ANÁLISIS  28 de mayo de 2017

Es tiempo de los hombres no de las instituciones.

La institucionalidad democrática nos emplaza, mecanismo normativo y educacional mediante un sistema el cuál la letra muerta de una disposición crea una estructura limitante para el hombre, quién finalmente es el que activa el mismo sistema desde el que no puede ser medida de todas las cosas. Desde lo teórico funciona para los que pretenden un título de grado en una carrera jurídica o a fines, desde lo práctico y más en sistemas culturales conservadores y elitistas, la realidad es que el hombre, con nombre y apellido, sea líder carismático, heredero de un poder familiar u exitoso en una esfera económica, deportiva o del espectáculo, es quién indiscutidamente ejerce un poder por encima de las instituciones de la que es parte y sólo compulsa su continuidad en el poder, con aquellos con los que comparte el selecto club de la clase dirigente, dueña y señora de un poder que solo pretende un barniz de popularidad cada dos años para legitimarse mediante elecciones.

Sabemos que el resto es condición necesaria para que el andamiaje funcione, es decir estipular desde estos mismos sectores acciones para dar cuenta que en verdad es posible la institucionalidad, la participación de las mayorías, las prioridades para los más necesitados y la posibilidad para quiénes se la ganen por capacidad, mérito o por trabajo abnegado.

Cómo condición suficiente es que en verdad muy poco de lo anterior se cumpla, por no decir nada, los valores y las predeterminaciones se manejan con tabulaciones más propias de un juego de naipes entre amigos, donde el papel del azar suele ser decisorio.

 

Cada cierto tiempo, la vara, la rueda, la diosa, o el instrumento elegido por la fortuna, intermediará para en ese grupo selecto, uno sea coronado como el mayor ganador, quedando para el resto el reparto de lo que ha quedado en la mesa.

Hace años que la política no es mucho más que esto, hace muy poco que nos dimos cuenta de esto mismo, y que en definitiva ni estamos enojados, ni tristes con que sea así, simplemente queremos estar, tener juego, participar de un montaje escenográfico digno de una producción del séptimo arte.

No queremos, ni aspiramos, ni a la dirección, ni al guión, ni mucho menos al papel estelar en estas películas, simplemente un rol secundario, un "bolo" como se llama en la jerga, el segundo de estelaridad que no se le puede negar a nadie.

Queríamos fijar la presente posición, dejando expresamente asentando un apotegma de los tiempos que corren y una definición política, hasta el grado de la ciencia misma, los hombres son los que definen la política, el resto carece de sustento.

Sería vano, mentiroso e insustancial que digamos que nos sentimos parte de tal expresión dogmática, sentimental o movimientista y que por ello militamos en esa expresión, de última quiénes conduzcan tal movimiento en ese entonces, podrán hasta incluso conducirnos con lo más encontrado y adverso de lo que pensábamos o queríamos.

Ha muerto la política partidocrática, ideológica y de las convicciones, nace la política del sujeto, del líder, del individuo que dura hasta que otro lo mate políticamente o muera físicamente, pero esos son los tiempos de la actualidad, son las circunstancias de momento.

Un día, una elección venidera, habremos ungido a alguien, que de buenas a primeras, nos diga que todo lo conocido se terminó. Que como hace años venimos extendiendo cheques en blanco, para ellos, para sus vástagos, para sus mascotas, que si quiera nos preocupamos en quiénes los acompañaran en ese manejo del poder o de la cosa pública (¿Por qué no elegir ministros, equipos técnicos, asesores, en vez de escuchar esas aburridas puestas en escena, mentirosas además de proyectos y propuestas incumplibles e impracticables?), que tampoco nos hemos preocupado en esa supuesta representatividad democrática, dado que el que pierde en una elección no asume ningún cargo, que sí el sistema fuese realmente representativo le correspondería, automáticamente, que jamás les hemos pedido propuestas para mejorar o que al menos diagnostiquen la situación democrática en la que vivimos, nos dirá; sanseacabó, se terminó lo que se daba. Y lo más extraño de todo, es que la caída de tal concepto, no producirá reacción alguna. No saldrán las masas a pedir por las supuestas libertades perdidas, por la disolución de alguna asamblea de representantes o lo que fuere, se quedarán en sus casas, ni siquiera por temor a ninguna fuerza represiva, sino por la comodidad del sofá frente a la pantalla, que les devolverá la certeza ineluctable, que está bien lo que está sucediendo, que los militantes democráticos, sí es que siguen cobrando, o sí es que se le aumenta la libada, saldrán a edulcorar tal cambio, regalando a tientas y a locas, me gusta en las redes sociales, como lo hacen en la actualidad por sus candidatos que le garantizan lo suyo.

 

Ya es demasiado tarde para evitarlo, vamos camino a ello, de forma tan lamentable y contundente, que hasta nos sacaron la capacidad de reacción, sólo resta que llegue el día, en que ese líder providencial, al que venimos alimentando como lo culmine de un proceso letal, nos diga esto que queremos escuchar, e insistimos, por lo que no diremos nada cuando lo tengamos como perdido, dado que jamás no lo hemos usado.

 

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