POLíTICA   30 de septiembre de 2017

La democracia boleteada.

Uno de los sacramentos más importante de nuestra democracia puebleril, es sin duda alguna, el ejército de personas sin poder, que por orden, sugerencia o condicionamiento o invitación de ese poder, reparten las boletas electorales (algunos se quedan en el valor estético de estas y la relación al papel higiénico, creyendo que cambiando el color y gramaje del papel o transformándolas en electrónicas, cambiaran la democracia y con ello la política) a cuantos se le crucen por el camino en una carrera contra-reloj para supuestamente convencer al votante que lo tiene que hacer mediante esa boleta, porque recibió un pedazo de papel que tiñe las manos de negro y que en el mejor de los usos termina como anotador del almacenero. Es otro de los crasos y cruentos, errores de evaluación que hacen los pertenecientes a la clase política. Creyendo que no se es democrático, porque se critica a la democracia para mejorarla, para vaciarla de sus sinsentidos, de los que está plagada, los popes de la política, en una obtusa y confusa, defensa de lo que creen que terminara con sus prerrogativas (cuando es al revés, sí logramos modificar, enalteciendo lo democrático, no sólo los políticos mantendrán sus bienes materiales, sino que además podrán tener prestigio, honra, celebridad y prestancia fundamentada) ningunean las perspectivas críticas de lo democrático. No asisten e incluso más, mandan a denostar a todos los que de una u otra manera, piensan lo democrático, desde otro lugar que no sea el automatizado, el mecanizado, e industrializado, llamado lo electoral o la campaña política.

Sí fuese una cuestión de gustos, no tendría sentido siquiera el brindar otra posición. Pero lamentablemente no se trata, de que a uno le guste más o menos, los cientos de hombres, caracterizados como militantes o punteros que te dan la boleta, porque están esperando mantener, acrecentar u obtener el conchabo en el estado, o quedarse con la diferencia entre las mercaderías que le dará y las que efectivamente repartirá. Menos aún las mujeres que “encalzadas” complotan contra la cosificación del género, dejando sus menudencias al libre albedrío, sea exhibiendo glúteos necesitados de gimnasio (de acuerdo a las imposiciones culturales que dimanan de esos sistemas a los que la política no discute, ni pálidamente) o las “patas de camello”, instando, inconscientemente, a que asociemos (o al menos desde una perspectiva fálica) la urna electoral (nos dan la boleta) con la vulva, para que emitamos, metamos, penetremos con el sufragio, como tal vez, lo quisiésemos hacer en el órgano que se deja percibir, independientemente que este revestido por la calza del color que fuese.

De lo que se trata, es de lo democrático, entonces, debemos decir lo que pensamos, porque somos tan ciudadanos de esta aldea, como cualquier otro, independientemente de la cantidad de bienes materiales que cada quién tenga (y por sobre todo de cómo se los haya obtenido), del partido en el que se esté afiliado, si se está y por sobre todo, de los amigos que uno se pueda haber granjeado (entendiendo que los amigos razonables jamás podrían enfadarse con otro considerado amigo por pensar distinto, dado que sí uno sólo tiene amigos que piensan igual o siente parecido, más que amigos, está rodeado de fanáticos).

La repartija de los boletas electorales, de las propuestas o de cualquier otro volante, propaganda perteneciente al cotillón electoral, se debe terminar de una buena vez por todas, entre otras cosas, o mejor dicho, principalmente o básicamente, por una sola cosa, atenta, daña, perjudica a lo democrático, acecha, agrede, azota a la democracia.

No se trata de una cuestión de fe, es decir dogmática, pero tampoco podemos andar señalando las comprobaciones o evidencias a cada rato y momento.

Lo venimos expresando consuetudinariamente,  de hecho lo hicimos libro “El acabose democrático” se ratificó en el símil de elección Venezolano, lo que en estas horas ocurre en Cataluña, y lo que mañana ocurrirá en cualquier otra aldea occidental que se precie de democrática, no es más que la lenta y progresiva descomposición de lo mismo, a lo que parece que estamos condenados a llevarla, indefectiblemente acabo.

La votación, lo electoral, la reducción de la democracia a meter el sobre en la urna, transformado en un ejercicio repetitivo, en un sacramento simbólico, nos dio la pauta, la cuenta de que finalmente sirve para cualquier cosa menos para elegir, es decir menos para hacer uso de la libertad y ejercer política.

Esta es la problemática actual, la culminación de la banalización democrática, nos está develando una realidad tan siniestra como real; votando no elegimos, la democracia no es votar. Esta asimilación, se dio, recientemente en forma fehaciente en los distritos mencionados (Venezuela y Cataluña), en donde el ciudadano común, lo único que le queda en claro es esto mismo; votando no se solucionan, no se arreglan, ni los problemas, ni tampoco se ejercer política, se obtiene libertad o se es más o menos democrático.

Banalizar o vulgarizar que tenemos el derecho a elegir, debería ser considerado un crimen de lesa humanidad. Es decir un hombre o una mujer que me quiera dar una boleta electoral, para que sea mediante su sonrisa, su palabra, su calza, su amistad, su promesa o lo que fuere que me ofrezca, yo tenga que votar (como sí las boletas no sobraran, no sobreabundaran aún en el cuarto oscuro) por lo que me está dando, cómo mínimo debería corresponderle una multa, por no decir cárcel.

Lo único que tenemos es la ilusión de elegir, de hecho eso fue lo que nos encanto de lo democrático ( y lo que nos está desencantando, que mediante la democracia, o su reducción, lo electoral no elegimos o ni siquiera nos hacen creer ello) por tanto que por no tener nada mejor que hacer, por una rutina, tradición o por no animarse a trabajar lo democrático, desde sus desafíos más interesantes o importantes, y que perversamente, en nombre de esa democracia, nos quieran, por intermedio de músicas, cotillón y todo un show o espectáculo, meternos, darnos, condicionarnos con una boleta, es como mínimo temerario para la democracia.

En una sociedad democrática, los políticos, sus equipos y simpatizantes, nos tienen que dar proyectos, propuestas, ideas, conceptos, generarnos con ello, entusiasmo, convicciones, pasión bien entendida, para que al traducir todo esto, seamos todos y cada uno de los encantados, los seducidos, cautivados, convencidos, quiénes vayamos a buscar las boletas, escribamos sus nombres, las imprimamos, las hagamos valer en el cuarto oscuro, como en cualquier otro lugar. Una foto de lo democrático, bien podría ser esto mismo.

La película que venimos presenciando de la democracia como la vienen entendiendo los directores como los protagonistas, se corresponde al género de terror y, para preocupación de los hacedores, de los responsables, deberían saber que en las mismas, al final o el malo siempre pierde o nadie se salva.

Por Francisco Tomás González Cabañas 

 

  

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