ANÁLISIS  26 de septiembre de 2017

De la democracia Argentina o la franquicia alfonsinista al bonapartismo peronista o la realpolitik del poder.

El peronismo ha sido, y lo sigue siendo, más un fenómeno del poder político que una expresión de lo democrático. Claro que lo democrático, en Argentina, en verdad no ha sido otra cosa más que una franquicia que trasladó el radicalismo, exitosa y particularmente bajo el liderazgo de Ricardo Alfonsín, desde la imperialidad occidental, desde el eurocentrismo-académico-cultural-normativo, a nuestras tierras aún en cuitas y veremos desde todos los sentidos.

Aquél antológico discurso de “Con la democracia se come, se cura, se educa” que es la comprobación de la hipótesis aquí sostenida, posee el precedente, semántico, de la Unión democrática, que fue precisamente la constelación de partidos que enfrentó en las urnas a un peronismo que empezaría, a partir de ese momento, a legitimarse también en las urnas, no como condición necesaria, ni mucho menos suficiente, sino más que nada como una cuestión estratégica, importante, tal vez, pero netamente secundaria.

El peronismo, es decir la expresión política creada y conducida por el propio Perón, acendraba sus esfuerzos, no en administrar un estado en que se tuvieran prerrogativas democráticas como las que hoy en día parecen indispensables, sino más que nada en integrar, a todo un sector de la población que carecía de cuanto uno imaginase, logrando con creces, esto mismo, algo que en la actualidad resultaría, también inimaginable (es decir que seamos democráticos e inclusivos).

Esta tensión, que surgió como un sujeto bifronte, como un sendero con caminos en paralelo, permitiría que avancemos en calidad democrática, a costa de bolsillos vacíos o lo que es peor de estómagos crispados o neuronas mal alimentadas. Al transitar lo otro, como  alternativa, como manifestación de la política, caeríamos inevitablemente en la idea de eternización  en el poder, el maridaje político, las nuevas formas más cruentas incluso de nepotismo , atiborradas también del mal moderno que impone el sistema capitalista, la acumulación por la acumulación que deviene indefectiblemente en corrupción.

Esta suerte de doble faz, de acción-reacción de la cuestión política, no ha sido abordada, por sus verdaderos protagonistas ni por cada uno de los que componemos la sociedad como tal. Es decir seguimos transitando lo político desde estos senderos que se bifurcan, desde estos paralelogramos, que hasta tanto y en cuanto no lo logremos hacer converger en un punto, seguiremos en planos, diferenciados, cuando no enfrentados, antagonizados, o expresados, como de un tiempo a esta parte, entre abismos de una grieta imposible de sortear.

Tanto la necesidad ciudadana, que el peronismo se dote de características democráticas (necesariamente para ello, primero los peronistas deberían reconocer sus ausencias como su poco interés por lo democrático y los no peronistas no tomar una actitud vindicativa o de señalamiento hacia falta de democraticidad, sino muy por el contrario, ayudar o promocionar prácticas democráticas al peronismo, en vez de intentar suprimirlo o defenestrarlo, como muchas veces sucede, por quiénes se dicen democráticos, pero toman para con el peronismo, una expresión novata en cuanto a lo democrático, esta actitud poco democrática) como que los no peronistas se doten de perspectivas inclusivas que aborden al sujeto político, incluso al sujeto democrático, en un valor primordial, para aquellos que estén en una posición desfavorable o de marginalidad y pobreza a los efectos de que tengamos una experiencia política nutrida de un camino en donde la tensión expresada entre esos caminos enfrentados, pueda resolverse favorablemente, de una buena vez, o que al menos lo caminemos de una posición univoca, en donde democracia y poder, o democracia e inclusión no sean excluyentes o agonales.

La democracia debe dejar de ser utilizada como el eslabón perdido en la academia del mejor de los sistemas políticos  posibles, y correrse de la anteposición histórica, por inmediatez, con experiencias totalitarias, mucho menos ser exhibida como un trofeo, obtenida por una expresión política o por un hacedor político determinado. Sin que esto no signifique que lo democrático, es lo ausente, es lo que no está velado, en toda una expresión política, que antes que las formas democráticas, va por el poder, y lo administra a como dé lugar. Esta necesidad de acrecentar prácticas democráticas en un lugar en donde se piensa y se siente el peronismo, debe ser asimismo complementado, en el otro lugar, desde donde por priorizar lo metodológico de lo democrático, lo políticamente correcto, muchas veces se olvida de lo primordial que es que la mayoría de un pueblo pueda tener o alcanzar los medios para vivir con dignidad.

Con la política, o con el poder que dota la política, se puede comer, curar y educar, con la democracia se pueden generar los elementos como para, pero no mucho más, ni tampoco mucho menos que crear las condiciones para un después.

De lo contrario seguiremos observando, perdiendo la capacidad de asombro y de oprobio (o tal vez, el habernos acostumbrado a esto mismo, sea el síntoma más contundente de lo gravoso  de nuestro cuadro) y escuchar dirigentes que con la excusa de estar bajo la tutela de una expresión política, no ponen a sus mujeres, hijos o amantes, sino que van por emular a Calígula y la designación de cónsul a su caballo, y a los otros, tras el argumento de estar parapetados en l vereda de enfrente, denunciarlos por estas criminalidades democráticas, olvidando mientras gobiernan que las urgencias de los más desposeídos de su propia dignidad no puede ni debe conocer de formas, métodos o protocolos.

Por Francisco Tomás González Cabañas.-

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