ACTUALIDAD  19 de abril de 2017

Ploteos, la carimba de nuestra época.


La ira es más que justificada y no resulta mala consejera cuando ocurren hechos que ofenden a un pueblo e inmisericordemente destruyen sus valores, lo humillan, lo degradan, lo postran, por obra de los que con vileza cínica lo engañaron al pedir sus votos en busca de un poder político que utilizaron indignamente, con el apoyo de sus cómplices y alcahuetes en empresas privadas y en los directorios de los partidos, para delinquir en todas las formas, robando, estafando, cometiendo fraudes inconcebibles, concusión, sobornos, en suma, la lista completa de los atentados contra la propiedad ajena citados en el Código Penal. La plaga bíblica. Guillermo Cano Isaza.

Cada tanto tiempo los medios masivos de comunicación, los del puerto de buenos aires, se dan un baño de asombro con alguno que otro tema, en estos días toco en suerte que se enteraran y con total espanto confirmen que el país y sobre todo en las provincias y ciudades pobres, los feudos y ducados están a la vista de todos y más fuertes que nunca. La cuestión viene del caso “Magario” y el ploteo de móviles policiales.

¡Qué asombro! Argentina pasa de un paranoide revoleando bolsos repletos de divisas a un monasterio, que más que eso, parecía una cárcel medieval para brujos y hechiceros con sarcófagos bajo el pulpito al asombro por los nombres propios incrustados en los bienes del Estado como si Argetina perteneciera a los paises del siglo 21.

José López no es un caso aparte, un extraño, un aterrizado de Andrómeda, una excepción a la regla, López es un producto social, es criado y educado en nuestra comunidad como cualquier argentino, ellos existen de a cientos porque son parte del paisaje.

La pasión irrefrenable que provoca lo “estatal” salta a un extremo patológico, el Estado y por ende la “cosa pública”, al ser de todos termina por ser de nadie (cuestión esta que venimos sosteniendo hace años) y en esa nada alguien debe apropiárselo, no puede quedar boyando en la nebulosa. Antiguamente, dice Herman Heller, y de modo ejemplificativo para entender de qué hablamos podemos citar la distinción entre bienes personales del soberano y bienes del Estado, en las formas estatales pre-burguesas, el Rey o el Estado administran los bienes y los dineros sin distinguir entre sus bienes personales y aquellos del reino, no puede existir corrupción tal cual la entendemos a partir de la modernidad[1].

La sociedad en la que todos vivimos no es sólo un ejercicio funcional represivo a las faltas que cree inapropiadas, ante todo, es también una fragua creadora de hordas de ansiosos de llevar a cabo sus designios criminógenos en el Estado. Los gustos excéntricos, la dolce vita de José López, los estímulos corruptores que la sociedad creo y potencio en el ex funcionario (caso particular) a entregarle absolutamente todo, la búsqueda paroxística del lujo propio, de la familia y todo su entorno, el escepticismo imperante en torno a la idea de que la realidad puede ser mejor, es la válvula que abre el libertinaje en la “función pública”, López no es una caso aislado, es una neta producción cultural en serie que lo impulso, coloco y mantuvo durante tanto tiempo. No podemos asombrarnos de nuestra propia creación maléfica (si se quiere), la indignación social a secas no alcanza, cuando fue de nuestras propias manos que entregamos el presente y el futuro incierto por naturaleza de nuestros lazos familiares a “los López”, sin las mínimas exigencias de cualquier índole. Lamo de Espinosa dice que, as prácticas corruptas tienen el efecto de marginar o discriminar a los que se niegan a cooperar y por ello se va ampliando el círculo de los que participan para no quedar fuera del cargo que ocupan[2].

La corrupción política no es como algunas facciones sembradoras quieren hacer creer, es un fenómeno colectivo y prácticamente necesario, Sykes y Matza, dirán que: las acciones del delincuente se deben a fuerzas ajenas y que están fuera de su control, el delincuente propone una concepción de sí a través de la cual se percibe como impulsado inevitablemente a nuevas desviaciones[3], estas realidades individuales que encuentran su ingeniería estructural en la sociedad, forma sus rizomas y concreta sus oportunidades de culpa, que mientras pululan en la total impunidad están vivos y rozagantes sin ninguna interferencia psicológica, que de repente les aparece cuando el azar hace que sean atrapados in frangtti crimĭne, que la gran parte de los argentinos sabían pero que negaban o ignoraban para no entrar en pleitos.

Nacemos condicionados por largos periodos e interminables de dominación, por la indigencia y las malas administraciones, véase que hay generaciones que nacieron, crecieron y se hicieron adultos bajo el nombre protector endiosado de la misma persona como cabeza de la bestia estatal. Sumando una crónica desconfianza hacia la autoridad que si es posible se la compra, recurriendo a las dotes individuales de astucia y de adaptación para superar las continuas dificultades de una existencia precaria. La escuela popular, la calle, el común de la gente es sabia cuando dice: los presos son los ladrones de gallina, los perejiles, en la realidad ficcional que propone el Estado y ciudadanos como dos extremos de un pacto de convivencia llamado el contrato social no existe es Foucault quien nos dirá que la exposición de la idea contractualista es bien clarificadora: el hombre al delinquir, no se encontraría fuera de la ley, sino “fuera de la naturaleza”, ya que ha roto el pacto social, volviendo a un estado de barbarie. Debido a ello, es considerado un enemigo dentro de la sociedad: el infrac­tor se convierte en el enemigo común. Peor que un enemigo, in­cluso, puesto que sus golpes los asesta desde el interior de la socie­dad y contra esta misma: un traidor, un monstruo[4].  

Los partidos políticos entre otras yerbas son los productores del ejército de criminales de lo público, existe innegablemente un putrefacto connubio entre el idealismo político, la pasión ideológica con una relativa honestidad individual y aceptación de la corrupción como hecho público aceptado y habitual y otra vez Sykes y Matza aseguran que, el problema moral, la desviación de conducta del funcionario responde más a las reglas del partido o grupo al que pertenece y no a la ley general[5]. Para tener una prueba más clara de descomposición de una parte de la sociedad, basta mirar a los jefes mismos que recurren habitualmente a medios ilegales, como la repartija de la llamada pauta oficial arbitrariamente para que los medios digan lo que no es o simplemente para que callen y el silencio es mucho más perverso que construir una verdad falsa, la utilización de un color distintivo en los bienes públicos del Estado para que sean memorizados e identificados como propiedad del mandamás de turno, o la utilización de la palabra “gestión” seguido del nombre propio, como si fuera una empresa privada, un feudo o una monarquía berreta, es que la cosa pública se disipa y se trasforma en la propiedad privada del administrador y sus secuaces, es un claro mensaje de que estamos es un estado de sumisión absoluta sin oportunidad de soltarnos, mientras los ladrones de gallinas rezan para sobrevivir en la cárcel los apropiadores de lo público gozan de mas privilegios sin que a nadie se le mueva un pelo.

 

Por Carlos A. Coria Garcia.

 

[1] Heller, Herman, Teoría del Estado, Fondo de la Cultura Económica, 1974.

 

[2] Lamo de Espinosa, Emilio, Corrupción Política y ética económica, en La corrupción política, Francisco y Silvina Álvarez, (editores). Alianza Editorial, Madrid 1997, p. 284.

[3] Sykes, Gresham M. y Matza, David, Técnicas de neutralización: una teoría de la delincuencia, en Delito y Sociedad. Revista de Ciencias Sociales, Nº 20, 2004, Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral.

[4] Foucault, Michel, Vigilar y castigar, nacimiento de la prisión, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, Argentina, 2002, p.83.

[5] Sykes, Gresham M. y Matza, David, Op. Cit.

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