CULTURA  14 de julio de 2017

El libro agoniza en la terapia intensiva de las ferias que organizan para exterminarlo.

“Lo que llamamos literatura no ha existido siempre; es decir, por literatura entendemos una cierta relación que hoy mantenemos con ciertos textos, algunos de los cuales (los contemporáneos) pueden haber sido ya producidos como tales, mientras que muchos de los demás no fueron en absoluto literatura en el momento de su producción y recepción primeras…Comprendemos que la literatura es hija de determinada sociedad y solidaria de una serie de instituciones (Academia de letras, sociedades de autores, facultades de filología, prensa periódica, mercado del libro, alfabetización y escolarización obligatoria, etc.) de muy reciente consolidación…La noción de escritura, una noción que pretendía abrazar a la literatura y a todo aquello que no era justo llamar así, y que por tanto no partía de distinciones de géneros, estilos, temas, jerarquías, o autorías, sirvió para neutralizar valores subrepticiamente pasados de contrabando por la idea de literatura…permitiendo el análisis en términos de escritura que no solamente reivindica obras menores o autores malditos sino que eleva el rango de objetos dignos de análisis textos plebeyos o secundarios”( Pardo Torío, J.S. “La aporía de la diferencia”. Editorial Síntesis. Madrid. 2014. Pág. 200).

La cita que antecede es un cabal ejemplo ratificatorio y contundente de lo que se pretende transmitir. El libro objeto, del que se extrajo lo citado, lo encontré en una librería a punto de cerrar, en una suerte de palangana plástica que contenía libros como otrora pudo contener excrementos humanos o vísceras de chanchos. Lo único que aglutinaba a los libros allí reunidos era su precio, tres dólares. Obviamente que por tal suma, alguno de filosofía encontraría y resulto que eran mayoría, los allí depositados que se vendían más baratos que el papel, en cualquiera de sus otros usos. Por esos caprichos del destino, y buscando editorial para mi sexto libro, me topé con la firma española que publicó tal objeto despachado como retazo. El dueño, director o responsable, tras una suerte de “evaluación” de mi manuscrito, me escribió un correo electrónico expresándome que editaría mi libro, siempre y cuando, comprará por anticipado una cantidad determinada de ejemplares, aduciendo razones de mercado y demás argumentos económico-financieros acerca de la realidad de la industria del libro. Sabía de muchas editoriales que hacen esto, pero claro, lo expresan  de anticipado, y está muy bien. Llegan a tener una suerte de denominación de edición a demanda o autoedición, al punto que en mis jóvenes años hube de experimentar tal aventura sólo recomendable para ciertas personalidades (de lo contrario se podría cometer la tropelía de recomendarle a un romántico que pagando por sexo pretenda encontrar amor).

Claro que como todo en la actualidad del “postiempo” , la multiplicación de lo mismo, en una surte de exceso en el juego de espejos enfrentados, nos devuelve este tipo de experiencia, de editoriales que se venden como las tradicionales, pero  que terminan siendo lo que no pretenden ser, de lo contrario se presentarían como tales.

El caso de los emporios editoriales, de las grandes o clásicas, es harto aburrido el desenmascarar cómo funcionan. Existen, valga la paradoja, libros enteros denunciando esto, o lo que es peor, cadáveres, de escritores que han dejado su vida, ahogados en la angustia que no mitigó ni el alcohol, ni el tabaco, ni las drogas, de escribir para que firmen otros, de tolerar evaluaciones ciegas, triples referatos, de académicos, ciegos o tuertos,  que sólo son leídos, obligatoriamente por sus circunstanciales alumnos que cuando se reciben, en el mejor de los casos, los saludan para el cumpleaños, más por una suerte de síndrome de Estocolmo que por haberles dado algo válido para sus vidas.

Esta falta de oxigenación, de democratización del libro, la encontraron como oportunidad las nuevas editoriales, que en verdad producto de los tiempos modernos (es decir de las máquinas que imprimen en menor tiempo y en mayor cantidad) no son más que fotocopiadores con cierto marketing que asociados a gobiernos de turno, inventan esta serie de “Ferias del libro” que no son más que un negocio, para esas fotocopiadoras modernas y los gobernantes que se llevan el aplauso gratis de haber organizado un evento cultural.

De acuerdo a los datos que brindan fundaciones de investigación  (cerlalc.org) en Argentina leemos menos de 5 libros al año. El nivel africano de tal resultante se agravaría temiendo que tal estudió se llevó a cabo en las grandes urbes argentinas. Se estima, que donde la pobreza golpea con más fuerza, el norte argentino, el promedio de 4,6 libros leídos al año, desciende a como mínimo 3.

Claro que las ferias del libro, en el maridaje señalado, dirá que en un pueblo o ciudad de, supongamos 50.000 habitantes la primera feria del libro de la paloma cultural, indicó que se vendieron 200.000 libros.

Esto mismo es lo que nos permite afirmar que estamos matando al libro. Las fotocopiadoras que se dicen editoriales, venden fotocopias, que dicen que son libros.  Rejunte de hojas anilladas, que en el mejor de los casos son un recortar y pegar de funcionarios de un ministerio. O tal vez, lo más grato que se encuentren en tales encuentros, sean los poemas del diputado, o del fiscal, que se puede pagar la autoedición, pero que ni siquiera se toman en serio el hecho de escribir un libro, por lo general, se los hacen sus secretarios o esos escritores fantasmas que, como los libros, están en la terapia intensiva,  acosados por las adicciones, ante este mundo que pretende someter a todos por igual bajo el báculo de la formalidad vacua y huera, bajo la estupidez egoísta del poder simbólico del billete.

A los gobiernos le sirve, decir que en una semana, cinco millones de tipos pasearan por tal feria de “la cultura absoluta” y compraran otros cientos de miles de fotocopias. Es mucho más difícil, trabajar culturalmente en que un pueblo, o su clase dirigente, reconozca con prestancia, jerarquía, respeto o consideración a un poeta que a un prestamista, a quién demás está decir lo tienen en un sitial de semidiós (insistimos, la idea es poner a ambos en el mismo sitial, no bajar a uno para subir a otro, no son excluyentes o no debería serlo). Claro este seguramente financio la llegada de las maquinas fotocopiadoras que se dicen editoriales, y posiblemente pueda pagar también para que hagan sus memorias y quede en papel la historia de su vida. Lamentablemente para sí, no podrá cambiar lo que ha hecho o no (es decir sí toda su vida ha prestado dinero y está orgulloso de ello, no debería pretender haber hecho otra cosa), el escritor, sin embargo sí, puede cambiarlo todo, y además no tiene reparo de conciencia, es decir, puede vivir muchas vidas escritas, indistintamente, sin que eso lo conmueva o lo dañe.

Un escritor en verdad no necesita de una feria, ni siquiera de un libro. Al escritor le alcanzan con las palabras. El público que tenga o no, es lo de menos, esta es la consagración de un hombre de letras, prescindir del resultado, en el juego que ha hecho con esas palabras.

Para mis colegas, a esos que aún les molestan estas minucias de mercado, les digo que sí sirve de testimonio, he decidido prescindir del libro como elemento que me defina, ya no significa el fetiche de la consagración simbólica.

Resolví enviar a todos los correos electrónicos que encuentro, el conjunto de palabras que se da en llamar libro. La experiencia es sumamente recomendable. Creo que es el camino que tenemos, mediante esta era, los escritores (es decir ni siquiera la otra trampa de los libros electrónicos, ni nada de ello, socializar, indiscriminada y azarosamente lo que uno ha escrito). En el camino, recibo respuestas de quiénes se enojan porque les llego un correo no deseado, pienso en cuán enfermo estamos de hacernos problema por algo así en un mundo que se cae a pedazos, producto de la violencia, la pobreza y la marginalidad que padecen millones de hermanos. También y lamentablemente en menor cantidad, agradecimientos, aliento. Me da mucha gracia, las respuesta que me envían revistas académicas o científicas, que me brinda un link y me aleccionan acerca de cómo tengo que presentar el texto  para ser considerado ( lo peor de todo es que me he aburrido de publicar en esos lugares, que no son leídos ni consultados por casi nadie, y que te piden exclusividad, en una suerte de contradicción manifiesta dado que, uno como autor busca llegar a mayor cantidad de personas, y ellos someten al texto a evaluaciones, cansina, ciegas, bobas, que terminan de sepultar la posibilidad de que alguno más que no forma parte de tal cofradía lea algo de lo que producen) y ni siquiera están leyendo el correo que les mando, en donde les digo en tres líneas que les estoy mandando un manuscrito de filosofía política, en el caso de que les interese. Y me responden, sin leer o sin entender que no quiero (porque además les envío mis datos donde están todas mis publicaciones científicas y académicas) publicar bajo tales reglas, solo quiero escribir y compartir lo que escribo.

Sería más honesto, más directo, más efectivo, que quiénes desean la muerte del libro, organicen la quema de los mismos, pero claro, como ya se realizaron varias a lo largo de la historia, ahora la condenan a la agonía de esta terapia intensiva mencionada, siguen sin entender que así maten los papiros, los libros, incendien las imprentas, travistan las editoriales de fotocopiadoras, camuflen la literatura o la cultura con el cualquiercosismo o el reducto para los amigos o amantes con sensibilidad, no podrán con el pensamiento, ni con su símbolo, la palabra. Como recuerda uno de los pocos escritores que quedan, Girala Yampey, para el Guaraní, que vino a estas tierras en busca de la tierra sin mal, la palabra es alma, y el alma está más allá de las formas, llámese libro que se exhiban como tales en ferias de vanidades.     

 

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