ANÁLISIS  7 de mayo de 2017

Elegiremos los Cantos de Sirena o las melodías del Flautista de Hamelín.

Narra el cuento infantil, el flautista de Hamelín, que en tal lugar, ocurrió una invasión de ratas, tan alarmante y masiva que hasta los felinos huían despavoridos, ante tal circunstancia, los hombres notables del pueblo se reunieron y ofrecieron cien monedas de oro, para quién pudiera librar a la comarca de la plaga. Un flautista se presentó y aseguró que se encargaría del asunto. Haciendo sonar su instrumento, melódica y dulcemente, las ratas salían al encuentro de la música siguiendo al flautista. Este al recorrer todos los espacios del pueblo, se dirigió a un río lejano, y llevó a todas las ratas a la muerte por ahogo.

Solucionado el problema, el flautista fue en busca de su pago o recompensa. Los hombres notables, rieron con soberbia y adustez, no dieron las cien monedas de oro prometidas a quién simplemente tocó la flauta, según las palabras de estos.

 

 

El engañado, saco su instrumento y mediante otra melodía, hizo que todos los niños de la comarca salieran a su encuentro, en tal momento, los llevó para siempre muy lejos de Hamelín, dejando a esta vacía de ratas y de niños.

 

La moraleja que transmite la narración, destinada a imprimir en los niños el valor de la palabra y lo que genera su incumplimiento, se destaca, como en tantos otros textos inmortales, de los primeros años (como la invisibilidad de lo esencial en el principito, la importancia del esfuerzo y el largo plazo en los tres chanchitos, y el respeto a la palabra del mayor en caperucita roja), por la claridad de su mensaje y también por las posibles segundas lecturas que ofrece, una construcción metafórica básica pero a la vez profunda.

 

En Hamelín no preocupaba solamente la invasión de ratas, en realidad la mortificación primordial de los hombres del pueblo, era que ellos mismos no podían solucionar un problema que había surgido en donde vivían, ofertaron las cien monedas, no tanto para que se vayan los roedores, sino más que nada, para ver de qué manera obraría el que lograra el cometido.

 

La recompensa no estaba sujeta a la desratización, sino al accionar que librara el desratizador. Esperaban un raticida, una quema generalizada, una desinfección, recibieron música, y por más que el efecto fue el adecuado, no pagaron porque no creyeron en el método, por tanto mucho menos confiaron en la virtud del flautista, demostrado luego, cuando ante el incumplimiento se lleva a los niños.

 

Algo parecido, pero con otros ribetes, ocurre con el cuento de Jorge Luis Borges, “La Rosa de Paracelso”, un maestro le pide a su indeterminado Dios que le envíe un discípulo. Llega a la puerta de su hogar, un hombre desconocido que se ofrece como tal.

 

Le pide a cambio de su entrega, que el guía opere un prodigio, tirar una rosa al fuego, para de las cenizas volverla a transformar en flor.

 

 

El maestro le dice que tal acto será imposible de realizar, primero porque no tiene tal capacidad y segundo porque en el caso de que la tuviera, igualmente el postulante a discípulo no creería más que en una acción y no en la integridad del maestro. “La meta es el camino, busco tu fe no que me creas por intermedio de una prueba”, le dijo al iniciado que igualmente tiró la rosa al fuego. Tras interminables segundos, la flor no revivió y el discípulo se fue avergonzado. Paracelso, el maestro, tomó las cenizas, dijo unas palabras, y en soledad, la convirtió nuevamente en rosa.

En la Odisea (XII, 39), Ulises preparó a su tripulación para evitar la música de las sirenas tapándoles los oídos con cera; deseoso de escucharlas él mismo, se hizo atar a un mástil para no poder arrojarse a las aguas al oír su música.

 

“En el estado de derecho democrático el derecho tiene que reinventarse de manera constante, incluso allí donde se trata únicamente de su concreción, interpretación y aplicación, en efecto ningún precepto jurídico codificado puede contener en sí garantía alguna de que su observación o aplicación conduzca a resultados justos”. (Wellmer, A. “Líneas de Fuego de la Modernidad”. Fondo Cultura Económica. Buenos Aires. 2013. Pág 80).

Los relatos, los cantos, cambian de autores, de intérpretes, hasta de público que los escuche. Tal como suceden con las elecciones, cambian hasta los candidatos, por más que sean reemplazados por familiares o amigos, la condición de tal cambio, por más que parezca algo que no cambia (la definición de Parménides o la cosmovisión del tiempo que no transcurre, sino que nosotros transcurrimos en él), terminará en un momento, modificando las reglas de juego mediante las cuales creemos elegir las músicas con la cuales nos organizamos socialmente. Esto que puede sonar imposible e invitar a sardónica risa, puede transformarse, ineluctablemente en el paso previo a los acordes musicales que próximamente le haga a usted cumplir un acto del que creerá que lo ha elegido en el dominio pleno de su voluntad.

 

 

 

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