a las que en verdad no sólo mandan, sino imitan en un círculo vicioso de difícil salida. El puntero de la Olla, que se pelea con el del Caracolero, porque a este le dieron 5 vehículos más y no llevo todas las listas que sí lo hizo aquel, o viceversa, está discutiendo esa miserabilidad de la política, que es la misma que discuten sus patrones, jefes, líderes políticos o candidatos, nada más que cambian los escenarios, los punteros por lo general discuten en los comités, unidades básicas, en los patios de sus casas o en el mejor de los casos en alguna hamburguesería de barrio, mientras que sus mandantes lo podrán hacer en lugares algo más caté o refinados, y en vez de pelearse por bolsitas o autos de alquiler, lo hacen por un legislador o un concejal a quiénes tutelan para que les sean funcionales desde esa institucionalidad al poder que detentan desde la recuperación de la democracia, o casi.

Por más que de esta calaña sea la calidad de nuestra discusión política, por más que nos preguntemos que hacemos, desde el lugar que nos corresponde, no solo para hacer pública esta situación, sino para ofrecer propuestas de cambio, vemos la necesidad de respetar esto que se da en llamar “Luna de Miel”.

Creemos que las leyes o norman, ordenan las sociedades, o al menos, disponen ciertos parámetros o referencias. Sí existe esta regla no escrita, que la defina la ciencia política, estaría muy bueno que se haga posible por cumplirla, tiene más que ver, en verdad con el sentido común.

La ciudadanía ya se expresó a nivel provincial, como en los distintos municipios (a lo sumo podría hacer algo con respecto a las designaciones y las propuestas de gabinetes ciudadanos) sería un despropósito que mañana a alguien se le ocurra juntar firmas para pedirle el juicio político a tal gobernante ungido por las urnas, porque no puso en su declaración jurada la moto que le compro al hijo, o porque fue de caza en el tiempo de veda o en un rapto de ira mato al perro del primo, por más que sea cierto o verosímil, la prioridad tiene que ser, necesariamente, que el gobernante tenga un período de tiempo para organizarse en relación al poder/responsabilidad que le otorgó el soberano y que en tren de buenas perspectivas se da en llamar “Luna de Miel”.

Nosotros estamos evaluando licenciar esta columna durante ese tiempo, sucede que las características de este espacio están vinculadas a un aporte desde la crítica constructiva, desde el cuestionamiento positivo, caeríamos en contradicción manifiesta sí solicitamos que se respete la luna de miel y en una editorial decidimos objetar algo de los “mieleros” políticos.

Creemos que como sociedad, debemos encontrar, a los efectos de mejorar el nivel de nuestra sociedad politizada, otros tópicos de discusión que no necesariamente caigan en lo mismo, lamentablemente nos encontramos con que la realidad nos cruza bruscamente. El espacio institucional de la "cultura" bien podría usarse para acrecentar la calidad democrática, a los efectos que la ciudadanía desee algo más que la acumulación de bienes materiales, que no solo alcanzan para todos sino que ademàs nos condenan a la ruindad ecológica. La cultura como espacio institucional puede convivir perefectamente con la idea que se le da actualmente que sea el reservorio para el amigo sensible que garabatea poemas o la cincuentona que hace Ikebana, con un plafón para tener una mejor democracia, tocando las fibras íntimas de la "gente".

Ocurre, que una de las tantas batallas que venimos librando, sin resultados por el momento, tiene que ver con que el estado (sea municipal o provincial) fije criterios para la distribución de pautas publicitarias, como aún quiénes arriban al poder se siguen dando la potestad de hacer lo que quieren con ello (uso discrecional lo llaman) y como nosotros no construimos lazos laborales desde la amistad o consanguineidad, hasta que no tengamos un horizonte claro en relación a nuestro derecho a informar, no podemos dedicarnos a aportar a nuestra comunidad acerca del valor de las lombrices californianas o del impacto visual de los lapachos en septiembre, por más que tengamos ganas o por más que sea mucho más provechoso para la comunidad (la disputa cultural es manifiesta cuando desde la anomia del poder, los que circunstancialmente manejan la torta, después de haber repartido a diestra y siniestra, te dicen con un dejo de soberbia “te doy” como si se tratara de algo que es de ellos y para completarla, los que le hacen el juego, los opositores te espetan, a “ustedes le dieron”…no pue maestros, nos corresponde y sí el estado está ausente no es por falta de compromiso o trabajo nuestro)  

Vendría a ser una especie de estado de alerta y movilización, propugnamos y defendemos el derecho de los mieleros a que saboreen, valga la redundancia, las mieles de haber sido ratificados o ungidos, por un tiempo hasta podemos narrar con almibaradas palabras esa mancomunión, eso sí, que tengan plena conciencia de que sólo es un período, en el que deberían aprovechar, para contemplar la situación de tantos, como los medios, que estamos a la buena de la discrecionalidad de ellos mismos, alertas para actuar si no contemplan la vulnerabilidad legal en la que se encuentra circunscripta nuestra actividad y actúan en consecuencia, en el mientras tanto que lo disfruten, difícilmente tengan días tan poco complicados y lo serán aún más, si en tal tranquilidad no se encargan de trabajar en lo que prometieron, deben o saben que tienen que mejorar.

  

 

 



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