INTERNACIONALES  21 de mayo de 2017

Brasil decime que se siente…¿Tener políticos corruptos es de Temer?

Parafraseando la marcha épica que transformamos los argentinos como estandarte futbolístico, con motivos del mundial, dirigida la misma a nuestros hermanos de Brasil, y modificándola un poco (desde lo conceptual, manteniendo lo semántico, para los que se burlan de lo bíblico de considerar primero el pensamiento, el verbo, mas luego las formas o los hechos) bien podríamos hacer lo propio en relación a lo político y su vinculación con los escándalos de corrupción institucional que se desperdigan por el mundo.

Son los grupos dominantes los que, valiéndose de un unipartidismo de facto, detentan el poder político, social y económico, y, antes que señalar esto como una aberración, lo justifican con la evidencia de un racionalismo serio; además, aunque a merced de una adecuada formación política y académica, fomentan la participación de las masas rurales —o bien, las urbanas— que no pertenecen a la clase obrera y que se hallan excluidas del ejercicio del poder como tal… Importa, sobre todo, que se abstengan de promover instituciones u organismos independientes

 

En este lugar de exclusión, de segregación, en el que somos victimizados por nuestros propios colegas y nos vemos afectados, en grado sumo, por las viejas fiebres del academicismo eurocentrista (los eurocéntricos, al menos, siguen dándonos cierto valor, al menos en lo exótico que representa para ellos nuestra perspectiva), que nos endilga la más proverbial de las indiferencias —por no llamarla actos craso de censura para que nuestras posiciones no sean publicadas o difundidas —, aduciendo, así, a cuestiones personalísimas como en los tiempos más crudos del macartismo. Lo cierto es que en este llamado tercer mundo, tercera vía, o como se quiere llamar, también hacemos que las cosas sucedan. En un lugar del globo llamado Brasil, Desiderio Murcho escribió:

La palabra democracia adquiere un estatus casi mágico. Presupone que es una cosa buena que todos deseamos… Es difícil encontrar en un diario en la actualidad, a alguien atacar abiertamente la democracia… A pesar de tener hoy la convicción profunda de que la democracia es un régimen político deseable, podemos estar engañados. Tenemos que analizar cuidadosamente las razones a favor de la democracia.

Podríamos destacar que, para el Occidente académico, tal vez imperial, Brasil no sea una plaza filosófica a tener en cuenta, pero Murcho, sin embargo no sólo se atreve a lo que pocos, sino que, además, es producto de una casualidad que lo excede: cinco años después de publicar su libro, el principal empresario de su país, Eike Batista fue arrestado (la casualidad refiere a que fue arrestado tras llegar de un vuelo de Nueva York a Río, teniendo la doble ciudadanía Alemana…) en consecuencia de las derivaciones de la investigación de corrupción política más colosal de la que se tiene memoria en América Latina (el exgobernador de Río de Janeiro, Sergio Cabral fue acusado de fugar cien millones de dólares a sus cuentas personales). Estos hechos de apropiación de bienes públicos son una prueba irrefutable de lo que decía Bogdan Denitch acerca del reinado de la politocracia: trepó el muro, se filtró y ahora reina en nuestras democracias occidentales. Hay indicios de lo señalado en hechos concretos: la cleptocracia como conducta avalada y promocionada (no son pocos los politólogos que caracterizan a procesos políticos de tales); el nepotismo y la amigocracia como vías de acceso primordiales a los espacios gubernamentales de representación o, simplemente, de prerrogativas o conveniencias. Pero esto se lo dejamos a los diarios, esos en los que escriben quiénes se ponen de uno u otro lado del muro. Nosotros tenemos que poder expresar que esta politocracia nada tiene que ver con la democracia en la que dicen que habitamos.

Si no avanzamos hasta el fondo, nos quedaremos en las formas. Tenemos que analizar mejor lo sucedido en los tiempos de la guerra fría para evitar la repetición de la historia, para evitar otro muro. Probablemente, la democracia occidental liberal que se le impuso a Oriente, en verdad, es tan solo una puesta de escena, una escenografía habilitada con el único fin de prevalecer sobre lo que ofrecía el eje rojo. Quizás, la democracia como tal no se haya ejercido aún o tal vez tenga otro nombre.

“Cuando me enteré de que había llegado a Buenos Aires el doctor Johansen, reputado constitucionalista, fui a visitarlo…Venía del corazón del África donde paso una larga temporada, junto a monos de esa raza tan comentada últimamente en algunas publicaciones, porque habría desarrollado aptitudes poco menos que humanas…Pregunté a Johansen qué lo había impulsado a emprender una excursión más propia de un etnólogo, o de un etólogo, que de un constitucionalista. Quizá debí pensar en lo que usted ahora me dice-contestó- pero fue por mi condición de constitucionalista que me invitaron. Me llamaron para que diera un diagnóstico. Estaban empeñados en averiguar por qué, al amparo de instituciones tan sabiamente planeadas (son un calco de las nuestras) cayeron en la decadencia y en la miseria. La situación, por lo insólito, me pareció estimulante. Me aboqué a su estudio. Después de un año y medio de trabajo dilucidé el enigma y tuve que huir, en plena noche, para que no me mataran. ¿No dijo usted que son contrarios a la violencia? Lo son. De modo general, lo son. Pero viera cómo se disgustaron cuando les dije que habían fracasado porque eran monos (Bioy Casares, A).

Mientras la prensa unitaria del concepto anodino de la crítica a lo occidental se consume en un clímax venal por la supuesta refundación de la República Federativa del Brasil por parte de un juez que terminara como su par que cayó de un avión hace poco, o como el afamado del mani pulite Italiano, o que en el mejor de los casos será fagocitado, por la contradicción manifiesta, por el oxímoron que pretenden institucionalizar de que el poder judicial existe para algo más que para blindar, para cercar la posibilidad de que sea otra cosa el  actual sistema, que vende, sugiere, promete, serlo, pero nunca lo será, por su propia definición conceptual y por sobre todo, por su naturaleza jurídica, que es ni más ni menos, que lo único que protege el poder judicial.

La crisis política, que en verdad es la crisis de los políticos, dado que los pobres, marginales, casi que no precisan de esa “civilización” de ese ordenamiento jurídico, los bolsones en donde reina la pobreza no se regula por ningún código, viven de hecho en lo que algunos contratistas llamaron estado de naturaleza, agudiza su descomposición, dado que es tan grande el desconcierto, provocado por el temor, germinado por la holgazanería de abandonar el  pensar y el razonar, que amenazan, producto de sus actos suicidas, de implosionar el mismo sistema que los tiene en la cúspide.

Cada tanto desde aquel universo marginal, algún comunicador, casi sin saberlo, sin quererlo, relata, algún tipo de ajusticiamiento que se produce allí, intramuros en esos archipiélagos que huelen feo y que saben peor, para ellos es en verdad un movimiento de equilibrio social, del antiguo concepto griego de “sofrosine”, el que acontece, sí es que ocurre algo, tipificado para nosotros, como delito. No tenemos los elementos para decir sí moralmente eso está bien o mal, es decir esa justicia cercana a una ley del talión, quizá tendría que ser más un tema para la academia, el evaluar porque su sentido de justicia, requiere, por sobre todo de inmediatez, algo que no le ofrecen las religiones que dicen profesar, y que fueron abanderadas de las colonizaciones sobe estos colectivos, ni el ordenamiento jurídico, de la sociedad civilizada, que le habla de palabras, de argumentos, de leyes, normas, abogados, plazos, expedientes, y sobre todo de jueces, destinados a fallar, y que cobran por ello, lo que jamás estos verán ni en sueños.

Este poder ilusorio, que no le sirve, ni tampoco ha sido requerido por los que menos tienen y los que más son, existe a los únicos efectos de garantizar por la fuerza la existencia de la política en sus brazos ejecutivos y legislativos. La figura no es casual, ambos poderes, son apenas las extremidades, el corazón, la columna vertebral, los órganos sensibles, están protegidos, guarecidos por el poder judicial. Esta es la única razón, por la que el actual sistema político-institucional, sigue sobreviviendo, de hecho, cada tanto, en alguna revuelta, este leviatán, pierde alguna extremidad, que luego será regenerada, pero no termina de caducar, o de fenecer, precisamente, porque nadie aún atacó sus puntos neurálgicos o el talón de Aquiles de la institucionalidad actual.

Esta observación no es producto de ningún acto de magia, ninguna iluminación sobrenatural opera sobre el humilde escriba, mucho menos la guía podría ser una suerte de capacidad más allá de la media, o cualquier caracterización que pretende precisamente ello, caracterizar para alejar el análisis de la masa, de las mayorías por las que opera, casi impunemente.

Esta observación es producto de observar, valga la redundancia, el camino de los poderosos, tan simple y efectivo como ello. Claro que evitamos una trampa, un engrampado en el que cayeron muchos. Sus excentricidades, sus lujos y acopios materiales, tienen como finalidad despistar. Saben que los débiles de espíritu, caerán, sin ton ni son, en ser como ellos, para comer como ellos, para vestir como ellos, para vacacionar como ellos, para emborracharse como ellos, para caer en sus vicios, en sus placeres y vencer a la inmortalidad o al aburrimiento, bajo esta falsa opción.

Por supuesto que es más fácil decirlo, sí es que uno tuvo la oportunidad de aprovecharlo y decidió que no, tal vez, sí uno en un determinado momento se encuentra con esta posibilidad, sin que nunca antes la haya tenido, probablemente acceda a tal trampa, dado que no habrá cultivado la fortaleza interior como  para darse la chance de elegir, haciendo uso de esa libertad, sin estar condicionado por la opción, pero el azar opera de maneras insondables, insospechadas como infundadas.

Cómo en todos los procesos generales, los síntomas se pueden vislumbrar tanto en la parroquia del barrio como en el Vaticano. Urbi et orbi, es la bendición que emana desde nuestras democracias institucionales actuales, en donde, los principales actores políticos de los poderes accesorios, van a hurtadillas, o en caravana, rogando o clamado, las formas metodológicas, varían en cada urbe y le dan el calor y el color, provisto por las luces de los diferentes medios de propagación (no de comunicación) de cada país o ciudad en cuestión, hacia el corazón del sistema que es el poder judicial.

Lo oculto, la trama, es que sólo ellos acuden a ese poder. Sólo a sus asuntos le prestan debida atención, pronto despacho. La noción con la que instituyeron esa justicia, no sólo que no es universal (de hecho va en contra de amplias manifestaciones culturales y hasta de cierta naturaleza, la necesidad de ser compensados por un acto que nos desbalancea, debe ser una reparación, antes que justa o exacta, más bien inmediata, o al menos rápida, pero nunca como la imperante, discutida, apelada, aplazada) sino que además es antidemocrática (no se eligen en la mayoría de los lugares a sus jerarcas por voto, ni tampoco están sujetas a consideración popular al estilo de audiencias públicas, referéndums, o manifestaciones participativas que sobreabundan en los otros poderes)  y como si fuese poco, es el único poder que requiere de especialistas matriculados para que desanden sus pasillos y ejerzan la autoridad del reclamo o pelito.

¿Imagina usted, sí el día de mañana se establece en los poderes ejecutivos del mundo que sólo podrán acceder a los más altos cargos, los matriculados en ciencias políticas, o en administración o la profesión que rayos fuere? ¿Y se imagina, sí el día de mañana, el legislativo determina que el 20% tiene que estar integrado por peluqueros, otro porcentaje similar por enfermeros y así en una lista arbitraria, justificada por algún libro de ensayo de algún autor excéntrico?

Bueno, imagíneselo, porque esto ocurre con el Poder judicial, y usted allí en su ordenador, en su computadora, leyendo cómplice en su comodidad, esperando, rogando, implorando, que el sistema no lo precise para disciplinarlo, en el mejor de los casos se resignará, y como es un sujeto de fe, seguramente creerá que el sistema lo puede tocar con su vara, integrarlo, de allí que la matrícula para abogados siga siendo la más populosa.

Lo volvemos a expresar, leyendo y releyendo, a los popes más poderosos de la política vernácula, la parroquial municipal, provincial, como la nacional, como la latinoamericana. Como la internacional. Es urbi et orbi, ya se lo dijimos, es el corazón del sistema. Usted quiere algo diferente, lo empieza a tener servido en bandeja. Demande, reclame, peticione, denuncie, exprésese ante el judicial, multiplique la acción, desde la ilegitimidad de sus miembros, hasta exigirles que se manifieste formalmente del porqué del abismo entre la  teoría, es decir las leyes u las normas que a ellos los beneficia, y la realidad o la práctica. Atestar los tribunales, para probar que el servicio de justicia es el mejor de los relatos que nos hicieron creer para que creamos el resto, lo subsiguiente. 

Usted no lo va a hacer, en cambio ellos, a los que sostiene el poder, lo hacen y mientras usted lee, lo siguen haciendo, esa es la diferencia, confórmese con lo que venga después de la vida, lo ultraterreno, allí donde los cantos de sirena, como la democracia real, como la justicia, son música para sus oídos, este mundo no es para usted, es para ellos. Y no se trata de una lucha de clases, como desde otros ámbitos sectarios le hicieron creer.

Se trata del concepto, de cómo legitimar o trasladar, en metáfora, en código, en organismo institucional que la última ratio no sea la violencia, se lo adelantamos, hacia donde tiene que apuntar su reclamo, su queja, su revuelta, su revolución. Después me dirá como le fue, lo único no sea injusto, y concédanos el crédito de habérselo hecho ver.

 Por Francisco Tomás González Cabañas

 

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